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Redacción
Viernes, 14 de julio de 2017
NUESTRAS COSAS

Regreso a Castronuevo

Mª Soledad Martín Turiño

[Img #13796]Cuando regreso al pueblo para eludir el bullicio de la ciudad que se incrusta en la mente hasta dejarnos exhaustos y precisar de una paz que solo se encuentra en pueblos como el mío; cuando regreso –repito- al Castronuevo que me vio nacer y desde lejos vislumbro el pico de la torre –la ”buena moza” como gusta llamarla algunos lugareños- siento que se me encoje en alma, que me invaden sentimientos confusos de pertenencia y de ausencia, de gozo y pena, de exaltación y de contención. El coche aminora su marcha para llegar despacio, primero junto a la tapia del cementerio donde reposan mis ancestros; un auténtico árbol genealógico de antepasados que duermen allí el sueño eterno del que nos hablaba cada domingo el cura desde el púlpito exhortándonos, al mismo tiempo con voz atronadora y cara desencajada por el esfuerzo, a vivir cristianamente. Bajo del coche y me asomo por la puerta de hierro del camposanto ahora cerrada con un candado, pero que siempre estuvo atada con un cordel permitiendo el paso a cualquiera en cualquier momento. Desde mi puesto contemplo las sepulturas  tan conocidas de familia, amigos y vecinos y una sensación de calma se instala gradualmente en mi interior.

 

Proseguimos la marcha, Castronuevo ya se ve claramente, las primeras casas entrando desde la carretera de Villalpando siguen estando donde siempre, pero a medida que me adentro en la calles veo muchos solares donde antes se levantaban viviendas que ahora son pasto de cardos y de hierbajos encerrando en sus raíces la historia de sus moradores, puertas sin número, porque la gente tenía nombre y apellido y de ese modo se las conocía: la casa de la señora Tarsila, la de Tecla o la de la señá  Paulina… eran nombres con una historia y una familia detrás; nombres diferentes a los de ahora, con personalidad propia. Esas casas se quedaron vacías a medida que sus habitantes desaparecieron y poco a poco empezaron a derrumbarse, por lo que el alcalde –acertadamente- decidió demolerlas y dejar el solar desnudo para que no hubiera riesgo de daños para quienes pasaran cerca de los escombros.  

 

Recorro las calles en solitario y no aparece ningún vecino, todo está desierto aunque sospecho que tras las cortinas de muchas ventanas hay ojos que miran con curiosidad, como se ha hecho siempre. Aunque ahora la vida en los pueblos suele hacerse de puertas para adentro, no siempre fue así. En mi niñez eran famosas las “portaladas” donde se reunían un grupo de vecinas sentadas en sillas pequeñas de mimbre a las puertas de una casa para coser, charlar y pasar la tarde; aquello daba vida al pueblo y animaba a la gente a salir con cualquier pretexto, ya fuera acudir a la novena o ir a la tienda y, de paso, conversar un rato.

 

Los hombres se juntaban también sentados en un par de bancos de piedra o de pie a la puerta del café para hablar o echar un cigarro y se notaba que había una vida bullente que ya parece no existir.

 

Las cosas han cambiado mucho, antiguamente todo era muy distinto: la manera de hablar de la gente del pueblo, sus expresiones, la forma de concebir la vida, la soledad, la muerte.. todo formaba parte de la rueda de la vida y se aceptaba sin discusión, en ocasiones sin apenas gestos. Las cosas eran así porque tenían que ser así. Como decía Delibes: “…esta mansedumbre, esta pasividad, esta especie de fatalismo que de siempre acompaña al castellano, no excluye la existencia de un idioma -que por extendido hemos dejado de considerar nuestro-, unas costumbres, una cultura, un paisaje, una forma de vivir”.

 

Ciertamente ser castellano constituye una peculiaridad propia y, lo mismo que otras Comunidades Autónomas se precian de ser diferentes, yo quisiera en estas líneas reivindicar que quienes han nacido en Castilla, efectivamente, son diferentes también a otros nacidos en Galicia, Andalucía o Valencia por poner solo unos ejemplos.

 

Por otra parte, pese a que Castilla es conocida por ser la cuna del idioma castellano o español, la parquedad –a veces extrema- del hombre castellano, su hablar limitado, la forma de vida austera, su conformismo, su autenticidad, la reverencia ancestral por quienes consideraban superiores en el escalafón social, ya fuera el señorito de turno, o las fuerzas vivas del pueblo: alcalde, médico, maestro y sacerdote, ponían al campesino en una situación de inferioridad que es otra de su peculiar forma de ser. Todas estas características que tal vez eran más notorias en el pasado, siguen, sin embargo formando parte del acervo cultural de estos pueblos semivacíos que recorro ahora y que me llevan a recuerdos muy ligados a este Castronuevo diferente  al que acabo de llegar.

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2 Comentarios
Jesús Vasco
Fecha: Lunes, 17 de julio de 2017 a las 12:07
Da gusto escuchar reflexiones así. Y sobre todo cuando hablan de tu pueblo. Se nos fue Ubaldo Santos que fue un rapsoda entrañable y está tomando el testigo Marisol.
Enhorabuena
Francisca
Fecha: Viernes, 14 de julio de 2017 a las 12:56
Como siempre que leo tus textos termino oliendo a pan tierno y a **** erba, a vecinas en la puerta y personas amables. La buena gente que es universal. Muy bonita tu semblanza de esa Castilla que tan bien reflejas. ¡Ánimo!

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