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Redacción
Lunes, 6 de marzo de 2017
NUESTRA HISTORIA

Confesiones del viejo consistorio a García Rubio, sobre la verdadera historia de Zamora (VI)

La nobleza compraba títulos como sin fueran garbanzos y, una vez conseguidos, se servía de ellos para entrar en la Corporación Municipal

[Img #11438]-Muy buenas, amigo Consistorio. Aquí me tienes nuevamente a visitarte, con deseo de saber esas pequeñas cosas que de este pequeño edificio fueron saliendo a lo largo del tiempo.
“Amigo visitante, lo que llamas pequeñas cosas equivalen a curiosidades. Comienzo con una que, al menos, te hará reír: “Teníamos en esta asa cierta persona empleada, a la cual llamaban “el pregonero”, quien recorría las calles y plazuelas voceando la noticia del momento. Solía comenzar así: “¡Por orden del Sr. Alcalde, se hace saber…”. Una vez pregonaba temas serios, anunciaba notas comerciales, cuyos industriales le pagaban por hacerlo; por ejemplo: “¡Se comunica a los vecinos de este barrio que a la Puerta de la Feria han llegado cinco carros cargados de patatas, a precio “mu” módicos!” A partir de entonces el oficio de pregonero comenzó a decaer  con la llegada de la prensa escrita, aunque sería muy lentamente, pues el analfabetismo aún imperaba. Fue el día 1 de septiembre de 1833 cuando salió a la luz el decano de la prensa zamorana, denominado “Boletín Oficial de la Provincia”, al precio de cinco reales mensuales; se repartía miércoles y sábados, elaborándose en la imprenta de D. Leonardo Vallecillo. Fue tal la proliferación de la prensa en años posteriores que llegaron a pasar de veinte los periódicos publicados, aunque su duración era cortísima”.
-Querida y muy antigua Casa Consistorial: aunque retrocedieses en el tiempo, me gustaría relatases alguna de esas curiosidades municipales que hoy, pleno siglo XXI, resultan altamente desfasadas.
“Aunque visitante no sé si esta cumplirá con tus requisitos, escucha: “En el interior del edificio donde nos encontramos fue aprobada cierta Ordenanza el día 18 de enero del año 1600, mediante la cual los regidores municipales comunicaban lo siguiente: “Ordenamos y mandamos que todos los olleros que trajeren a la ciudad ollas para vender, jarros y otros barros, luego que cavaren de vender limpien la paja del lugar que ocuparon, sopena de ser multados con seis maravedís, quedando prohibida esa mala costumbre de cobrar los municipales a cada ollero seis maravedís más una pieza de las que trajeron a vender; a no ser que hubiere acuerdo entre ellos, y dicho munícipe se comprometa a limpiar el lugar uan vez vacío. En caso de no hacerlo, será gratificada con un real aquella persona que lo acuse”. Por aquellos mismos días, asiduo visitante, otra Ordenanza indicaba a los municipales que en días de procesión estas autoridades deberán presentarse previamente en este Ayuntamiento, vistiendo traje negro, acompañado con la vara de justicia: “El que no lo haga así, no podrá ir a la procesión, y, además, deberá pagar una multa cuyo importe se lo repartirán los demás”. Sucedió que un día de procesión el regidor, D. Jerónimo López, persona que gustaba hacerse notar, se presentó vestido de fraile, motivo por el cual fue expulsado del Salón de Sesiones, lo cual aceptó. Pero, a los pocos días, volvió a presentarse vestido igual, y, con una Provisión Real en la mano, que le autorizaba vestir el hábito. Pero no le sirvió de anda, pues lo expulsaron de nuevo, diciéndole los compañeros: “No te tenemos por indecentes los hábitos franciscanos, pero está declarados no convenientes en actos del Concejo, pues si no fue así, tanto frailes como curas pretenderían formar parte de él”. Así que le dijeron que si deseaba continaur con cargo municipal, olvidase los hábitos religiosos…Y es que entonces pertenecer al Ayuntamiento puede decirse que era un gran negocio, aunque los vecinos pasaran calamidades. Por ejemplo: Al morir, Fernando VI, los ediles acordaron repartir tres mil maravedís para que cada uno se comprase ropa negra.  Días después, al ser nombrado Carlos III, para las galas de proclamación acordaron cobrar 15 doblones de propina cada uno  y pequeña propina para andadores y clarín”.
-Amigo y viejo Consistorio: todo lo que has contado huele poco bien, por no decir a corrupción, así no me extrañaría que a este Ayuntamiento quisieran incorporarse los de siempre, salvo excepciones.
“Pues sí, asiduo visitante, era la llamada “clase alta”, y, para colmo, la nobleza (¡qué nobleza!) compraba  títulos como si fuesen garbanzos. Por ejemplo: en el siglo XVIII, el rey Carlos III nombró, previo pago, vizconde de Garcigrande a D. Carlos Espinosa;  marqués de Villagodio a D. Andrés Mayoral. Y así sucesivamente, aunque como poco que desear. Pero ahora llega la segunda parte: una vez conseguidos los títulos nobiliarios, se servían de ellos para incorporarse a la Corporación Municipal, desprestigiándola por su ignorancia y abandono en el desempeño de los cargos, así como por envidias y tiranteces entre ellos. En pocas palabras: carecían de todo lo que pudiera ser positivo para el pueblo, al que le producían verdadera vergüenza y rabia contenida, por impotencia. ¡Por fin, intervino el llamado Consejo de Castilla, retirando a dichos jefecillos municipales las cantidades que percibían, terminando así con los abusos a que tenían sometidas las arcas del pueblo, mientras este pasaba verdaderas calamidades”.
-Querido Consistorio, con estos temas que has contado me dejas depresivo y hasta se me quitan las ganas de continuar escuchándote. Así que dejemos la tertulia para otro día, que ya se me haya pasado tanta rabia e impotencia.

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