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Redacción
Sábado, 11 de marzo de 2017
SOLIDARIDAD

Sí, acogemos

Tras el acto de "Música y Versos" para la concienciación de acogida de los refugiados, una reflexión

[Img #11568]Marino Carazo

Cada vez tenemos más floja la válvula de la queja y nos quejamos por todo, con razón y sin ella. Si hay baches en nuestras calles, lo manifestamos airadamente a la menor oportunidad, pero si, como es el caso, el actual ayuntamiento decide acometer dichos arreglos y asfaltan la mayor parte de la ciudad, en vez de alabar la actuación, criticamos maliciosamente su falso oportunismo, de la misma forma que nos enfadamos por las molestias que nos producen, durante unos días, los inevitables cortes de tráfico que dichos arreglos conllevan.

En el polo opuesto, del mismo modo que ejercemos esta cultura de la queja por la queja, somos unos campeones del conformismo y nuestra pasividad llega a ser desesperante cuando se trata de asuntos trascendentales, ante los que deberíamos mostrarnos más activos y somos capaces, tanto de mantener con nuestro voto a tanto corrupto en el poder, como de dar la espalda a asuntos humanitarios y mostrarnos insensibles ante el dolor y las dificultades de los demás, ya sean vecinos de bloque o emigrantes que llegan a nosotros de países lejanos huyendo de la miseria o el terror. Nos mostramos entonces, de palabra y obra, egoístas supremos y nos negamos a compartir con ellos, siquiera lo que nos sobra, esgrimiendo, para justificarnos, absurdos argumentos.

Este jueves, en La Alhóndiga zamorana, un grupo de poetas y músicos deleitó con su arte a un nutrido, aunque siempre insuficiente, grupo de personas que asistimos al evento "Música y Versos", organizado para concienciar del problema que sufren los refugiados y la resistencia de los gobiernos a darles el justo cobijo al que se comprometieron con escasos resultados. Un sangrante caso de insolidaridad de los países más ricos con quienes huyen del horror y de la muerte. Son abandonadas a su suerte familias que intentan ponerse a salvo y proteger a sus hijos de una guerra de la que no son culpables, intentando poder dar, en tierra extraña, un trozo de pan y un futuro a sus hijos. Nada que no hiciéramos cada uno de nosotros en la misma situación y que, históricamente, hemos hecho. Huyen ellos, como lo hicieron nuestros abuelos, antaño, de la brutal represión política del golpe militar y la guerra civil hacia México, Francia o Sudamérica y, en los sesenta, de la escasez y la hambruna, hacia Europa, sobre todo Alemania. La diferencia es que, así como nuestros antepasados fueron acogidos como exiliados políticos o trabajadores emigrantes, con los brazos abiertos, nosotros ahora, sin embargo, somos reacios a seguir el ejemplo de aquella generosidad. No pensaron por un momento, como parece que ahora piensa la mayoría, en que podían dejar sin trabajo a los oriundos y quitarles el pan de la boca. Tampoco pensaron, como parece el sentir general, que serían un problema de conflictividad volviendo nuestras calles inseguras, cuando, al contrario, la principal preocupación de aquellos emigrantes forzosos, como de los refugiados de hoy, era y es, centrarse en salir adelante en el país que les acoge. En un acto ejemplar de solidaridad, los admitieron y punto. A cambio, nuestros abuelos, contribuyeron, con su esfuerzo y trabajo, al crecimiento económico y desarrollo de las naciones receptoras.

La historia es cíclica y se repite, cambiando los protagonistas. Hoy España, a pesar de los problemas que sufrimos, se encuentra en una situación privilegiada respecto a los países de origen de quienes pretenden establecerse en esta "piel de toro". Además de tener la obligación intrínseca de devolver parte de la solidaridad que se nos entregó antaño, desde un punto de vista más objetivo, o incluso egoísta, lejos de ser un problema, acoger a los refugiados, amén de su parte humanitaria, es una inversión de futuro, una mano de obra necesaria que realizará, las más de las veces, trabajos ingratos que los españoles no queremos realizar o evitamos, del mismo modo que representan una riqueza demográfica. Con la llegada de esos niños y familias jóvenes, mejorará, sin duda, el índice de natalidad, uno de los más bajos de Europa, y cambiará el triste dibujo actual de nuestra pirámide de población, rejuveneciéndola.

Por todo ello, exijamos eliminar trabas o concertinas y abramos las fronteras y los brazos a quienes llegan a nosotros desde situaciones tan complicadas. Nos hemos sentido últimamente, en este país, tan avergonzados de tantas cosas, para las que el dinero fluye como por arte de magia, que queremos utilizar los recursos necesarios para la integración de los refugiados. Sólo así podremos levantar la cabeza y decir orgullosos, nosotros: ¡SÍ ACOGEMOS!

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