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Redacción
Jueves, 8 de diciembre de 2016
HISTORIA

Confesiones del viejo consistorio, a García Rubio, sobre la verdadera historia (II)

En el siglo XVI, llegaron a la ciudad de Zamora un sedero de Flandes y dos italianos

[Img #9788]Por José Manuel García Rubio

Tanto me agradó la conversación con nuestro Ayuntamiento que la noche siguiente decidí volver y sentarme en escalinata lateral, justo al inicio de Balborraz, esperando a que mi dirigiese la palabra…Hasta que, ¡por fin!:
“¡Hola, amigo visitante! Anoche, cuando te conté la forma utilizada por los comerciantes para evadir impuestos durante las ferias, me faltó decir que, debido a tales casos, cada vez más frecuentes, en este Consistorio acordaron inspeccionar los gremios; de modo que encargados municipales, llamados veedores, se desplazaban cada poco tiempo a los negocios de tundidores, tintoreros, tejedores, adobadores y otros oficios…Fue en aquellos días cuando este Ayuntamiento concedió la petición de vecindad al artesano, venido de Flandes, Maese Carlos, haciendo lo mismo, dos años después, con los hermanos Bernardino y Antón Velorán, tejedores de seda, industria desconocida en la ciudad. A ellos se agregó Jacome Picardo, italiano, mostrando telares, también relacionados con la seda. Todo esto motivo que el Ayuntamiento mandase efectuar plantación de árboles de morera y que los vecinos criasen gusanos de seda para vender el producto a los nuevos artesanos”.

-Apreciado Consistorio, ¡creo que pronto tuviste reloj!

-“Pues sí, un inmigrante más, llamado Diego Hanaquín, relojero y cerrajero, pasó a ser empleado del Ayuntamiento, atendiendo la maquinaria del único reloj que había en la ciudad, quien con su campana hizo que los vecinos perdiesen el hábito de mirar al sol para mirar la hora… Además este señor también construyó un brasero de hierro para la sala de plenos. ¡Pesaba más de mil kilos y fue una gran obra de arte!

-Querido Consistorio, estas decisiones, tomadas en tus salones interiores, debido al progreso, están bien… Pero, ahora, cuéntame algún tema delicado como es el de la salud, y las medidas que tomaron aquellos ediles para combatirlo.

“Amigo visitante, mención especial lo ocurrido en el año 1596: Todos los componentes del Ayuntamiento, desde el regidor hasta el último concejal, llegaban aquí como sonámbulos, pues no sabía qué más decisiones adoptar… ¡Fue tal la epidemia que hasta las enfermeras y los médicos se morían! Debido al panorama presentado, los munícipes ordenaron desecar las innumerables lagunas que había en la ciudad, pues llegaron a la conclusión que podían ser focos de contaminación, debido a los numerosos mosquitos. Fue tan fuerte aquello que algunos vecinos tapiaron las puertas para aislarse, dejando solamente un hueco para entrada de los alimentos. La ignorancia no les hacía pensar que adelantaban poco con tales medidas, pues los virus se transportaban igualmente. Se mandó limpiar las calles constantemente. ¡Y, como todo resultaba inútil, recorrieron a lo divino, haciendo procesiones, lo cual facilitó aún  más el contagio! Y la epidemia desapareció cuando ella quiso, no cuando el Ayuntamiento trató de combatirla”.

-Mi veterano Consistorio, de aquel s. XVI aún recordarás nombres de algunos regidores, que, bajo su mandato, tomaran, en estas dependencias, decisiones que aún perdurarán…

-“Claro que sí, amigo visitante: tienes, como ejemplo a D. Pedro Ruiz de Alarcón y Sotomayor, quien, en el año 1557, mandó construir la que hoy llamamos Alhóndiga. 16 años después, en 1593, siendo corregidor D. Jerónimo Santa Cruz Fajardo, fue construida cárcel en el solar que ocupa el Museo Etnográfico y, cuatro años más tarde, en 1597, en los llamados Barrrios Bajos, concretamente en  la calle Mompayo, el corregidor, D. Esteban Núñez de Valdivia, junto con sus ediles, acordaron fabricar la que llamada “Casa de las Harinas”.

-Cambiemos de tema, veterano Consistorio. Relátame lo que recuerdes del fallecimiento de una persona importante y medidas tomadas en este edificio…

-¡Pues hombre! Medidas muy especiales redactadas en estos viejos despachos fueron las dirigidas a celebrar los actos fúnebres por el fallecimiento del rey Felipe II, que merecen mencionar, pues hoy resulta, al menos, curiosas, asemejándose a las películas de época que, hoy, el cine y las series televisivas presentan. Para que veas cómo fueron, escucha: con su elevado tono de voz, fue anunciándolo por calles y plazuelas el pregonero municipal, diciendo: “Todos los vecinos vestirán luto durante ocho días, bajo pena al que no lo hiciera. Los hombres, capa negra, sombrero sin forro y sin ninguna seda. Las mujeres, tocas negras, y las mozas, cofias negras a la cabeza. El funeral se celebró el 7 de septiembre de 1598, reuniéndose aquí, afuera, los regidores, con lutos largos y capirotes; les seguían secretarios, andadores y alguaciles, con la cabeza cubierta y de luto. Así fueron hasta la Catedral. ¡Vamos… un verdadero espectáculo, y no de película”.

-Amigo Consistorio, creo que por hoy ya está bien de viejos relatos. Prometo volver muy pronto y sentarme en esta escalinata para comprobar cuánto da de sí tu memoria curiosa-histórica. Así que… ¡hasta la próxima!

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