ZAMORANA
Ciudadanos de primera y de segunda
No es nuevo que esta vida única puede vivirse de diferentes maneras y lo que para unos puede ser el cielo, otros lo viven como un auténtico infierno, depende en gran medida del lugar en que se haya nacido que determinará la existencia posterior; así en las zonas deprimidas o que padecen cualquier tipo de violencia sus habitantes están condenados a luchar para sobrevivir, mientras que en el llamado “primer mundo” existen oportunidades de prosperar, alcanzar una situación social aceptable, disfrutar de una cultura, ocio y bienestar con todas las opciones abiertas.
Esta enorme brecha social se hace patente a diario cuando los países pobres son pasto de desastres, ya sean naturales: terremotos, tsunamis, erupciones; de origen biológico: plagas, epidemias…o bien desastres producidos por el hombre como pueden ser las guerras. En todos los casos las zonas más desfavorecidas son las que tardan más en recomponerse, donde se cobran más muertes, menos reconstrucciones y sufren mayores calamidades.
Por continentes, África, parte de Asia y algunos países de América del sur se llevan la peor parte. Muchos de sus habitantes se ven obligados a abandonar sus tierras de origen para salvar la vida, ya sea como consecuencia de conflictos bélicos, amenazas, violencia o pobreza extrema, y saltan a horizontes más lejanos confiados en alcanzar un futuro mejor, ese particular dorado con el que sueña cada uno y que, en muchas ocasiones, significa tan solo sobrevivir, llegar al día siguiente con vida y disponer de una mínima seguridad.
Hay, en cambio, situaciones tan vergonzantes que nos acercan más al comportamiento de los animales que al de los seres humanos, por ejemplo la situación de las más de cien personas que llevan a bordo del barco Open Arms dos semanas largas hacinados en la cubierta, en condiciones de extrema urgencia, arrastrando enfermedades, al albur de los países europeos que, día tras día, miran hacia otro lado para sacudirse la responsabilidad de acogerles. Son personas que huyen de la violencia y de la miseria de sus lugares de origen y se han encontrado con la decepcionante realidad de que sin llegar siquiera a puerto, la travesía es para ellos más de lo mismo, porque son considerados ciudadanos de segunda, no son provechosos y sí un problema para los gobiernos europeos que, lejos de pensar el ellos como seres humanos, lo hacen como si fueran un problema de números que hay que repartir para disminuir el conflicto.
Esta gente cuyos derechos fueron pisoteados en sus países, está a merced de unas mafias llamadas gobiernos que deberían avergonzarse de su penosa gestión ante un hecho ya conocido pero que no están dispuestos a solucionar ni por la vía diplomática, ni por la jurídica. Entre tanto, ahí están las cifras crecientes de aquellos que no pudieron ser rescatados y yacen en el mar, una enorme tumba de hombres, mujeres y niños cuyo mayor delito fue salir de su tierra para salvar la vida y murieron en ese empeño. Para ellos los gobiernos no convocan actos multitudinarios que sirvan como recuerdo de tragedias que pudieron evitarse; ni colocan placas en su memoria; solo ponen cara de compungidos en las entrevistas y se auto complacen de lo bien que gestionan sus políticas, ya que la culpa siempre será de otro.
Esta situación es bochornosa, como lo es el impedir la entrada a Europa mediante las ignominiosas vallas fronterizas, cada vez más altas e infranqueables, un eufemismo para evitar llamarlas lo que son: cercas, peor que las del ganado, porque se ahuyenta a quienes pretenden cruzar con concertinas que les cortan pies y manos con sus afiladas cuchillas. Tampoco se ha hecho nada por solucionar este problema y la desesperación motiva a quienes carecen de todo a seguir cruzando y muriendo en el empeño; al fin y al cabo hablamos de ciudadanos que no aportan nada, solo son parias, ciudadanos de segunda.
Mª Soledad Martín Turiño
No es nuevo que esta vida única puede vivirse de diferentes maneras y lo que para unos puede ser el cielo, otros lo viven como un auténtico infierno, depende en gran medida del lugar en que se haya nacido que determinará la existencia posterior; así en las zonas deprimidas o que padecen cualquier tipo de violencia sus habitantes están condenados a luchar para sobrevivir, mientras que en el llamado “primer mundo” existen oportunidades de prosperar, alcanzar una situación social aceptable, disfrutar de una cultura, ocio y bienestar con todas las opciones abiertas.
Esta enorme brecha social se hace patente a diario cuando los países pobres son pasto de desastres, ya sean naturales: terremotos, tsunamis, erupciones; de origen biológico: plagas, epidemias…o bien desastres producidos por el hombre como pueden ser las guerras. En todos los casos las zonas más desfavorecidas son las que tardan más en recomponerse, donde se cobran más muertes, menos reconstrucciones y sufren mayores calamidades.
Por continentes, África, parte de Asia y algunos países de América del sur se llevan la peor parte. Muchos de sus habitantes se ven obligados a abandonar sus tierras de origen para salvar la vida, ya sea como consecuencia de conflictos bélicos, amenazas, violencia o pobreza extrema, y saltan a horizontes más lejanos confiados en alcanzar un futuro mejor, ese particular dorado con el que sueña cada uno y que, en muchas ocasiones, significa tan solo sobrevivir, llegar al día siguiente con vida y disponer de una mínima seguridad.
Hay, en cambio, situaciones tan vergonzantes que nos acercan más al comportamiento de los animales que al de los seres humanos, por ejemplo la situación de las más de cien personas que llevan a bordo del barco Open Arms dos semanas largas hacinados en la cubierta, en condiciones de extrema urgencia, arrastrando enfermedades, al albur de los países europeos que, día tras día, miran hacia otro lado para sacudirse la responsabilidad de acogerles. Son personas que huyen de la violencia y de la miseria de sus lugares de origen y se han encontrado con la decepcionante realidad de que sin llegar siquiera a puerto, la travesía es para ellos más de lo mismo, porque son considerados ciudadanos de segunda, no son provechosos y sí un problema para los gobiernos europeos que, lejos de pensar el ellos como seres humanos, lo hacen como si fueran un problema de números que hay que repartir para disminuir el conflicto.
Esta gente cuyos derechos fueron pisoteados en sus países, está a merced de unas mafias llamadas gobiernos que deberían avergonzarse de su penosa gestión ante un hecho ya conocido pero que no están dispuestos a solucionar ni por la vía diplomática, ni por la jurídica. Entre tanto, ahí están las cifras crecientes de aquellos que no pudieron ser rescatados y yacen en el mar, una enorme tumba de hombres, mujeres y niños cuyo mayor delito fue salir de su tierra para salvar la vida y murieron en ese empeño. Para ellos los gobiernos no convocan actos multitudinarios que sirvan como recuerdo de tragedias que pudieron evitarse; ni colocan placas en su memoria; solo ponen cara de compungidos en las entrevistas y se auto complacen de lo bien que gestionan sus políticas, ya que la culpa siempre será de otro.
Esta situación es bochornosa, como lo es el impedir la entrada a Europa mediante las ignominiosas vallas fronterizas, cada vez más altas e infranqueables, un eufemismo para evitar llamarlas lo que son: cercas, peor que las del ganado, porque se ahuyenta a quienes pretenden cruzar con concertinas que les cortan pies y manos con sus afiladas cuchillas. Tampoco se ha hecho nada por solucionar este problema y la desesperación motiva a quienes carecen de todo a seguir cruzando y muriendo en el empeño; al fin y al cabo hablamos de ciudadanos que no aportan nada, solo son parias, ciudadanos de segunda.
Mª Soledad Martín Turiño
















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