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Redacción
Viernes, 30 de diciembre de 2016
ANIVERSARIO

El Ávalon Café cumplió 20 años

Resulta imposible hablar del Ávalon sin hablar de su corazón: míster Álvaro de Paz, ¡qué coño, Alvarito! No puedo ser objetivo, aunque lo intenté

[Img #10157]Por Mark Gago

 

En mi caso, resulta al mismo tiempo muy fácil y muy difícil escribir sobre lo que significa un lugar como el Ávalon Café, que ha soplado hace bien poquito las veinte velas; fácil, porque no soy de esos que saben apretar el teclado automático y teclear sobre cualquier cosa de la que toque hablar si la implicación personal no existe, y difícil, precisamente, porque cuando esa implicación existe, uno se impone una especie de barrera estúpida que debe superar, que no existiría si el lugar en cuestión no supusiera lo que para uno supone.

 

Creo que, como en casi todo, vendría bien separar lo que algo significa para su entorno de lo que ese algo significa para uno mismo. Voy a empezar por la segunda, y es que el Ávalon Café es mucho más que un lugar en el que sentirme como en casa. Para mí, es el lugar en el que, hace ya unos diez años -uf, joder- empecé a cogerle el gustillo a eso de acompañar conversaciones con cañas de cerveza bien fría, quizá con limón por aquel entonces, botellines poco después. Qué importa. Recuerdo como si fuera hace unos cuantos años menos la primera vez que entré allí con mi hermano, que fue, de hecho, el culpable de hacerme saber la existencia del garito en cuestión. El nombre atrajo mi atención de inmediato, la sensación de estar dentro de un barco me provocó una curiosidad que pronto se volvió adictiva, pero lo que realmente me atrapó fue la atmósfera, ese algo inexplicable que hace que estés a gusto sin saber del todo por qué, que te hace saberte en tu puta casa aunque estés rodeado de gente a la que no conoces. Recuerdo aquella primera vez, y he de decir que me gusta que fuera cosa de mi hermano, por aquello de que gusta que acordarte de alguien importante para ti evoque en tu cabeza cosas que también te gusta recordar. Por gilipolleces como esta, las personas y los lugares nos marcan, casi siempre de la mano.

 

Volví, por supuesto. Tenía que enseñar a los colegas un sitio que molaba, ese barco con el punto exacto de oscurillo, pero sin pasarse; con una música que siempre daba en el clavo, con un ambiente que invitaba a esas conversaciones que, probablemente, creíamos mucho más trascendentales de lo que realmente eran. Eso tampoco importa demasiado: son las sensaciones las que nos crean por dentro, y son esas sensaciones las que después se recuerdan. “Se recuerda con los sentidos, no con el corazón”. Quizá sea un poco de todo.

 

Hasta aquí parece que el Ávalon no es para mí nada más que un sitio cojonudo para beber cervezas -que no es poca cosa-. Sin dejar la primera persona, es la sala de la ciudad en la que más y mejor he disfrutado de la música. Tanto de la que con tan buen gusto escoge Alvarito, como de los incontables grupos que han pisado sus tablas. Y este punto tiene una especial importancia para mí, no tanto por el lujo que supone pisarlas también desde arriba, sino porque recuerdo con un cariño que no me cabe en estas líneas las noches cualquiera en las que mi padre me acompañaba a mí -o yo le acompañaba a él- a echar una cerveza y nos encontrábamos con un concierto que no esperábamos, nos quedábamos y salíamos, de alguna forma, un poco más enteros. Esos momentos, no sé si tantos como recuerdo, sé que bastantes, no puedo ni quiero olvidarlos nunca. Si las personas y los lugares nos marcan, si las sensaciones nos construyen, son esos momentos exactos, difíciles de colocar, imposibles de medir, de los que el corazón bebe a chorro.

 

Precisamente, resulta imposible hablar del Ávalon sin hablar de su corazón: míster Álvaro de Paz. Qué coño, Alvarito. No puedo ser objetivo aunque lo intente, pero creo que resulta innegable que todos estos ingredientes no servirían de nada sin alguien que sepa cómo combinarlos de una forma especial, y no se me ocurre mejor hombre que pudiera estar al otro lado de esa barra de madera con tanto encanto. Un tipo de los que no es que “ya no queden”, es que no creo que en ningún momento se hayan prodigado demasiado. Alguien que no importa lo que te haya pasado ni lo que le haya pasado: resulta imposible sentirse incómodo hablando con él. Hace tiempo que empecé a entender que no es que nosotros nos sintamos más o menos abiertos o cómodos según el momento o la circunstancia, sino que es la persona con la que hablamos la que determina qué porcentaje de nosotros mismos podemos dejar al descubierto. Alvarito es un tío enorme. Un tipo que organiza tres o cuatro conciertos semanales en Zamora, que defiende la música en directo a capa y espada, que apuesta por lo de aquí y se deja la piel si hace falta. Y es que es eso mismo lo que pone en juego, su propia piel, porque ya todos sabemos que en esta tierra el camino que uno recorre es el que se labra, que los apoyos son casi siempre escasos. Alvarito demuestra que se puede estar por encima de eso, que las cosas hechas de corazón sí son importantes, que salpican a los demás, y que, al final, son las realmente inolvidables. Seguiría pidiendo todo ese apoyo que él también reclama con tanto acierto, pero no podría hacerlo mejor que él. Invito a escucharle, porque si alguien que apoya más que nadie, repito, más que nadie la música en directo y el talento local en esta ciudad no merece nuestra atención, de verdad que no se me ocurre quién sí lo merece.

 

Por cosas como esta, uno echaría de menos el Ávalon en cualquier otra ciudad. Seguirá habiendo tiempos duros, tocará echar callo, pero el Ávalon es un lugar al que siempre valdrá la pena volver. 

 

Sí, he separado lo que el Ávalon significa de lo que significa para mí, pero he dedicado prácticamente todo el espacio a lo segundo. No soy de teclado automático, no sé ser objetivo. Avisados estabais desde el principio.

 

¡Por, al menos, veinte años más de Ávalon Café en Zamora! A Alvarito: ¡gracias!

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