IDIOMAS
Los antipentecostales
Ilia Galán
Hablar en público ponía nerviosa a la itálica artista, Ornella, para presentar su hermosa exposición entre críticos de arte, periodistas o pintores de altos vuelos, como Venanti, pero lo hizo, con aplomo, después de sufrir la tensión que a tantos deja mudos cuando decenas de ojos se clavan en uno para escuchar lo que dice.
Mis palabras, ya tan usadas y viejas como las canas que tapizan mi cráneo, en cambio, surgieron de modo natural y fluido, según es habitual, en la lengua de Dante, lo mismo que sale en otras cuando por el mundo viajan. A muchos les cuesta mucho hablar en público la propia lengua, ¡cuánto más si han de hablar una ajena! Aunque la conozcan con cierta destreza, como he visto a algún político español al llegar a Oxford, acomplejado y agarrado al idioma de Don Quijote, pidiendo traductores, sufren el síndrome de Babel, compleja y penosa, basta leer la Biblia para comprenderla: maldición que nos aqueja. Algunos, sin embargo, pareciera que hemos recibido uno de esos dones del Espíritu Santo que este domingo se celebra y nos resulta fácil arrojar el verbo en un lenguaje u otro, cual si no existiesen fronteras. No es ni mérito ni culpa nuestra, salvo el esfuerzo hecho para estudiar gramáticas ajenas. Pero los idiomas son severas murallas que solo el amor y la voluntad por aprender o intentar comunicarnos logra pasar sin sufrir graves desamparos.
Por eso es hermoso recordar los pasajes que en este domingo se celebran en los Hechos de los apóstoles, pues Pentecostés puede resultar aleccionador para no pocos. Un grupo de pescadores y gentes sencillas en torno a la madre de un ejecutado como criminal, traidor a su pueblo y blasfemo, allí en Jerusalén, muertos de miedo aunque dicen haberle visto resucitado, se dejan arder de amor por recibir el Divino Espíritu que les llena de pasión y salen valientes a contar la hermosa nueva: no todo acaba aquí, en el fracaso; hay esperanza, otro mundo existe renovado a través del Nazareno, un Mesías que, desde el abismo, logra la cima de los universos.
Ese grupo no tuvo miedo y se lanzó a enseñar lo que habían vivido cambiando un poderosísimo imperio, el romano, por mucho que sufrieran prisiones, castigos, torturas y martirios. Al salir, se hacían entender por gentes de muy diversas lenguas: podían comunicarse. Con amor, incluso por signos manuales o miradas uno puede entenderse, pero cuando hay rivalidad, ni el mismo idioma perfecta y racionalmente expresado logran comprenderse. La Palabra, tanto como Expresión o divino Verbo, como la que usamos en mortales encuentros, es comunicación si queremos, pero ahora muchos la usan para arrojárselas con triste denuedo, tanto por disputas de géneros o torcidos sexos como por regiones que quieren separarse con otras lenguas del común entendimiento.
Ilia Galán
Hablar en público ponía nerviosa a la itálica artista, Ornella, para presentar su hermosa exposición entre críticos de arte, periodistas o pintores de altos vuelos, como Venanti, pero lo hizo, con aplomo, después de sufrir la tensión que a tantos deja mudos cuando decenas de ojos se clavan en uno para escuchar lo que dice.
Mis palabras, ya tan usadas y viejas como las canas que tapizan mi cráneo, en cambio, surgieron de modo natural y fluido, según es habitual, en la lengua de Dante, lo mismo que sale en otras cuando por el mundo viajan. A muchos les cuesta mucho hablar en público la propia lengua, ¡cuánto más si han de hablar una ajena! Aunque la conozcan con cierta destreza, como he visto a algún político español al llegar a Oxford, acomplejado y agarrado al idioma de Don Quijote, pidiendo traductores, sufren el síndrome de Babel, compleja y penosa, basta leer la Biblia para comprenderla: maldición que nos aqueja. Algunos, sin embargo, pareciera que hemos recibido uno de esos dones del Espíritu Santo que este domingo se celebra y nos resulta fácil arrojar el verbo en un lenguaje u otro, cual si no existiesen fronteras. No es ni mérito ni culpa nuestra, salvo el esfuerzo hecho para estudiar gramáticas ajenas. Pero los idiomas son severas murallas que solo el amor y la voluntad por aprender o intentar comunicarnos logra pasar sin sufrir graves desamparos.
Por eso es hermoso recordar los pasajes que en este domingo se celebran en los Hechos de los apóstoles, pues Pentecostés puede resultar aleccionador para no pocos. Un grupo de pescadores y gentes sencillas en torno a la madre de un ejecutado como criminal, traidor a su pueblo y blasfemo, allí en Jerusalén, muertos de miedo aunque dicen haberle visto resucitado, se dejan arder de amor por recibir el Divino Espíritu que les llena de pasión y salen valientes a contar la hermosa nueva: no todo acaba aquí, en el fracaso; hay esperanza, otro mundo existe renovado a través del Nazareno, un Mesías que, desde el abismo, logra la cima de los universos.
Ese grupo no tuvo miedo y se lanzó a enseñar lo que habían vivido cambiando un poderosísimo imperio, el romano, por mucho que sufrieran prisiones, castigos, torturas y martirios. Al salir, se hacían entender por gentes de muy diversas lenguas: podían comunicarse. Con amor, incluso por signos manuales o miradas uno puede entenderse, pero cuando hay rivalidad, ni el mismo idioma perfecta y racionalmente expresado logran comprenderse. La Palabra, tanto como Expresión o divino Verbo, como la que usamos en mortales encuentros, es comunicación si queremos, pero ahora muchos la usan para arrojárselas con triste denuedo, tanto por disputas de géneros o torcidos sexos como por regiones que quieren separarse con otras lenguas del común entendimiento.
Ilia Galán


















Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.105