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Eugenio de Ávila
Martes, 15 de mayo de 2018
EL BECARÍO TARDÍO

Memoria de dos encierros

Esteban Pedrosa

[Img #19405]Al conocer que, ayer, catorce de mayo, se inauguraba una exposición sobre la toma del cuartel Viriato, hecho acontecido el 30 de mayo de 1990, me vinieron a la mente aquellos momentos en los que esta ciudad tuvo un arranque de dignidad nunca visto y salió a la calle a defender lo suyo.

El felipismo continuaba su expolio en Zamora, con un “Isidoro” desconocido, dispuesto a acabar con la utopía que había alimentado a tanta gente, el mismo que nos metería en una OTAN de la que tanto había despotricado y de la que acabaría uno de los suyos, Javier Solana, como secretario general, en un alarde de cinismo, para acabar en el potentado que conocemos hoy, quien aun tiene la desfachatez de opinar, de vez en cuando, sin la decencia de lavarse antes las manos, políticamente manchadas, antes de ponerse a comer en nuestra mesa de hogar humilde y sobre todo, honrado.

Zamora acabaría esquilmada: La cárcel, el cierre de un camino de hierro con nombre de plata y todo aquello que suele apuntar en sus escritos Eugenio De Ávila con su memoria y precisión de periodista de raza.

Quien escribe estas líneas había regresado tres años antes de un periplo por tierras burgalesas y madrileñas que me duró unos quince años, para cumplir con la patria en esa ciudad castellana y para ganarme en sustento en la otra, sorprendiéndome, gratamente, de ese estallido de indignación de mi gente y, en aquellos momentos, pensé que esta ciudad tenía futuro.

El tiempo se encargaría de quitarme la razón.

Calculo que, un año antes, habíamos fundado, un grupo de quiosqueros, la Asociación de Vendedores de Prensa, desde la que apoyamos la toma del cuartel, en la que colaboramos dentro de nuestras posibilidades, incluso tuvimos la osadía –según nos dijeron- de cortar de raíz el mercadeo que intentó instalar allí la dirección económica de El Correo de Zamora, aprovechando que su río revuelto pasaba por allí, para vender sus noticias, sin licencia y con perjuicio para la red de ventas habitual. Recuerdo nuestra conversación con Antolín en las instalaciones del cuartel, donde continuaba encerrado, su comprensión y la solución en tiempo record.

La venta de periódicos y todo el organigrama que lo compone es un sector desconocido para el gran público. Es complejo, aunque debiera de ser fácil si todos los eslabones que componen la cadena estuvieran debidamente engrasados, pero siempre está o están los aprovechados de turno para romper la cadena. Pocos días después del asalto al cuartel, en busca de la dignidad que no veíamos para nuestra profesión, tomamos decisiones duras, pero necesarias y, para empezar a darnos a conocer, quemamos una buena cantidad de periódicos en la Plaza de la Farola. No podíamos consentir que, en esa cadena mencionada, uno de esos eslabones fuera Juez y fuera Parte al mismo tiempo, vendiendo lo que debería repartir con equidad.

Después de la quema de esos periódicos, cerramos nuestros establecimientos e hicimos venir a Zamora a todos los editores de periódicos, convencidos más por la mala imagen que estaban ofreciendo que por otra la índole –lo supe tiempo después- y pedimos la mediación del alcalde, Antolín Martín, quien nos reunió a ambas partes, vendedores y editores de periódicos. De aquella reunión no salió nada claro y en espera de una respuesta, decidimos quedarnos donde estábamos, en el Salón de Plenos del ayuntamiento, con carácter de encerrados oficialmente, sabiendo que Antolín nada objetaría al acabar de salir el mismo de un encierro. Lógicamente, habíamos estudiado la jugada. Al día siguiente, abrimos nuestros comercios y nos fuimos turnando en nuestro encierro, un par de días antes de las fiestas de San Pedro y casi un mes después de la toma del cuartel.

Nuestro encierro duró dos meses, pero ese otro encierro, el interior, sigue para quien esto escribe y para quien lo lee, así como para todo zamorano que se piense digno.

El mes de junio de aquel año, pensé que esta ciudad tenía futuro.

El tiempo se encargaría de quitarme la razón

 

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