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Redacción
Sábado, 9 de septiembre de 2017
OPINIÓN

Al conflicto catalán: diálogo y consenso

Marino Carazo Martín

[Img #14895]El parlamento catalán, en las sesiones de esta semana sobre referéndum y Transitoriedad, se transformó en un patio de colegio. Los argumentos de unos y otros eran bastante parecidos al "sí se vale", a que recurríamos en la infancia para favorecernos en algún lance del juego, o al "no se vale" con que el contrario protestaba. Entonces, solía conseguir "la razón" el más fuerte o el dueño del balón, que de no salirse con la suya, se lo llevaba a casa y se acababa el juego.

El "Procés", se ha enquistado hace tiempo y adquirido la gravedad con que ahora se manifiesta, en gran parte por la incapacidad y prepotencia del Partido Popular y sus dirigentes. La sociedad catalana pidió y supo consensuar con el Gobierno Zapatero, allá por 2009, un cambio en sus competencias autonómicas. El nuevo Estatuto fue aceptado por ambas partes y votado afirmativamente en los parlamentos autonómico y nacional, satisfaciendo, entonces, las lícitas aspiraciones catalanas. Pero el PP, tan negado al diálogo como a los logros políticos de los demás, se puso nervioso con semejante éxito del gobierno socialista y presentó, con intereses partidistas, recurso ante un Tribunal Constitucional que, en 2010, lo declaró no acorde a la máxima norma y, por tanto, nulo. Nada importó a Rajoy ni a los jueces que artículos similares estuvieran y sigan vigentes aún, en estatutos de otras Comunidades.

Ya en el poder, a partir de 2011, el PP ha seguido en su línea de intolerancia y de oídos sordos a las reivindicaciones de la Comunidad Catalana, pensando que estas se apagarían por sí solas, como suele solucionar Rajoy sus problemas políticos y sociales. Pero, como era de suponer, no sólo no desaparecieron sino que, año a año, debido en gran parte al desprecio institucional y las constantes negativas a todo lo que se proponía desde Barcelona, el sentimiento nacionalista fue cogiendo más y más fuerza. A pesar de lo evidente y las multitudinarias manifestaciones, Rajoy siguió actuando como el avestruz, escondiendo la cabeza bajo el ala, con la inconsciencia, impropia de un buen estadista, de pensar que si no se habla de un problema, éste no existe o desaparece. Esta vez no le ha funcionado.

Dicho lo cual, los nacionalistas catalanes no son menos culpables. Se han arrogado, indebidamente, una representatividad de todo el pueblo catalán, que no tienen ni en el 50%, como si de hecho ya les hubieran preguntado a todos y supieran que todos están a favor de la independencia. Así, quienes pretenden formar un estado de derecho independiente, se instalan en la prisa y basan su camino hacia la independencia, en la desobediencia institucional y el atropello de todos los derechos.

Se han buscado la forma de convocar ilegalmente un referéndum y una manera estrambótica de ponerlo en la calle con unas nulas garantías de participación y la movilización exclusiva de los partidarios del "Sí", para asegurarse, sin duda, una pírrica victoria que quieren dar por buena a toda costa, aún con un sólo voto de diferencia, dicen, para proclamar la Republica de Cataluña. Una majadería supina que se cae por su propio peso si tenemos en cuenta que, una simple modificación de su "Estatut", obligaría a una mayoría de dos tercios, lo que se denomina una mayoría cualificada para cambios de esta magnitud.

Se han pasado normas, leyes y derechos por el forro. Han perdido toda sensatez y se les ha olvidado, de golpe, el arte de dialogar que echan de menos en el otro. ¿Quién va a confiar en un improbable estado independiente catalán, así fundamentado? ¿Quien se fiará de unos representantes que se autoproclaman demócratas pero actúan como monarcas absolutos dictando normas a su antojo? Como dijo Marx (Groucho) "Estos son mis principios y si no le gustan, tengo otros".

Unos y otros han equivocado el camino. Se han parapetado en sus posiciones inflexibles y chulería manifiesta, olvidando que a un problema político como éste, se debe dar una solución política a base de diálogo y consenso y no por vía, ni impositiva, de un lado, ni judicial o policial, por el otro. Actuaciones que sólo conseguirán, como mucho, aplazar el problema que seguirá quedando, así, sin solución.

No estoy a favor de una posible independencia catalana, por muchas razones de peso. también sentimentales, pero pienso que un referéndum al respecto es ya inevitable, más pronto que tarde. Nunca es malo preguntar y a los políticos no les debería dar miedo conocer la opinión de los ciudadanos, sino más bien, debería ser, siempre, la guía de todas sus actuaciones.

Dejando a un lado cualquier posición intransigente, se debe de consensuar una consulta a la población. Elaborar un referéndum, nacional o autonómico, vinculante o informativo, pero pactado entre todas las fuerzas políticas. Asegurar, con unas normas claras de ejecución del mismo, un desarrollo tranquilo y establecer de antemano la posterior aplicación de sus resultados, fuesen los que fuesen. Lo demás será una pelea infantil permanente sin sentido por ver "quien la tiene más grande", que no resolverá el conflicto. Por otra parte, la represión del sentimiento nacionalista por la fuerza, aunque sea ésta legal, conseguirá, sin duda, en oposición a ello, que el número de nacionalistas en Cataluña siga aumentando junto con la magnitud del problema.

 

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