ZAMORANA
¿Y ahora qué?
Mª Soledad Martín Turiño
Es tiempo de tramas urdidas en la sombra, de reuniones secretas, de cónclaves ocultos, sonrisas forzadas ante cámaras y micrófonos que los periodistas enarbolan con la esperanza de obtener un titular concreto, sin tanta evasiva. Los próceres de nuestra política miden las palabras, hablan lo justo, callan demasiado y mantienen la tensión… eso sí, mientras siguen cayendo a fin de mes unos emolumentos que más de uno quisiera, máxime cuando tampoco es que se estén matando a trabajar.
El ciudadano tiene la sensación de que nos dan unas migajas que les permitan seguir pasando los días en una incertidumbre vergonzosa, a costa de un gobierno por crear, una investidura que no se ha producido, unos presupuestos que siguen en el aire, y la población cada día más harta de dimes y diretes entre los partidos políticos instaurados en un inmovilismo pertinaz con el que no vamos a ninguna parte.
Esta situación repercute a nivel nacional y ¡cómo no! también a nivel autonómico. La financiación de las comunidades autónomas no puede hacerse efectiva hasta que no se haya formado un gobierno, lo que significa que los planes de muchas comarcas españolas están en un limbo económico y con sus problemas sin resolver por culpa de esta situación. La provincia de Zamora, que es la que nos afecta a los zamoranos, es una de las más perjudicadas por cuanto es una zona pobre, deliberadamente olvidada por los políticos, a la que ni siquiera la Comunidad de Castilla y León equipara con sus hermanas, siendo la cenicienta de la Junta.
Septiembre es el mes del retorno, de la vuelta a la rutina: las tiendas reabren, los escolares retornan a sus centros educativos, los mayores al trabajo y el orden del día a día se instaura en la sociedad, pasado ya el caos veraniego. Es tiempo también de tertulias y debates en las televisiones que hacen su agosto a cuenta del escenario de desgobierno que sufre el país, de los políticos que parecen ratones asustados o aquellos otros que tienen clara su actuación y la pregonan y vociferan sin pensar en otras opciones para desbloquear este escenario estancado y persistente que nos aboca a otras elecciones y que produce un considerable hartazgo de los ciudadanos, no tanto por ejercer de nuevo su derecho en las urnas unos meses después de la última vez, sino porque los previsibles resultados tampoco solucionarán la situación a menos que cambien los dirigentes o bien sus puntos de vista, que de verdad piensen con altura de miras y saquen al país de este contexto anodino, que sirve tan solo para producir pérdidas económicas, inversiones en el aire porque las empresas necesitan una estabilidad política que no hay, falta de confianza, resentimiento entre políticos y ciudadanos y la demostración de una contumaz tozudez de aquellos que aspiran a gobernar España.
Es tiempo de tramas urdidas en la sombra, de reuniones secretas, de cónclaves ocultos, sonrisas forzadas ante cámaras y micrófonos que los periodistas enarbolan con la esperanza de obtener un titular concreto, sin tanta evasiva. Los próceres de nuestra política miden las palabras, hablan lo justo, callan demasiado y mantienen la tensión… eso sí, mientras siguen cayendo a fin de mes unos emolumentos que más de uno quisiera, máxime cuando tampoco es que se estén matando a trabajar.
El ciudadano tiene la sensación de que nos dan unas migajas que les permitan seguir pasando los días en una incertidumbre vergonzosa, a costa de un gobierno por crear, una investidura que no se ha producido, unos presupuestos que siguen en el aire, y la población cada día más harta de dimes y diretes entre los partidos políticos instaurados en un inmovilismo pertinaz con el que no vamos a ninguna parte.
Esta situación repercute a nivel nacional y ¡cómo no! también a nivel autonómico. La financiación de las comunidades autónomas no puede hacerse efectiva hasta que no se haya formado un gobierno, lo que significa que los planes de muchas comarcas españolas están en un limbo económico y con sus problemas sin resolver por culpa de esta situación. La provincia de Zamora, que es la que nos afecta a los zamoranos, es una de las más perjudicadas por cuanto es una zona pobre, deliberadamente olvidada por los políticos, a la que ni siquiera la Comunidad de Castilla y León equipara con sus hermanas, siendo la cenicienta de la Junta.
Septiembre es el mes del retorno, de la vuelta a la rutina: las tiendas reabren, los escolares retornan a sus centros educativos, los mayores al trabajo y el orden del día a día se instaura en la sociedad, pasado ya el caos veraniego. Es tiempo también de tertulias y debates en las televisiones que hacen su agosto a cuenta del escenario de desgobierno que sufre el país, de los políticos que parecen ratones asustados o aquellos otros que tienen clara su actuación y la pregonan y vociferan sin pensar en otras opciones para desbloquear este escenario estancado y persistente que nos aboca a otras elecciones y que produce un considerable hartazgo de los ciudadanos, no tanto por ejercer de nuevo su derecho en las urnas unos meses después de la última vez, sino porque los previsibles resultados tampoco solucionarán la situación a menos que cambien los dirigentes o bien sus puntos de vista, que de verdad piensen con altura de miras y saquen al país de este contexto anodino, que sirve tan solo para producir pérdidas económicas, inversiones en el aire porque las empresas necesitan una estabilidad política que no hay, falta de confianza, resentimiento entre políticos y ciudadanos y la demostración de una contumaz tozudez de aquellos que aspiran a gobernar España.















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