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Eugenio de Ávila
Jueves, 7 de junio de 2018
ZAMORANA

Manos de campesino

Mª Soledad Martín Turiño

Mi padre, que es un caballero a la vieja usanza, de esos que gusta ceder el paso a las señoras, abrir la puerta con galantería y ofrecer su asiento en el autobús, es un hombre de campo, aunque lleve fuera del mundo rural más de la mitad de su vida. Sin embargo las viejas raíces forman y conforman el carácter de una persona para siempre y, por mucho tiempo que se viva alejado del pueblo, existen costumbres, formas de hablar y maneras   que manifiestan con claridad meridiana esos orígenes.

 

         Yo le recuerdo siendo niña trasegando desde primera hora de la mañana hasta que se ponía el sol, a solas en sus tierras, soportando el duro trabajo de entonces sin maquinaria que aliviara un poco la carga que suponía ir detrás de los bueyes o las mulas, tirando del arado y clavándolo con saña en el suelo para hacer los surcos, y recuerdo que cuando llegaba a casa tenía que lavarse las manos a conciencia porque la tierra se le incrustaba entre las uñas y no había forma de librarse de ella. Yo miraba con devoción aquellas manos sangrantes, llagadas, orondas, deformes, contraídas por el esfuerzo, que mi madre calmaba con pomadas y vendas hasta el día siguiente que volverían a presentar el mismo aspecto.

 

         Sus manos eran las mismas de todos los campesinos de entonces: manos recias, con dedos gruesos, uñas con tierra adherida y perennemente encallecidas. Mi padre se maravillaba cuando veía las manos de los hombres de la ciudad, porque eran finas y estaban limpias de durezas y heridas soñando que, tal vez un día, las suyas estuvieran igual. 

 

         Con el transcurso de los años mi padre consiguió hacer realidad su sueño y ahora, en su ancianidad, tiene, por fin, aquellas manos suaves que soñó un día aunque, cuando las tomo entre las mías no puedo por menos de recordar aquellos rastros de durezas que constituyeron una particularidad arraigada en las gentes de mi pueblo; lo que me provoca una sensación de orgullo a la que por nada quiero renunciar.

 

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