NOCTURNOS
Un amor que no tuvo un principio, pero sí un final
Eugenio Jesús De Ávila
Ella es muy bella. ¡Jolín, qué cosas se me ocurren vinculando palabras con la misma “fonía”! Esa mujer me parece muy hermosa. Esta dama forma parte de ese trío de féminas que más me deslumbraron la primera vez que descubrí sus espléndidos rostros. Años después, yo diría décadas, la conocí. ¿Me enamoré? No lo sé. No lo necesitaba, pero, cuando una fémina de esa categoría se te aparece en el camino de tu vida, como descendida del destino, hay que acercarse a su espacio, respirarla, olerla, dibujarla en tu mente, esculpirla con palabras, enamorarla.
Soy libre para escribir lo que me da la real gana. Ahí están mis artículos cotidianos sobre política y sociedad. Soy libérrimo, desde hace más de una década, para amar sin red, para amar hasta hacerme daño, para amar tanto que duela el alma.
Sí, lo confieso, ella pudo haber sido el ser femenino en el que eyaculara toda mi pasión. Ucronía. No lo fue ni lo será. Hay sentimientos, deseos, anhelos que nunca asen el futuro, que se quedan anclados en el puerto del pasado, olvidadas en el andén obsoleto del pretérito, que siempre es imperfecto, como el amor, como el hombre y la mujer, nacidos para amar, pero condenados a morir sin amor, solos, fríos, sin memoria ni polvo enamorado, aunque esa metáfora la crease un genio: Quevedo.
Después de haber perdido buena parte de mi vida en amores sin seso, sin poesía, sin lírica, sin talento, aprendí que, para ser feliz, que no significa otra sensación que no sufrir, hay que amar a quien está contigo, nunca a quien deseaste que permaneciera a tu vera y de la que jamás hubieses obtenido ni una tierna caricia, ni un detalle ni una hermosa palabra loando tu elegancia, tu educación e incluso ni el estado de tu físico.
Ya lo escribí: ella es muy bella. Punto final. Hay historias de amor que nunca acaban, porque jamás tuvieron un principio. Son pasiones inútiles, ni poesía, ni versos perdidos.
Ella es muy bella. ¡Jolín, qué cosas se me ocurren vinculando palabras con la misma “fonía”! Esa mujer me parece muy hermosa. Esta dama forma parte de ese trío de féminas que más me deslumbraron la primera vez que descubrí sus espléndidos rostros. Años después, yo diría décadas, la conocí. ¿Me enamoré? No lo sé. No lo necesitaba, pero, cuando una fémina de esa categoría se te aparece en el camino de tu vida, como descendida del destino, hay que acercarse a su espacio, respirarla, olerla, dibujarla en tu mente, esculpirla con palabras, enamorarla.
Soy libre para escribir lo que me da la real gana. Ahí están mis artículos cotidianos sobre política y sociedad. Soy libérrimo, desde hace más de una década, para amar sin red, para amar hasta hacerme daño, para amar tanto que duela el alma.
Sí, lo confieso, ella pudo haber sido el ser femenino en el que eyaculara toda mi pasión. Ucronía. No lo fue ni lo será. Hay sentimientos, deseos, anhelos que nunca asen el futuro, que se quedan anclados en el puerto del pasado, olvidadas en el andén obsoleto del pretérito, que siempre es imperfecto, como el amor, como el hombre y la mujer, nacidos para amar, pero condenados a morir sin amor, solos, fríos, sin memoria ni polvo enamorado, aunque esa metáfora la crease un genio: Quevedo.
Después de haber perdido buena parte de mi vida en amores sin seso, sin poesía, sin lírica, sin talento, aprendí que, para ser feliz, que no significa otra sensación que no sufrir, hay que amar a quien está contigo, nunca a quien deseaste que permaneciera a tu vera y de la que jamás hubieses obtenido ni una tierna caricia, ni un detalle ni una hermosa palabra loando tu elegancia, tu educación e incluso ni el estado de tu físico.
Ya lo escribí: ella es muy bella. Punto final. Hay historias de amor que nunca acaban, porque jamás tuvieron un principio. Son pasiones inútiles, ni poesía, ni versos perdidos.



















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