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Eugenio de Ávila
Lunes, 11 de junio de 2018
ZAMORANA

Cantares

Mª Soledad Martín Turiño

[Img #19976]Canciones de mi pueblo, cantares que son la esencia misma de la vida rural, con su cotidianidad reflejada en los actos más sencillos; tonadas alegres para celebrar una buena cosecha, para salir en procesión detrás de la virgen, para homenajear a San Isidro  patrón del campesinado, o celebrar el quince de Agosto, día de la Asunción y fiesta por antonomasia del pueblo; y también canciones luctuosas, como el imponente Miserere, o tonadas fúnebres de difuntos cantadas por esas voces masculinas graves y circunspectas que erizaban los vellos al escucharlas en una emoción que nos temblaba el cuerpo desde dentro.

 

         También  los niños en las escuelas de antaño coreábamos canciones que entonces no comprendíamos bien, porque nos limitábamos a cumplir nuestra obligación de repetirlas cada mañana en pie, en el patio; eran letras especialmente dictadas por aquella política fascista que obligaba a la gente a vivir con actos muy concretos y dirigidos, aleccionando a hombres, mujeres y niños a golpe de estribillo repetido y música de fondo en programas encaminados a fomentar los valores del régimen.

 

         En las mentes de aquellos niños, hoy hombres maduros, nos implantaron algunos clichés muy difíciles de desterrar cuando, llegada la libertad, comprendimos que nos habían manipulado y entonces quisimos desterrar aquellas cuitas, aquellos recelos, sobreviviendo como pudimos en un mundo diferente que pretendía zanjar los miedos de una vez por todas y borrar las reminiscencias de una época en la que pensaron por nosotros y fuimos guiados como bueyes sin voluntad por las sendas que nos marcaban los próceres de entonces, las fuerzas vivas de los pueblos que no eran otros que el cura, el médico, el alcalde y el maestro. Ellos formaban parte del entramado político y social de la época y su labor consistía en transmitir los ideales del sistema que se cumplían religiosamente hasta el último rincón de España.

 

         Letrillas como: “El farolero de la puerta del Sol”, “Oriamendi”, “Cara al sol” o “Prietas las filas” estaban a la orden del día en las escuelas, en los actos civiles e incluso religiosos, y los hombres las entonaban marcialmente, sacando pecho, muy derechos y, muchas veces, con el puño en alto.

 

         Recuerdo todavía aquellos cantares, firme el ademán, con una compostura casi militar, impropia en unos niños de colegio y, sin embargo, a pesar de las restricciones, de las ataduras, de la penuria y del control, conservo en mi mente esa parte de mi vida como una época feliz.

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