ME QUEDA LA PALABRA
Zamora no necesitará más pañales
Eugenio-Jesús de Ávila
Nunca hubo tan pocos niños en Zamora. Nunca hubo tantos ancianos en esta provincia. Jamás he visto tanta tristeza, apatía, dejadez, desidia e indiferencia entre los zamoranos. Nuestra sociedad se ha entregado al pasotismo, al todo da igual, al rajoyismo y su frase lapidaria: “Lo más importante que se puede hacer por vosotros es lo que vosotros podáis hacer por vosotros”.
Que esta provincia sea la que menos nacimientos registra entre todas las españolas no me ha sorprendido. Si los jóvenes se van, si las personas que se hallan en edad de contraer matrimonio carecen de trabajo, si para formar una familia se necesita un nivel económico determinado, cómo arriesgarse traer más criaturas en una tierra que camina hacia el desierto demográfico.
La familia es la célula esencial del cuerpo social. Sin familias, la sociedad que conocemos desaparece. Para construirlas, si obviamos el amor que une a los cónyuges, se necesita de una mínima argamasa económica, que la sustente, que la proteja, que la perpetúe. El matrimonio, por la Iglesia o civil, no deja de ser un contrato económico entre los contrayentes. Si no hay dinero, la pareja elegirá quedarse sin descendencia.
En Zamora, donde pocos jóvenes trabajan y una gran mayoría se buscan la vida lejos de la provincia, el número de matrimonios desciende exponencialmente. La gente no se casa no porque haya dejado de existir el amor. Las personas no contraen matrimonio, ni viven en pareja, porque falta la savia en este árbol de la sociedad.
A una sociedad aburguesada, le corresponden atributos como la comodidad, el confort, el desahogo. Los jóvenes que nacieron en familias de clase media se acostumbraron a vivir con holgura, bienestar y placer. Esos jóvenes, cuando maduran y entran en esa edad en la que el matrimonio o convivir en pareja resultan una salida lógica, quieren mantener los mismos privilegios que disfrutaron en su niñez y adolescencia. Si no existen, porque se carece un puesto de trabajo, permanecerán en la casa paterna, aunque deseen emanciparse -¿cómo?- para mantener unos mínimos vitales: vivienda, cama y comida.
Estos estudios demográficos importan un carajo a los políticos, a los nuestros y a los otros. El político, desde que se dedica a la res pública, abre un abismo con la sociedad de la que partió. El poder convierte a la gente de izquierda en conservador, y a la de derecha, en ególatra. Resulta algo empírico. Mientras se cobran sueldos superiores a los de su profesión, diputados y senadores compiten para mantenerse en el cargo hasta que la muerte los arranque del sillón. La política ya no es sacra, más bien un divertimento, puro hedonismo, una manera de ascender de escala social, de ampliar el patrimonio personal y vivir por encima de las posibilidades del pueblo llano. Los hijos de los políticos no tienen problemas para contraer matrimonio y formar incluso una familia numerosa.
Zamora huele a nada. Zamora se convertirá en una provincia sin pañales, en una tierra que fabrique ancianos y mortajas. Todo parece dispuesto para que esta provincia recoja los residuos radiactivos de toda Europa. Zamora ya no necesitará más dodotis.
Nunca hubo tan pocos niños en Zamora. Nunca hubo tantos ancianos en esta provincia. Jamás he visto tanta tristeza, apatía, dejadez, desidia e indiferencia entre los zamoranos. Nuestra sociedad se ha entregado al pasotismo, al todo da igual, al rajoyismo y su frase lapidaria: “Lo más importante que se puede hacer por vosotros es lo que vosotros podáis hacer por vosotros”.
Que esta provincia sea la que menos nacimientos registra entre todas las españolas no me ha sorprendido. Si los jóvenes se van, si las personas que se hallan en edad de contraer matrimonio carecen de trabajo, si para formar una familia se necesita un nivel económico determinado, cómo arriesgarse traer más criaturas en una tierra que camina hacia el desierto demográfico.
La familia es la célula esencial del cuerpo social. Sin familias, la sociedad que conocemos desaparece. Para construirlas, si obviamos el amor que une a los cónyuges, se necesita de una mínima argamasa económica, que la sustente, que la proteja, que la perpetúe. El matrimonio, por la Iglesia o civil, no deja de ser un contrato económico entre los contrayentes. Si no hay dinero, la pareja elegirá quedarse sin descendencia.
En Zamora, donde pocos jóvenes trabajan y una gran mayoría se buscan la vida lejos de la provincia, el número de matrimonios desciende exponencialmente. La gente no se casa no porque haya dejado de existir el amor. Las personas no contraen matrimonio, ni viven en pareja, porque falta la savia en este árbol de la sociedad.
A una sociedad aburguesada, le corresponden atributos como la comodidad, el confort, el desahogo. Los jóvenes que nacieron en familias de clase media se acostumbraron a vivir con holgura, bienestar y placer. Esos jóvenes, cuando maduran y entran en esa edad en la que el matrimonio o convivir en pareja resultan una salida lógica, quieren mantener los mismos privilegios que disfrutaron en su niñez y adolescencia. Si no existen, porque se carece un puesto de trabajo, permanecerán en la casa paterna, aunque deseen emanciparse -¿cómo?- para mantener unos mínimos vitales: vivienda, cama y comida.
Estos estudios demográficos importan un carajo a los políticos, a los nuestros y a los otros. El político, desde que se dedica a la res pública, abre un abismo con la sociedad de la que partió. El poder convierte a la gente de izquierda en conservador, y a la de derecha, en ególatra. Resulta algo empírico. Mientras se cobran sueldos superiores a los de su profesión, diputados y senadores compiten para mantenerse en el cargo hasta que la muerte los arranque del sillón. La política ya no es sacra, más bien un divertimento, puro hedonismo, una manera de ascender de escala social, de ampliar el patrimonio personal y vivir por encima de las posibilidades del pueblo llano. Los hijos de los políticos no tienen problemas para contraer matrimonio y formar incluso una familia numerosa.
Zamora huele a nada. Zamora se convertirá en una provincia sin pañales, en una tierra que fabrique ancianos y mortajas. Todo parece dispuesto para que esta provincia recoja los residuos radiactivos de toda Europa. Zamora ya no necesitará más dodotis.
















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