Eugenio de Ávila
Miércoles, 10 de Abril de 2019
PERSPECTIVAS

Preguntas sin respuesta sobre nuestra Semana Santa

Eugenio-Jesús de Ávila

[Img #26687]El lector habitual de mis cartas a los zamoranos, a los que viven en un cierto exilio interior, conoce que he llegado a escribir que nuestra Semana Santa ha dejado de ser católica. Hay que tener valor para soltarlo en esta ciudad que guardo silencio porque el poder le robó la palabra y a tan solo unos días del Domingo de Ramos. No me arrepiento. Ahora bien, no se entienda lo que expreso como una actitud contraria a la Pasión de mi tierra. La amé tanto que era de esos que lloran cuando la lluvia impide la salida a la calle de las hermandades y cofradías. Pero, cuando cumplí poco más de los 20 años, consideré que teoría y práctica deberían coincidir, que lo que hablaba nunca contradiría a mi actuación pública. Y así lo hice. Guardé túnicas, hachones y cruces en el baúl de la memoria y…pasaron casi 40 años sin ni si quiera comprobar si la polilla se comió el género.

Dejar una relación, incluso la que unió el amor, nunca implica el nacimiento del odio. Mi alma no sabe odiar. Cuando una persona deja de gustarme, me voy. Explico mis razones y tomo otro camino contrario para no volver a encontrarme con quién, a mi juicio, faltó, calumnió o injurió. La Semana Santa dejó de interesarme. Me fui. Pero también analicé. Intenté de aplicar la razón a la historia de la Pasión en Zamora, a las disputas domésticas, a la estética de las procesiones, a la psicología social, al cambio que experimenta mi ciudad entre Domingo de Ramos y Resurrección. Este fenómeno estético y religioso, una tradición que se agarró a la epidermis de Zamora ha tiempo, que atravesó periodos convulsos, economías renacentistas, barrocas y precapitalistas; que superó guerras civiles, odios, transformaciones urbanas y mentales, merecería ser estudiado por sociólogos de gran altura intelectual.

Como se intuye, no odio a nuestra Semana Santa. Solo sé amar. Cuando no amo, las personas me resultan indiferentes. Ni apreció ni desprecio. Solo vengo intentando comprender lo que acontece en Zamora en Semana Santa. ¿Por qué se ha alcanzado ese umbral de expresión en las procesiones, algunas, cierto es, con escaso aporte de la forma de ser zamorana, con más influencias, pongamos, sevillanas? ¿Son ciertas las inquinas entre los que dirigen y organizan unas y otras cofradías? ¿Se han convertido las hermandades en una proyección de la política, con gente que conspira, traiciona, calumnia al “hermano”?  ¿Cómo ha sido posible este milagro, con todas estas querencias y carencias,  para situar a la representación de la Pasión de Cristo en la cumbre de las semanas santas de España? ¿Por qué no se han aplicado los mismos métodos a la vida económica, comercial y social de Zamora? ¿Cuál fue el secreto para efectuar una transición religiosa y estética entre la dictadura y la democracia? ¿Qué ha cambiado, además de que las féminas puedan cubrir sus rostros con caperuz, en el interior de las cofradías? ¿Hay más democracia interna o se perpetúan las cacicadas, los caprichos, las envidias, incluso los odios?  Son cuestiones que siempre formulo, pero nadie responde. Sí sé que nuestra ciudad y su provincia fueron condenadas al ostracismo por los planes de desarrollo del franquismo económico y que, después, en plena democracia, las decisiones políticas nos clavaron un rejón de muerte, del que quizá, pese a los hercúleos esfuerzos de Zamora 10, no regresaremos al mundo de los vivos.

Sin embargo, esta ciudad, tras la Guerra Civil, reprodujo su Semana Santa; digo más: reinventó otra Pasión, que no tenía nada qué ver con las cofradías tradicionales, las que nacieron por razones que todos conocemos, durante los siglos XVI y XVII, renovadas, estéticamente, a finales del XIX y principios del XX. Sostengo que, sin el vergonzoso conflicto fratricida de 1936, nuestra Semana Santa no hubiera llegado a su actual proyección turística, económica y social.

 Como expresé al inicio de esta carta, la Semana Santa de Zamora ha dejado de ser católica, lo cual podría parecer un oxímoron religioso. Pero este escribidor, un ateo comprensivo, sigue amando aquello que no entiende.

 

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