NOCTURNOS
¡Qué más da si... amas!
Eugenio-Jesús de Ávila
El tiempo me lleva persiguiendo toda la vida. No se cansa nunca. Siempre a mi lado, desde la niñez a esta edad indefinible, en la salud y en la enfermedad, en la riqueza (nunca) y en la pobreza (la norma). El tiempo es testigo de cargo del amor verdadero.
Creo, no obstante, que ya se halla un poco harto de mí: me ha susurrado que ya lo di todo, que nadie me espera, que amé y nunca fui amado, si bien es verdad que esa mujer a la que adoro merecería una prórroga en mi vida; y que ya no me resta nada por escribir.
Confieso que estoy de más desde hace mucho tiempo, porque todos estos años sangré glóbulos de penas por las heridas que te provoca el vivir. A punto de irme, sostengo que no he vivido, más bien he durado; que fui un número más en el sorteo del poder; una oveja, quizá negra, del rebaño de los que mandan. Una nada que ocupa un lugar en el espacio. Polvo en el tiempo. Polvo que se acumula sobre el mueble viejo de la abuela, que nadie limpia, que se deja ahí como el primer verso que escribiste y nunca más te atreviste a releer, por vergüenza, porque fuiste un pañal y solo te espera una mortaja apolillada.
¡Qué más da si... amé! Lo demás importa poco. Apenas nada, lo que seré.
El tiempo me lleva persiguiendo toda la vida. No se cansa nunca. Siempre a mi lado, desde la niñez a esta edad indefinible, en la salud y en la enfermedad, en la riqueza (nunca) y en la pobreza (la norma). El tiempo es testigo de cargo del amor verdadero.
Creo, no obstante, que ya se halla un poco harto de mí: me ha susurrado que ya lo di todo, que nadie me espera, que amé y nunca fui amado, si bien es verdad que esa mujer a la que adoro merecería una prórroga en mi vida; y que ya no me resta nada por escribir.
Confieso que estoy de más desde hace mucho tiempo, porque todos estos años sangré glóbulos de penas por las heridas que te provoca el vivir. A punto de irme, sostengo que no he vivido, más bien he durado; que fui un número más en el sorteo del poder; una oveja, quizá negra, del rebaño de los que mandan. Una nada que ocupa un lugar en el espacio. Polvo en el tiempo. Polvo que se acumula sobre el mueble viejo de la abuela, que nadie limpia, que se deja ahí como el primer verso que escribiste y nunca más te atreviste a releer, por vergüenza, porque fuiste un pañal y solo te espera una mortaja apolillada.
¡Qué más da si... amé! Lo demás importa poco. Apenas nada, lo que seré.

















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