CONSIDERACIONES
De hipócritas y ricos
Eugenio-Jesús de Ávila
Al decir de los evangelios canónicos, Jesús de Nazaret, cuya existencia histórica no ha sido demostrada, porque no hay documentos que la confirma, siendo más un concepto que una realidad, condenó a ricos –“es más difícil que entre un rico en el Reino de los Cielos que un camello pase por el ojo de una aguja- y a los hipócritas. Supongamos que lo creo. Extrapolo asertos a la política para comprobar que nuestra democracia –no analizo otros regímenes políticos- la protagoniza la hipocresía y un afán por enriquecerse a través de su puesta en práctica.
Hace unos días hablaba de que la coherencia es virtud extraña en la res pública, porque hay políticos que hablan, y nunca se detienen, de democracia, cuando, en la práctica, demuestran sectarismo, intolerancia y fanatismo. A derecha e izquierda, dos formas de hacer política. Aquellos, los que se avergüenzan de serlo, menos Vox, y estos que presumen, como si no hubiesen demostrado, con los hechos, su incapacidad para admitir ideas que no les son propias.
La militancia política no se distingue de un socio de cualquier equipo de fútbol. El hincha nunca valora el juego del rival, no reconoce sus virtudes, su gestión del juego, su arte, si lo hubiere. El forofo de cualquier partido político odia a sus rivales, crea todo tipo de improperios para sancionar las decisiones del enemigo, al que no se le da ni agua cuando tiene sed. Y, lo que criticaba en el adversario, resulta alabanzas cuando esa forma de actuar la plasma en la realidad.
Hubo un tiempo, cuando yo era un fanático de las izquierdas radicales, que creía en mi superioridad moral sobre todo individuo que no comulgase con mis creencias –de nuevo la fe, siempre la fe, nunca la razón-, como los populares, ucedeos, socialistas de Felipe, etc. Después, me pregunté si la ETA, definida como organización marxista-leninista, o el FRAP y los GRAPO, resultaban encontrarse por encima en ética y moral que un Adolfo Suárez, por citar un ejemplo especial, o de ciudadanos que pensaba de forma distinta. Tras el paso del PSOE por el poder, durante el felipismo, me desperté. Inicié una etapa de lectura incansable sobre el pasado de una ilusión, que fue la mía, y fue perdiendo la fe hasta convertirme en un ateo político. Desde la atalaya de la incredulidad, observo a tirios y troyanos, que tratan de convencer a las masas de que su religión es la verdadera. Así, los revisionistas del Nacional Socialismo, muchos sajones, británicos, editaron libros, con documentos, sobre la falsedad del genocidio judío, gitano, de testigos de Jehovah, atribuyendo los millones de muertos al tifus que se declaró en los campos de concentración, copiados del Gulag soviético. En el otro bando, las pías almas marxistas y leninistas niegan hambrunas, terror rojo, purgas, genocidios, en la URSS, desde el golpe de Estado de octubre de 1917, cargándose la Revolución de Febrero y la Duma –parlamento ruso- hasta la caída del Muro de Berlín, pasando por el estalinismo. Según estos hinchas de Marx, todo es mentira, invento de los historiadores burgueses, que no fascistas. Es más, como es conocido, refrendado con documentos, el judío converso alemán dejó preñada a su criada, no reconoció a su hijo y nunca abonó su trabajo doméstico. ¿Fue Karl machista? No. Un héroe. La doble moral cristiana extrapolada al Cristo de la Revolución proletaria: “Haced lo que yo predico, no lo que yo haga”.
Lo de la China de Mao y el machismo del líder oriental, gran rijoso, otro embuste del capitalismo; lo de Pol Pot, en Camboya, más de lo mismo. A los cristianos, gente de fe, que no es otra cosa que creer en lo que no se ve, no les puedes contar que, en nombre del amor al prójimo, desde que su religión pasó a ser la oficial del Imperio Romano, los millones de muertos que causó su fanatismo: quema de bibliotecas que compilaban todo el saber de la Antigüedad antes de Cristo, Cruzadas, genocidios, Inquisición, papas rijosos, papas crueles, papas guerreros.
El ser humano creo un Dios, pero no a su imagen y semejanza, sino alguien superior sobre el que proyectó virtudes tales como la bondad infinita, la misericordia, el perdón, la paciencia, el orden, la verdad, la justicia; potencias divinas que rara vez aplica nuestra especie en su vida cotidiana; que, en extrañas ocasiones, proyectan los políticos en la administración de la res pública.
Seducen más los vicios que las virtudes. Sin duda. Escribió el gran Manuel Machado, excelso poeta, no reconocido porque se quedó en la España de Franco, en su extraordinario poema Adelfos aquello de: “Ni el vicio me seduce, ni adoro la virtud”. Y añadía en otra estrofa: “Nada os pido, ni os amo ni os odio. Con dejarme, lo que hago por vosotros, hacer podéis por mí…¡Que la vida se tome la pena de matarme, ya que yo no me tomo la pena de vivir…!”
Pues eso. ¡Dejadme en paz, políticos de la hipocresía, la libertad en Venezuela y la corrupción en España! ¡Vivid como lo que sois, una mentira con cuerpo humano; malandrines que veis la paja en el ojo ajeno y nunca la viga en el vuestro!
Al decir de los evangelios canónicos, Jesús de Nazaret, cuya existencia histórica no ha sido demostrada, porque no hay documentos que la confirma, siendo más un concepto que una realidad, condenó a ricos –“es más difícil que entre un rico en el Reino de los Cielos que un camello pase por el ojo de una aguja- y a los hipócritas. Supongamos que lo creo. Extrapolo asertos a la política para comprobar que nuestra democracia –no analizo otros regímenes políticos- la protagoniza la hipocresía y un afán por enriquecerse a través de su puesta en práctica.
Hace unos días hablaba de que la coherencia es virtud extraña en la res pública, porque hay políticos que hablan, y nunca se detienen, de democracia, cuando, en la práctica, demuestran sectarismo, intolerancia y fanatismo. A derecha e izquierda, dos formas de hacer política. Aquellos, los que se avergüenzan de serlo, menos Vox, y estos que presumen, como si no hubiesen demostrado, con los hechos, su incapacidad para admitir ideas que no les son propias.
La militancia política no se distingue de un socio de cualquier equipo de fútbol. El hincha nunca valora el juego del rival, no reconoce sus virtudes, su gestión del juego, su arte, si lo hubiere. El forofo de cualquier partido político odia a sus rivales, crea todo tipo de improperios para sancionar las decisiones del enemigo, al que no se le da ni agua cuando tiene sed. Y, lo que criticaba en el adversario, resulta alabanzas cuando esa forma de actuar la plasma en la realidad.
Hubo un tiempo, cuando yo era un fanático de las izquierdas radicales, que creía en mi superioridad moral sobre todo individuo que no comulgase con mis creencias –de nuevo la fe, siempre la fe, nunca la razón-, como los populares, ucedeos, socialistas de Felipe, etc. Después, me pregunté si la ETA, definida como organización marxista-leninista, o el FRAP y los GRAPO, resultaban encontrarse por encima en ética y moral que un Adolfo Suárez, por citar un ejemplo especial, o de ciudadanos que pensaba de forma distinta. Tras el paso del PSOE por el poder, durante el felipismo, me desperté. Inicié una etapa de lectura incansable sobre el pasado de una ilusión, que fue la mía, y fue perdiendo la fe hasta convertirme en un ateo político. Desde la atalaya de la incredulidad, observo a tirios y troyanos, que tratan de convencer a las masas de que su religión es la verdadera. Así, los revisionistas del Nacional Socialismo, muchos sajones, británicos, editaron libros, con documentos, sobre la falsedad del genocidio judío, gitano, de testigos de Jehovah, atribuyendo los millones de muertos al tifus que se declaró en los campos de concentración, copiados del Gulag soviético. En el otro bando, las pías almas marxistas y leninistas niegan hambrunas, terror rojo, purgas, genocidios, en la URSS, desde el golpe de Estado de octubre de 1917, cargándose la Revolución de Febrero y la Duma –parlamento ruso- hasta la caída del Muro de Berlín, pasando por el estalinismo. Según estos hinchas de Marx, todo es mentira, invento de los historiadores burgueses, que no fascistas. Es más, como es conocido, refrendado con documentos, el judío converso alemán dejó preñada a su criada, no reconoció a su hijo y nunca abonó su trabajo doméstico. ¿Fue Karl machista? No. Un héroe. La doble moral cristiana extrapolada al Cristo de la Revolución proletaria: “Haced lo que yo predico, no lo que yo haga”.
Lo de la China de Mao y el machismo del líder oriental, gran rijoso, otro embuste del capitalismo; lo de Pol Pot, en Camboya, más de lo mismo. A los cristianos, gente de fe, que no es otra cosa que creer en lo que no se ve, no les puedes contar que, en nombre del amor al prójimo, desde que su religión pasó a ser la oficial del Imperio Romano, los millones de muertos que causó su fanatismo: quema de bibliotecas que compilaban todo el saber de la Antigüedad antes de Cristo, Cruzadas, genocidios, Inquisición, papas rijosos, papas crueles, papas guerreros.
El ser humano creo un Dios, pero no a su imagen y semejanza, sino alguien superior sobre el que proyectó virtudes tales como la bondad infinita, la misericordia, el perdón, la paciencia, el orden, la verdad, la justicia; potencias divinas que rara vez aplica nuestra especie en su vida cotidiana; que, en extrañas ocasiones, proyectan los políticos en la administración de la res pública.
Seducen más los vicios que las virtudes. Sin duda. Escribió el gran Manuel Machado, excelso poeta, no reconocido porque se quedó en la España de Franco, en su extraordinario poema Adelfos aquello de: “Ni el vicio me seduce, ni adoro la virtud”. Y añadía en otra estrofa: “Nada os pido, ni os amo ni os odio. Con dejarme, lo que hago por vosotros, hacer podéis por mí…¡Que la vida se tome la pena de matarme, ya que yo no me tomo la pena de vivir…!”
Pues eso. ¡Dejadme en paz, políticos de la hipocresía, la libertad en Venezuela y la corrupción en España! ¡Vivid como lo que sois, una mentira con cuerpo humano; malandrines que veis la paja en el ojo ajeno y nunca la viga en el vuestro!

















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