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Redacción
Lunes, 15 de mayo de 2017
OPINIÓN

El silencio del silencio: pantano de Argusino, Riaño...

Colectivo RAMPA

[Img #12566]Un día tal que 20 de abril de este año 2017, tuvo lugar en el paraninfo del colegio universitario de Zamora, 20 hs., una mesa redonda,  que trataba el tema del pantano del pueblo Argusino, destruido y sepultado bajo las aguas de un embalse (1967), en la conmemoración de sus 50 años.

Asistió a tal acto conmemorativo un hombre que nació en el pueblo de La Puerta, León, lugar anegado por las aguas del embalse de Riaño. Uno de los ocho pueblos sepultado. Como participante de la mesa redonda el hijo del herrero de Argusino dijo que ni el nombre quedaba al tomar la presa el nombre de un pueblo sobreviviente: la presa de “La Almendra”. Estas dos personas confraternizaron desde sus sentimientos comunes y lo comunicaron a los asistentes. De lo que dijeron apenas nada salió después en los medios de comunicación local, sólo el folclore del recuerdo sin dar voz a ese silencio de años, ese silencio doloroso que guarda la verdad de lo que pasó, sin que se quiera mostrar.

El vecino de la Puerta dijo sentirse unido en el dolor y en la desgracia con las mujeres y hombres de un lugar que, como el suyo, ya no existe, ni siquiera como espacio físico. Que como ellos también a él le fue arrancada la vida en vida. Porque, explicó, la libertad de una persona está en poder jugar, bailar, trabajar, gozar y morir donde se nace. Algo que él nunca podrá hacer.

El hijo del herrero, don José Manuel Pardal, habló de que tales actos, crueles, son genocidios, sin que se sepa oficial y públicamente las numerosas muertes por la pena entre las personas ancianas que fueron echadas de sus tierras y casas. De encerrados en psiquiátricos, incluso en Suiza adonde emigraron algunos. Nadie dice nada al respecto. Tampoco sobre el coste de unas obras que ascendieron, ya entonces, a 11.000 millones de las antiguas pesetas, incluido un presupuesto para ataúdes, y sólo 55 millones fueron destinados a indemnizar a las personas afectadas. Sin que el dinero cure la herida, pero es una muestra de lo que interesa: obras, beneficios y no la gente. Contó que siendo joven fue testigo de que desalojaron la iglesia para destruirla sin dejar finalizar el acto que se celebraba en ella.

Dijo al pastor de las Veceras: “usted y yo tenemos una profunda herida que llevaremos encima hasta que muramos”. ¿Esto no importa?, ¿no es noticia?, ¿por qué no quieren que esto se sepa? Nada de lo dicho desde el sentimiento salió en la información dada por la prensa. Sólo cuestiones técnicas.

¿Basta con seguir destruyendo desde el silencio lo ocurrido? ¿A nadie importa que treinta años después de haberse destruido nueve pueblos en la montaña de León los objetivos para lo que se hizo, presuntamente, no se hayan cumplido?, sino además agravado. La despoblación rural en la zona ha aumentado. Cada vez queda menos gente para trabajar el campo. ¿Por qué no se riega?, ¿dónde queda lo que iba a ser el motor de le economía de Castilla y León?, ¿dónde el vergel de Europa? Los defensores de tal atrocidad han pasado a presidentes de gobierno, consejeros de las empresas hidroeléctricas con sueldos millonarios, vicepresidentes de las diputaciones, cargos políticos bien pagados. ¿Esto no es corrupción? ¿No corrompe a la misma ley que se ampara en el silencio? ¿Quién dice nada? Hacer como que no pasó nada. Y humillar a los indefensos derrotados, expulsados de sus territorios llamando a éstos fiordos a los bordes que se erosionan, llamando turismo al cambio atmosférico que han ocasionado.

En el mismo periódico en el que no se reflejó de manera veraz lo sucedido en el acto, convertido en silencio, un profesional del periodismo declaraba: “tenemos que reflexionar sobre nosotros mismos; las nuevas tecnologías permiten hacer una foto y un texto para ser “periodismo”. Un periodista ha de buscar la noticia y contarla. Algo que se olvida”. Como se olvidó contar lo que se dijo en aquella conmemoración, en el que participaron el hijo del Herrero y el pastor de las Veceras, que hizo llorar a más de uno. Pero todo se tradujo en cifras y fechas. Quede nuestro sentido sentimiento.

Nos duele también el silencio De ahí nuestra palabra, la palabra dicha, la que comunica con el pueblo. De corazón a corazón.

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