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Redacción
Lunes, 9 de enero de 2017
DULCINEA DEL DUERO

Mi Pobre Capitán Don Rodrigo Condenado a Galeras

Beatriz Recio

[Img #10486]Con la cabeza rapada, brillante por el sudor que resbalaba por ella y la mirada fija, perdida, estaba mi pobre Capitán Don Rodrigo condenado a galeras.
Su culpa, si es que alguna vez la hubo, se había ido diluyendo entre gotas de  sangre y saliva resecas por el salitre. Sus manos, en otro tiempo, grandes, amables y cálidas, se habían convertido en unos cuantos dedos huesudos, como de sarmiento, doblados hasta formas imposibles.
Sus compañeros, gentes diversas venidas desde todos los puntos del Imperio.  
A ojos de Don Rodrigo, los tudescos eran los peores, gente pendenciera y mal encarada, amigos de reyertas y de bravuconadas; procuraba no cruzar su mirada con  ellos. No solía hablar con nadie, apenas había pronunciado una palabra desde que lo ataron a ese húmedo banco, hacía ya de éso seis meses, algún gruñido al recibir el  destello del látigo y los sonidos guturales que emitía su garganta al engullir compulsivamente la escudilla que, tan humildemente, era servida por el más veterano. Cortesía de su Majestad, Rey de las Españas, idea que el Primer Oficial intentaba meterles en la mollera mientras devoraba, sin pudor, el rico muslo de un ave.
Su cabeza siempre en otra parte, a veces pasaban horas sin que se diera cuenta del dolor en los brazos. Daba vueltas al remo una y otra vez, con el mismo movimiento eterno, un minuto tras otro, una hora detrás de otra, una vida después de la otra y su pensamiento, en todo momento, anclado a tierra firme, sujeto con cadenas a aquella traición.
Recordaba a su madre en la playa, su dolor, sus gritos al ver como se cerraban sobre la carne los grilletes, esas argollas con sabor a miedo y a sal. Su mirada inacabable, su último adiós. Cerró los ojos, apretando los dientes, hasta que le sangraron las encías, por ver si la imagen de la madre dolía menos, pero delante solo había una espalda detrás de la otra, marcadas por todos los latigazos, de todos los capataces que gobiernan todas las naos del orbe. Hombres en los que ya ninguna emoción es posible. Doblados por la culpa unos, por la rabia otros y él que nació para ser lienzo de vela, se encontraba varado como nave tras un naufragio, con la quilla rota y el timón sin rumbo.
Una mañana, Don Rodrigo no se movió, la cadencia de su remo cesó, su mirada abierta, henchida por el viento de levante, se fundió en el agua marina y desde entonces, en las tabernas y al amor de las lumbres, dicen que se le puede oír cuando la luna está clara y la mar serena.

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