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Redacción
Lunes, 17 de julio de 2017
DULCINEA DEL DUERO

Una gitana andaluza

Beatriz Recio

[Img #13837]¡Hay que ver lo que es la psique  humana! por muy modernos y sofisticados que nos creamos, nuestro interior no ha pasado del estadio en el que el primer hombre necesitó la presencia de algo superior a él para no sentir el abismo que representa el desagüe de la vida.  
Les digo esto porque es algo que sufro en carne propia. Me tengo por persona racional con una cierta tendencia a la desconfianza en general. Una ha vivido, ya, los suficientes años como para saber que no es oro todo lo que reluce y que nadie  da duros a cuatro pesetas (los nativos del euro, háganse ellos mismos la conversión).
Esta semana pasada estuve en Granada, tierra hermosa donde las haya. Olivares eternos que hunden sus raíces en la blanca tierra.
La Alhambra, goce para los sentidos, monumento a la sensualidad: susurros de agua y aromas de mil flores envuelven a quienes pasean entre las delicadísimas grafías árabes.  
Su catedral, posada póstuma de Reyes que marcaron el camino de generaciones de españoles y sin dudarlo, a sus puertas, las gitanas, con el romero, practicando la quiromancia y las oscuras artes de la adivinación.  
Pues, a lo que íbamos, hace muchos años una de ellas me lanzó una maldición a cuenta de que no recibió el pago que creía merecer. Crean ustedes que la vida se me torció. Al tiempo, en un ejercicio de repaso interior, recordé Granada, su catedral y a sus gitanas. Pasó más de un lustro hasta que pude volver. Pero, esta vez, los ojos negros que nos adentran en lo desconocido, no sólo recibieron su pago sino que se añadió propina.
Mi subconsciente, que no es tan moderno y racional como yo, se sintió tranquilo y me susurró al oído que quizás el mal fario haya quedado diluido entre la plaza de la Catedral y la bronca voz de una gitana andaluza.

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