ZAMORANA
Jardín botánico
Mª Soledad Martín Turiño
Cuando llega el viento con fiereza y arranca los pétalos de las flores en este magno jardín botánico que enamora los sentidos y perfuma el ambiente, el suelo se tiñe del color de hojas y flores que no sobrevivieron al céfiro que las arrancó de su tallo para volar un momento antes de caer.
Aspiro con placer el aroma que exhala este vergel urbano, me aferro a la verja y contemplo a través de ella las hileras de tulipanes en flor de diferentes colores pero ordenados sabiamente para que el conjunto proporcione un auténtico regalo para la vista. Junto al enrejado, como para proteger el interior, crecen arbustos, pequeñas palmeras y variedad de planta verde que sembraron en invierno y lucen ahora en todo su esplendor. La labor constante de los uniformados jardineros desde primera hora de la mañana regando, escardando malas hierbas, replantando y cuidando con esmero los plantíos permite que resplandezcan con una belleza incomparable. ¡Y qué decir del interior, de esos vericuetos por donde resulta tan fácil perderse, pensar, gozar de sombras y aromas, aspirar a pleno pulmón la felicidad que embriaga el espíritu con tanta profusión de belleza!.
Los enormes árboles recubren el cielo como si quisieran reinar en ese ambiente sin otras distracciones que la propia hermosura del recinto, y proporcionan una luz tamizada apta para el pensamiento en soledad.
Las personas que transitan al otro lado de la verja caminan presurosas para llegar a su destino y no reparan en esta maravilla que les regala vista y aroma, porque a veces vamos sonámbulos por la vida sin apreciar la perfección, sin detenernos un instante a mirar por donde nos lleva el camino, la gente que se tropieza con nosotros, los escaparates… en una palabra, el entorno.
Veo a los turistas cámara en ristre, intentando llevarse este pedacito de edén a sus lejanas tierras. Resulta gracioso porque son tantos los recodos, las plantas, las flores, los setos que las cámaras no dan abasto para fotografiarlo todo y parecen autómatas girando, tropezando entre ellos, moviéndose entre calles y cercados. Cuando el grupo se va, regresa el silencio, retorna la paz y vuelvo a mi extasiada contemplación antes de salir de nuevo a la vorágine de la vida real.
Este refugio urbano en pleno centro de Madrid suele ser a menudo mi excusa para escapar de problemas, trabajo y preocupaciones; además cada época del año es diferente y todas ellas proporcionan estados de ánimo balsámicos con solo pisar el recinto botánico. Otoño y primavera son mis estaciones favoritas, por cuanto la variedad de tonalidades, tanto de flores como de hojas, es mayor en este lugar donde la calma es un lujo que sí podemos permitirnos.
Cuando llega el viento con fiereza y arranca los pétalos de las flores en este magno jardín botánico que enamora los sentidos y perfuma el ambiente, el suelo se tiñe del color de hojas y flores que no sobrevivieron al céfiro que las arrancó de su tallo para volar un momento antes de caer.
Aspiro con placer el aroma que exhala este vergel urbano, me aferro a la verja y contemplo a través de ella las hileras de tulipanes en flor de diferentes colores pero ordenados sabiamente para que el conjunto proporcione un auténtico regalo para la vista. Junto al enrejado, como para proteger el interior, crecen arbustos, pequeñas palmeras y variedad de planta verde que sembraron en invierno y lucen ahora en todo su esplendor. La labor constante de los uniformados jardineros desde primera hora de la mañana regando, escardando malas hierbas, replantando y cuidando con esmero los plantíos permite que resplandezcan con una belleza incomparable. ¡Y qué decir del interior, de esos vericuetos por donde resulta tan fácil perderse, pensar, gozar de sombras y aromas, aspirar a pleno pulmón la felicidad que embriaga el espíritu con tanta profusión de belleza!.
Los enormes árboles recubren el cielo como si quisieran reinar en ese ambiente sin otras distracciones que la propia hermosura del recinto, y proporcionan una luz tamizada apta para el pensamiento en soledad.
Las personas que transitan al otro lado de la verja caminan presurosas para llegar a su destino y no reparan en esta maravilla que les regala vista y aroma, porque a veces vamos sonámbulos por la vida sin apreciar la perfección, sin detenernos un instante a mirar por donde nos lleva el camino, la gente que se tropieza con nosotros, los escaparates… en una palabra, el entorno.
Veo a los turistas cámara en ristre, intentando llevarse este pedacito de edén a sus lejanas tierras. Resulta gracioso porque son tantos los recodos, las plantas, las flores, los setos que las cámaras no dan abasto para fotografiarlo todo y parecen autómatas girando, tropezando entre ellos, moviéndose entre calles y cercados. Cuando el grupo se va, regresa el silencio, retorna la paz y vuelvo a mi extasiada contemplación antes de salir de nuevo a la vorágine de la vida real.
Este refugio urbano en pleno centro de Madrid suele ser a menudo mi excusa para escapar de problemas, trabajo y preocupaciones; además cada época del año es diferente y todas ellas proporcionan estados de ánimo balsámicos con solo pisar el recinto botánico. Otoño y primavera son mis estaciones favoritas, por cuanto la variedad de tonalidades, tanto de flores como de hojas, es mayor en este lugar donde la calma es un lujo que sí podemos permitirnos.




















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