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Redacción
Martes, 10 de enero de 2017
EL MIEDO

Dogmas laicos de nuestro tiempo

Antonio Robles

[Img #10519]Un fantasma recorre el mundo: el retorno al miedo. Sus síntomas aparecen con el Brexit, el triunfo impensable de Trump, o la vuelta de la ultraderecha a Europa como respuesta al fenómeno de la inmigración y del terrorismo indiscriminado yihadista. Todos tienen en común un aliado intelectual: el buenismo. O si quieren, la mirada asustadiza de una vanguardia intelectual occidental que encontró en el rechazo al nazismo alemán la nueva referencia del diablo, la marca del mal. Con una ventaja sobre la mala conciencia judeo-cristiana: su hegemonía era interclasista, transversal, capaz de trascender los modelos religiosos. El nuevo paradigma se afianzó con el sistema democrático, la exquisitez intelectual como forma, la tolerancia, el rechazo al etnocentrismo y los derechos humanos.

Con la desaparición de la generación humana que sobrevivió al Holocausto, la exquisitez nos ha dejado indefensos ante el mal real de hoy por culpa de nuestros remilgos ante los excesos de las ideologías de ayer. Nuestra vanguardia intelectual es incapaz de apreciar el mal si el mal no muestra las referencias explícitas de las simbologías totalitarias. Demasiada gente sigue ciega por creer en esos símbolos: busca una cruz gamada para localizar al fascismo, espera un insulto directo contra un negro para nombrar el racismo, pero el totalitarismo hoy esparce el mal más allá de sus manifestaciones externas. De hecho, se enmascara tras la estética de los valores democráticos. No empezó ahora, viene de su coqueteo con la izquierda castrista y la estética revolucionaria del hombre nuevo. Su sensibilidad era extrema contra dictaduras de derechas, pero evanescente con las de izquierdas. Una insoportable incomodidad ante el etnocentrismo denunciado por Claude Lévi-Strauss en Raza e Historia (1952) nos hizo condescendientes con todas las demás culturas. Independientemente de su práctica concreta. Las consecuencias están a la vista: no se puede nombrar el mal ajeno, porque el mal se disuelve tras el salvoconducto relativista de un mundo multicultural, multirreligioso, donde el único infierno es el maldito colonialismo occidental cristiano. Nadie es responsable, solo la cultura y las sociedades del bienestar de Occidente.

De tanto prevenirnos contra la intolerancia, hemos dejado que se enquisten comportamientos dañinos contra buena parte de las sociedades occidentales más expuestas a la crisis económica y a los valores que les aportaban confianza en sí mismas. De tanto miedo a convertirnos en indeseables, hemos abandonado los valores universales que nos hacen humanos e iguales antes y a pesar de las culturas.

Esa indolencia explica el regreso de ideologías autoritarias, totalistas, racistas, etnocentristas, nacionalistas, populistas, cuyo nervio intelectual es el instinto de supervivencia, la marca del territorio, el retorno a la tribu.

Sacralizar a la inmigración independientemente de su racionalidad y circunstancias; impedir cuestionar las razones de palestinos o judíos según conveniencia; satanizar a todo quien ose debatir los excesos de la discriminación positiva de la mujer; excluir políticamente a quienes no comulguen a pies juntillas con el apocalipsis del cambio climático, o el maltrato animal; reprimir, acallar, ensuciar a las clases sociales de los países occidentales más expuestas a la exclusión social por la competencia en los servicios sociales de los recién llegados a sus países; ridiculizar a quienes denuncian el poder financiero internacional por encima de las razones democráticas de los Estados: son algunos de los temas tabúes que están inflamando los discursos más incendiarios de la ultraderecha en Occidente. No permitir que tales problemas sean discutidos por las partes en conflicto, libremente, sin satanizar ninguna postura a priori, ha generado una presión que está siendo aprovechada por las ideologías populistas y extremas para simplificarlos y ganar enteros.

El recurso al fantasma de la ultraderecha para abortar de salida el debate es un atentado contra la libertad y el libre pensamiento, pero, sobre todo, un error inmenso. Cualquier fenómeno social se puede defender con razones y hechos. Si el fenómeno es positivo, los argumentos lo ennoblecen y legitiman; si tiene fallos, lo perfeccionan, y en cualquier caso, es el mejor antídoto para abortar a los populistas de toda condición.

PD: Todo tiene disfunciones, nada es perfecto, imponer dogmas, aunque sean laicos, solo beneficia a los bárbaros. Querido 2017, ¡atrévete a pensar!

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