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Redacción
Martes, 6 de diciembre de 2016
HISTORIA

Confesiones del viejo Consistorio a García Rubio sobre la verdadera historia de Zamora (I)

Lo que más echo de menos son las dos airosas torres que se levantaban en ambas esquinas, con aquella campana, en la derecha, llamada “la Queda”

[Img #9753]Por José Manuel García Rubio

Decíamos ayer: “Se van las ferias de San Pedro y con ellas la gente de los pueblos”…. Desaparecían palos y tornaderas, trillos y cubas para el vino. ¡Adiós feria de la madera! Con nosotros se queda el calor ese… ¡Qué a veces desespera!

Por ello, aprovechando aquellas tenues brisas de madrugada, para mí resultaba una gozada pasear calles y plazas…s olitarias. ¡Hasta que un día (serían las cuatro de la madrugada), sentéme a descansar en tan simple escalinata que el viejo Consistorio posee bajo sus arcadas. Ensimismado estaba escuchando el pacífico silencio, cuando este fue interrumpido por alguien a mis espaldas: “¡Díme rápidamente la vuelta…pero allí no estaba nadie!

“¡Soooy yoooo… esta vieja construcción a la que llamaron Ayuntamiento, ya ahora denominan eso…”viejo”. A pesar de lo cual contigo estoy dispuesto a dialogar, si por algo sientes curiosidad”.

-Deja que me reponga del susto por haberte oído. Ahora ya puedo sentir un emocionante placer al poder dialogar contigo. ¡Claro que quiero hacerlo y que me comentes tus numeras experiencias después de tan larga historia! A buen seguro, me olvidaré del calor, viviéndolas contigo. Y deseoso estoy. ¡Pero comienza ya!

-Amigo visitante, ya que te empeñas, remontémonos a mi nacimiento, que, al parecer, se debió al gran crecimiento de la ciudad. Hasta entonces, había estado situado frente al ábside de La Magdalena. Parece ser que fueron los Reyes Católicos los causantes de mi nacimiento, expidiendo una cédula en el año 1480.

-Pero…¡Vamos a ver, añejo Consistorio! Aunque han tratado de conservarte lo mejor posible, hoy perduras con algunas mutilaciones, restándote parte de tu belleza inicial

-Llevas razón, amigo visitante. Lo que más echo de menos son las dos airosas torres que se levantaban en ambas esquinas, con aquella campana en la de la  derecha, llamada “La Queda” por todos los zamoranos, la cual avisaba, puntualmente, de aconteceres, tanto alegres como tristes. También me hicieron una renovación en el año 1875 para cerrar la galería superior, pues, parece ser, estaba quedándome pequeño. Y así me visteis durante buena parte del siglo XX. Pero varios siglos antes sufrí graves quemaduras, debido a un incendio producido en el año 1523, en el que las llamas quemaron el importante archivo municipal. Y, justo dos siglos después, en 1722, ardí por la Sala Capitular debido a la chispa de un rayo, producido por una tormenta de nefasto recuerdo. Pero, cambiando a un tema distinto, te diré que veinte años después, en 1742, me trajeron aquí las reliquias de san Fulgencio, enviadas desde Roma por D. Martin García. Oye, perdona, a lo mejor estoy dándote demasiada paliza con mis memorias.

-¡Qué va, en absoluto! Todo lo contrario. Si lo que quiero es precisamente eso. Por cierto: ¿recuerdas algunas decisiones tomadas por el regidor de la ciudad y sus ediles cuando estabas recién estrenado?

-¡Hombre, cómo no voy a recordar hoy aquellas y curiosidades! Escucha: una vez empedradas con canto rodado las calles principales, en este edificio se tomaron acuerdos para aplicar ciertas normas urbanísticas rigurosamente (transcurría el siglo XVI), como prohibir que anduviesen los cerdos por ellas “perfumando la ciudad”… y persistían así, serían matados. Otra novedad fue indicar las puertas del reciento amurallado por donde podían entrar con carros de leña: las de San Torcuato, San Martín, San Pablo la del Obispo. Todo el recinto amurallado quedará cerrado a partir de las nueve de la noche. Serán dignamente asalariados boticario y cirujano, con el fin de tener la botica bien provista y asistir el hospital.

-Curioso lo que acabas de contar, querido Ayuntamiento. Pero aún no me has hablado del tema recaudatorio.

-¿Qué quieres saber? Ese siempre fue asunto muy delicado. Pero, escucha, continuando en el siglo XVI, los empleados municipales dedicados a ello, conocidos popularmente como “justicia y regimiento”, acordaron bajar periódicamente por la Cuesta de Balborraz hasta el Mercado (hoy la avenida del Mengue), con el fin de imponer tasas, a la vez de inspeccionar. Hacían lo mismo al llegar la Feria del segundo día de Pascua, o de La Hiniesta, que se celebraba en la Puerta de la Feria (de ahí su nombre).También ordenaban los lugares donde tenías que colocarse los artesanos, joyeros, traperos, peruleros, informándoles de las tarifas que debían de pagar cada uno, debido a lo cual los comerciantes procuraban convencer al cliente para que fuesen a comprar  al lugar donde tenían el negocio, pues allí les resultaba más fácil evadir impuestos. Como ves, amigo visitante, lo de la evasión de impuestos no lo hemos inventado ahora. Y, como aún me queda mucho para contarte, interrumpamos la charla antes de que llegue el día. Y, si te ha gustado, espero pronto tu próxima visita.

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