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Redacción
Viernes, 3 de noviembre de 2017
DULCINEA DEL DUERO

Mi vecina de enfrente

Beatriz Recio

[Img #16006]Sábado, cuatro de la tarde, peli, sofá y ojos que se entornan perdidos entre sensaciones imaginarias. Solecito que se cuela por los cristales de la cocina, silencio urbano, el piar de un gorrión aletea por las estancias.
Unos metros, tan sólo, unos pasos más allá del cristal por el que se adivina la calle, se solaza la muerte. La parca, que como sombra fría, roba el calor de un cuerpo, que se apaga, sin que nadie se percate .  
Nada se detiene, el sol sigue su curso vespertino, el pájaro continúa con su trinar de ave callejera, los gatos negros, de ojos de acero, se refocilan escondidos en la hierba que recubre la tierra de  los patios.
No cambia el ambiente, ni se detiene el aire más que en los pulmones de la persona que agoniza un instante más allá del espacio que ocupo yo misma.  
Impresiona la facilidad con la que se va una vida, un minuto, un segundo y una luz deja paso al vacío, mientras, el mundo rueda y rueda, sin percatarse de que uno de sus hijos ya no está. Sin notar, siquiera, que un aliento único dejó de exhalar.  
No era nadie, uno de tantos seres anónimos que se van en silencio, una muerte que no sale en las noticias, un deceso comentado, a lo más, en la tienda de la esquina, en la de toda la vida, en la que todavía las vecinas echan un parlao una vez al día: “Pues era la madre de Fulano”- conversa la parroquia- “¡qué pena, tan joven!”.  
Frases hechas para ahuyentar el miedo. “¡Qué nos espere muchos años! “ sentencia otra. Jamás supe de un deceso en el que alguien no pronunciara esta maldita frase.
La guadaña siega a su antojo. Silencio y soledad bajo una clara tarde de otoño, en la que la muerte, con paso sigiloso, se llevó hacia el olvido a uno de nosotros.  
D.E.P.

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