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Redacción
Sábado, 28 de octubre de 2017
EL BECARIO TARDÍO

Comer fuera de casa

Esteban Pedrosa

[Img #15893]Imagino que, más de una vez, todos hemos comido fuera de casa, por aquello de que la vida nos va llevando y trayendo de un lado para otro hasta que nos asentamos, que no todos llegamos a ello o nos cuesta. En mi caso, Mili incluida, fui asiduo a restaurantes en mi juventud, cuando no sabía ni freír un huevo (una frase hecha, pero que tiene su intríngulis: un huevo frito tiene su historia) ni tiempo ni ganas para aprenderlo. Confieso que en el servicio militar tuve suerte y, al cumplirla en un destino especial, comía aparte de la tropa, con lo que la comida era aceptable al ser la misma que degustaban oficiales y suboficiales de guardia. Ya por entonces, había oído anécdotas, como aquella de un restaurante en la que los comensales pedían, por defecto, alubias con dedo, arroz con dedo, lentejas con dedo, debido ello a que el camarero tenía la fea costumbre de llevar el dedo pulgar dentro del plato. En mi época madrileña, recuerdo una casa de comidas en la plaza de Legazpi, por donde aparecía un matrimonio entrado en años, ella guiando a su marido ciego y él tocando un acordeón para los comensales, pero del que más uso hice fue de uno instalado frente a mi domicilio en la calle Antonio de Leyva, regentado por un matrimonio mayor –muy mayor, diría- del que justo es decir que ella era una gran cocinera, pero allí la estrella era el marido, quien llegaba con el plato que habías pedido y lo dejaba sobre tu mesa con un rastro de ceniza del cigarro que llevaba entre sus dedos. Apuntaba deprisa, muy deprisa y era normal que recorriera las mesas a la inversa, “¿usted me pidió macarrones?”, “¿para usted eran las croquetas?”, pero la anécdota de las anécdotas fue el día que alguien le pidió una manzanilla. Volvió al poco rato para preguntar: “Al pedir una manzanilla, se refería a una manzana pequeña o a una infusión?”

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