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Redacción
Viernes, 11 de agosto de 2017
PROBLEMA

El agua: ¿Sequía o abuso?

Marino Carazo

[Img #14298]"Año de nieves, año de bienes" dicta el refrán y está en lo cierto. Las cumbres nevadas por un adecuado invierno climatológico aseguran, con un deshielo lento, agua para las cuencas de los ríos y con ello, el suministro de agua potable imprescindible a las poblaciones.

El mismo refrán deja entrever, del mismo modo, que ni todos los años nieva, ni las precipitaciones en forma de lluvia se comportan de igual manera unos años con otros. Hay años de lluvia y años de sequía y me temo que esto ha sido así desde el principio de los tiempos en que los registros se toman y tenemos datos para comparar.

El agua, nos dicen, es un bien escaso, cuando en realidad no es que sea escaso, sino que es un bien limitado. Es decir, hay la que hay y tiene un ciclo que nos enseñan a todos en la escuela. Esto no ha cambiado y es así desde siempre. La misma agua que mojó a nuestros antepasados es la que fluye hoy por nuestros ríos.

¿Que ha cambiado entonces para que nos bombardeen tan a menudo y salten, últimamente, tantas alarmas de sequía y mensajes apocalípticos por la escasez puntual de tan preciado bien? Lo que ha variado es un uso del agua que se ha vuelto, ciertamente, irresponsable. Así, en cuanto las precipitaciones escasean, nos entra, vía medios de comunicación, una preocupación exagerada por el suministro, para seguir derrochándola en cuanto caen unas gotas y los ríos vuelven a fluir llenos.

Los pantanos, auténticas reservas de agua del país, nunca están al 100% de su capacidad, aunque es probable que su estructura no la soportase, y damos por bueno su habitual 50 o 60% de ocupación, de forma que nos rasgamos las vestiduras cuando empiezan a aparecer, en un paisaje normalmente inundado, viejos puentes y pueblos que habían quedado sumergidos tras su construcción, y echamos la culpa a un cambio de climatología que, vista en grandes ciclos y a nivel global, no ha sufrido cambios importantes, casi insignificantes, en los últimos siglos, más allá de la manipulación estadística llevada al terreno de aquello que se quiera defender.

No podemos decir, sin embargo, lo mismo de la acción del hombre que sí que ha influido notablemente, tanto en un menor índice de pluviosidad en ciertas zonas, como en la disminución del nivel freático de nuestras aguas. La búsqueda incontrolada de de beneficios en la explotación de recursos naturales está detrás de los crecientes problemas, respecto al agua, con que nos enfrentamos.

Una deforestación exacerbada por intereses económicos, es el origen de de una creciente desertización por la consiguiente disminución de precipitaciones. Del mismo modo, la explotación irresponsable de las aguas subterráneas es, sin duda, la principal causa que está detrás de lechos secos de arroyos, lagunas y ríos que se ven cada vez más a menudo y que en el pasado eran fuente inagotable de agua para todos. En este sentido, hay que responsabilizar, en gran parte, a esa obsesión creciente por el regadío, que ha conseguido transformar los campos de Castilla, que cantara Machado, antes de un amarillo dorado en verano, en zonas verdes, casi al 50%, en pleno mes de agosto. La causa, el agua utilizada, antaño obtenida de pozos artesanales picados a mano, de escasos 10 m de profundidad, y que se hacen ahora con maquinaria moderna para sacar el agua de allá donde se encuentra, sean 50, 100 o 200 m. Todo ello para regar, incluso el cereal, tradicionalmente de secano. De esta manera, pueden verse grandes campos de remolacha, girasol, o similares, de un verde refrescante en plena sequía, regados las 24 horas por inmensos cañones de agua, a costa de que algunas poblaciones pasen sed y tengan que ser abastecidas por camiones cisterna en los meses más calurosos. Total, para obtener, en muchos casos, unos excedentes que se han de subvencionar para que mantengan su precio.

Es inconcebible que pocos productos agrícolas sean ya de secano a costa de malgastar el agua. ¿Dónde quedaron, por ejemplo, aquellos ajos de la zona, de pequeñas cabezas que colgados en ristras, en los balcones de nuestras casas, duraban hasta el siguiente San Pedro? Ahora podemos comprar enormes cabezas de ajos, hinchadas por exceso de hidratación, y, por tanto, más caras de precio, por volumen y presencia, pero que a duras penas llegan a Navidad (dinero y producto tirado).

¡Basta ya! No podemos seguir despilfarrando el agua de semejante forma. Ni dejando la ducha abierta mientras nos enjabonamos o el grifo al lavarnos la boca, como nos dicen, pero sobre todo y más grave, esquilmando las aguas con un abuso inconsciente del regadío que hace de nuestras tierras, otrora secas en verano, hoy parezcan un vergel empapadas artificialmente por unos gigantescos cañones que funcionan día y noche, malgastando agua y gasoil.

La solución pasa, indudablemente por una vigilancia eficaz y control de cuantos pozos quieran abrirse y de los ya existentes, por el bien de todos. ¿Se atreverán nuestras instituciones a poner freno tanto derroche de agua? En cualquier caso, es siempre mejor subvencionar una mala cosecha en años de sequía por improductivad, aportando sólo dinero, que pagar, para mantener su alto precio, unos excedentes baldíos, fruto de un regadío abusivo en que se perderá, no sólo el dinero, sino el agua empleada. 

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