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Redacción
Lunes, 11 de septiembre de 2017
HISTORIA DE LA GUERRA CIVIL

Olivares, una herida silenciada

Concha San Francisco (miembro de la A.VV. de Olivares)

[Img #14948]Abrazamozas es  el nombre de una calle pequeña del también pequeño barrio de Olivares. Poco más de sesenta pasos hacen falta para recorrerla de un cabo al otro, entre hiladas de casas bajas  y apretadas una contra la otra, como apoyándose mutuamente en medio de la estrechez y del miedo que a veces puede dar la vida. Una calle de un barrio bajo y ribereño de la ciudad de Zamora,  sin más pretensión que la de dar cobijo a sus habitantes.

Cuando sucedió esta historia, en Abrazamozas había unas seis casas donde vivían otras tantas  familias. Y en cada una de ellas entró la muerte un día sin dar explicaciones, llevándose en esa sola calle a nueve de sus vecinos.
Era el año de 1936, un fatídico año para todos los españoles sin excepción, el año y el verano  en que un puñado de militares, con el General Franco a la cabeza,  acababa de sublevarse contra el Gobierno de la República y la Guerra Civil no había hecho más que comenzar.
Pero fue suficiente para  esta pequeña calle y para el humilde barrio de Olivares, un barrio proletario donde vivían obreros y jornaleros, algunos de los cuales participaban en sindicatos y movimientos obreros, que fue castigado de manera brutal, ejemplarizante, y donde a partir de entonces ya nada iba a ser igual.

Bueno sí, la pobreza, eso no cambiaría en mucho tiempo,  si acaso iba a hacerse  aún más abismal, más pobre si cabe, y mucho más grave, porque a partir de entonces en muchas de estas casas iban a faltar ya padres, hermanos, hijos... hombres y mujeres que trabajaran y llevaran el pan a casa. Para ser exactos 23 hombres menos - algunos aún adolescentes-,   y una mujer,  todos ellos vecinos  de este barrio que ya no podrían ayudar a sobrellevar la penuria en que se vivía entonces, porque  los fueron ejecutando entre los meses de agosto y  de diciembre de ese año, en el contexto de la represión franquista en la llamada zona nacional, donde estaba Zamora.

Así sucedió en este barrio, tal como se ha documentado no solo desde el Foro por la Memoria de Zamora, sino también a través de las narraciones de los familiares que aún lo recuerdan, aunque las cifras definitivas de las  víctimas siguen siendo provisionales, y cada día aparece un nuevo nombre, tal es el desconocimiento que aún existe, transcurridos ochenta y un años.

Lo que vino después quizá algunos de ustedes lo conocen: fue el hambre, en toda su temible, su cruda extensión que quizá hoy no llegamos a comprender porque no la hemos padecido;  y fue también el miedo, el desasosiego, la rabia...  Y  un estigma, algo como una  mancha indeleble que se obstinaba en quedarse pegada a  las casas, a las familias de los que acababan de matar. Pegada en los hijos, hermanos y  mujeres de los muertos.

 Como si ya nunca pudiera borrarse esa especie de "culpa" creada en torno a ellos, que era roja, sí, y que además implicaba represalias.

Solo  el tiempo vino en ayuda  de los que vivieron aquella guerra, y de los que lograron sobrevivirla… Pero hubo de pasar mucho, mucho  tiempo sobre los tejados y las calles de este barrio y de esta ciudad, de todas las ciudades;  un tiempo amarillento llamado posguerra, que fue cubriendo  todo de una pátina triste, sin olvido pero sin voz. Un tiempo de silencio. Un tiempo de miseria.

Aunque  al menos en Abrazamozas  y en todas las calles de este barrio, en las Abrazamozas de cada rincón de España, quedaba también el consuelo íntimo de la solidaridad y el apoyo mutuo entre los vecinos que luchaban  por sobrevivir, también incluso por ser felices, o al menos permitirse serlo a ratos: ser capaces de albergar esperanza en un tiempo mejor, y abrazar, “abrazar a las mozas, o a los mozos...” ¡Abrazarse!

Abrazamozas y Olivares son hoy un símbolo para nosotros, vecinos de este barrio que, sin saberlo, convivíamos con una gran herida abierta, aunque muda y anónima. Esa herida era casi una sombra, sin  rostros y sin  nombres. Sin memoria.

Y  han tenido que pasar 81 años para que conociéramos  la verdadera dimensión  de aquellos hechos,  nuestra tragedia local, la de un tiempo terrible que no queremos ni debemos olvidar, porque no queremos que  vuelvan a repetirse nunca más esa intolerancia y esa violencia.  

Por eso hoy vamos a ponerle nombres y apellidos a quienes durante  estos largos  años  estuvieron silenciados, vecinos nuestros que en aquella trágica situación perdieron absolutamente todo, no solo la vida sino también la memoria de su identidad y su compromiso, siquiera el recuerdo de su muerte:  doblemente muertos  por tanto.
Y lo hacemos contra la hostilidad general de quienes aún duermen y se sienten enojados por quienes se despiertan. Y lo hacemos tomando como referentes a dos figuras que, por azar  - si es que existe tal cosa -  comparten espacio en esta piedra de granito que hoy aloja la memoria de nuestros convecinos. Me refiero a Ramón Acín, el escultor de Huesca que creó esa imagen del hombre caído, que no vencido, y que pagó con su vida la osadía de ser libre, creador y valiente. Y al poeta de la Generación del 50, Ángel González, de quien hemos tomado prestados dos versos que el cantero, Raúl Moreno, ha  grabado en el otro lado de la piedra, y que nos remiten a  “aquel tiempo sombrío”, tiempo que como él mismo añade en otro poema, “no lo hicimos nosotros;/ él fue quien nos deshizo”.
Ambas figuras, Acín y González, nos siguen hablando hoy de dignidad y  fraternidad , de  compromiso.

Tampoco hay ánimo de rencor en este acto de homenaje, sino de reparación y de justicia, una palabra desgastada, lo sabemos, pero que hay que defender cada día devolviéndole su significado, que no es banal.
Es además un intento de deshacer esta extraña “anomalía" que padece nuestra democracia  como si de una enfermedad se tratara. Una "anomalía democrática" lo llaman los historiadores,  aunque más bien podría llamarse aberración, y que a pesar de contar con una Ley para la Recuperación de la Memoria Histórica, aprobada en nuestro Parlamento hace ya 10 años, impide dar pasos significativos que nos permitan mirar ese tiempo a la cara, e iluminar uno de los capítulos más negros de nuestra historia.
Y eso es una responsabilidad del Estado, pero  también de cada uno de nosotros, ciudadanos, vecinos… que hemos conocido, escuchado mil veces esa historia y hemos de seguir dando pasos para entenderla de forma objetiva y explicarla adecuada y verazmente a los más jóvenes. Esa sí que es una deuda que tenemos que saldar.

Esta tarde aquí en Olivares los vecinos de este otro tiempo queremos  a nuestra manera y con esta piedra de granito sayagués restituir algo de la dignidad perdida,  e intentar cerrar heridas que no abrirlas. Poner luz  y reflexión tras esos nombres y apellidos largo tiempo silenciados.
Ojalá que entre todos lo hayamos conseguido.
 

Concha San Francisco
Asociación de Vecinos de Olivares

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