LITERATURA
La “virtud” de los “nobles”
Emilia Casas
Hoy me propongo escribir algo sobre el antídoto del orgullo y de la arrogancia: la humildad.
La gran mayoría estamos convencidos de que nuestra forma de ver la vida “es la forma de ver la vida”. Y que quienes ven las cosas diferentes que nosotros están equivocados. De hecho, tenemos tendencia a rodearnos de personas que piensan exactamente como nosotros, considerando que estas son las únicas “cuerdas y sensatas”. Pero ¿sabemos de dónde viene nuestra visión de la vida? ¿Realmente podemos decir que es nuestra? ¿Acaso la hemos elegido libre y voluntariamente? Muchos estamos perdidos en el arte de vivir plenamente. ¿Y quién no lo está? Demasiada gente nos ha estado confundiendo durante demasiados años, presionándonos y convenciéndonos para que hagamos cosas que no nos conviene hacer para tener cosas que no necesitamos tener.
Creer que no tenemos nada que cuestionarnos como personas, ni mucho menos algo que aprender, es de arrogantes. Quien cree que ya lo sabe todo no irá más allá, la soberbia engulle a la humildad y origina personas engreídas a la vez que resentidas. La verdadera humildad no es estar mirando siempre la propia pequeñez. Porque compararse es dar vueltas sobre uno mismo y se pierde de vista a los demás. Las personas humildes no necesitan competir, no andan buscando rivales. No ceden a toda costa ni se dejan aplastar por los demás, simplemente tienen otra mirada más amplia y más profunda sobre la realidad y no se atan a discusiones estériles. Todo esto les vuelve más fuertes y capaces de seguir mejorando constantemente de una manera franca y realista.
Si al leer esto piensas, «Qué bien le vendría leer esto a Fulano de tal», mejor trata de enfocarte en ti mismo antes que en los demás, ya que a todos nos resulta más fácil ver los defectos ajenos que los propios.
Hoy me propongo escribir algo sobre el antídoto del orgullo y de la arrogancia: la humildad.
La gran mayoría estamos convencidos de que nuestra forma de ver la vida “es la forma de ver la vida”. Y que quienes ven las cosas diferentes que nosotros están equivocados. De hecho, tenemos tendencia a rodearnos de personas que piensan exactamente como nosotros, considerando que estas son las únicas “cuerdas y sensatas”. Pero ¿sabemos de dónde viene nuestra visión de la vida? ¿Realmente podemos decir que es nuestra? ¿Acaso la hemos elegido libre y voluntariamente? Muchos estamos perdidos en el arte de vivir plenamente. ¿Y quién no lo está? Demasiada gente nos ha estado confundiendo durante demasiados años, presionándonos y convenciéndonos para que hagamos cosas que no nos conviene hacer para tener cosas que no necesitamos tener.
Creer que no tenemos nada que cuestionarnos como personas, ni mucho menos algo que aprender, es de arrogantes. Quien cree que ya lo sabe todo no irá más allá, la soberbia engulle a la humildad y origina personas engreídas a la vez que resentidas. La verdadera humildad no es estar mirando siempre la propia pequeñez. Porque compararse es dar vueltas sobre uno mismo y se pierde de vista a los demás. Las personas humildes no necesitan competir, no andan buscando rivales. No ceden a toda costa ni se dejan aplastar por los demás, simplemente tienen otra mirada más amplia y más profunda sobre la realidad y no se atan a discusiones estériles. Todo esto les vuelve más fuertes y capaces de seguir mejorando constantemente de una manera franca y realista.
Si al leer esto piensas, «Qué bien le vendría leer esto a Fulano de tal», mejor trata de enfocarte en ti mismo antes que en los demás, ya que a todos nos resulta más fácil ver los defectos ajenos que los propios.

















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