ME QUEDA LA PALABRA
Ciudadanos, Requejo e Igea, abren la puerta a la Biorrefinería
Eugenio-Jesús de Ávila
A Vicente Merino, ingeniero zamorano, hijos de padres leoneses, del rico vergel del Páramo, sureste de la provincia hermana de León, lo han venido puteando –perdón por ser tan prosaico- durante doce años más uno políticos de la Junta de Castilla y León y empresarios de medio pelo, personajes que formaron parte dela “familia”, a los que nunca interesó que una idea extraordinaria para cambiar el sector primario y el terciario en nuestra provincia y región se convirtiese en realidad.
Para que el proyecto de Magdala quebrase, estos caciques regionales, consejeros del ejecutivo autonómico y sus afines en provincia, contaron con el apoyo inequívoco de la prensa, que, salvo excepciones, como COPE y SER, trabajaron, prietas las filas, a las órdenes del poder. No se olvide el lector que este proyecto tocaría a multinacionales de la energía y de la alimentación. De hecho, el que fuera vicepresidente de la Junta con Lucas, el tal Jesús Merino, ocupó sillón en el Consejo de Administración de la Azucarera, por los que obtuvo cuantiosas primas por asistencia.
A Merino se le coaccionó: si quieres que este proyecto se ejecute, ya sabes…Los políticos cercanos al poder autonómico nunca tuvieron un rato para recibirlo y que les contara en qué consistía su idea. O tragaba o se comía su proyecto con remolacha. Doce años más uno. Un suplicio. Amenazas. Dimes y diretes. Depresiones. Ansiedad. Todo porque el ingeniero zamorano quería que su tierra, rendida, ofendida, humillada, progresase. Nada.
Y tuvo que ser un político, que fue, es y será antes empresario, el que oficiase de Cirineo. Francisco José Requejo, presidente de la Diputación, cargó con el proyecto y se lo llevó a Igea, el jefe de Ciudadanos en Castilla y León y el vicepresidente del ejecutivo autonómico. Hoy, los recibió en su despacho de Pucela. La expedición zamorana salió muy satisfecha. Algo se mueve. Todo es posible. La utopía tiene una isla, una verdad con futuro, en Barcial del Barco. Todavía es pronto para oficiar la victoria. Porque el mal siempre piensa, siempre necesita ejecutarse para vencer.
Los zamoranos, de derechas, de izquierdas o de la nada ideológica, ya podrán apreciar las diferencias que existen entre un Francisco José Requejo, simpático, abierto, liberal, y una María Teresa Martín Pozo, funcionaria, gesto seco, adusto, hosco, cuando se trata de administrar y dirigir una institución pública. Y no se trata de ser del PP o de CS, del PSOE o de IU, porque las personas, las buenas y las malas, nunca se definen por su ideología, sino más bien por su talante, talento, personalidad, elegancia y clase. Como acuñó Manuel Machado: “No se ganan, se heredan, elegancia y blasón”. Punto. He escrito. Ahora algún miembro de la famiglia me calumniará. “¡Me hacéis reír, don Gonzalo...!”. Tenorio.
A Vicente Merino, ingeniero zamorano, hijos de padres leoneses, del rico vergel del Páramo, sureste de la provincia hermana de León, lo han venido puteando –perdón por ser tan prosaico- durante doce años más uno políticos de la Junta de Castilla y León y empresarios de medio pelo, personajes que formaron parte dela “familia”, a los que nunca interesó que una idea extraordinaria para cambiar el sector primario y el terciario en nuestra provincia y región se convirtiese en realidad.
Para que el proyecto de Magdala quebrase, estos caciques regionales, consejeros del ejecutivo autonómico y sus afines en provincia, contaron con el apoyo inequívoco de la prensa, que, salvo excepciones, como COPE y SER, trabajaron, prietas las filas, a las órdenes del poder. No se olvide el lector que este proyecto tocaría a multinacionales de la energía y de la alimentación. De hecho, el que fuera vicepresidente de la Junta con Lucas, el tal Jesús Merino, ocupó sillón en el Consejo de Administración de la Azucarera, por los que obtuvo cuantiosas primas por asistencia.
A Merino se le coaccionó: si quieres que este proyecto se ejecute, ya sabes…Los políticos cercanos al poder autonómico nunca tuvieron un rato para recibirlo y que les contara en qué consistía su idea. O tragaba o se comía su proyecto con remolacha. Doce años más uno. Un suplicio. Amenazas. Dimes y diretes. Depresiones. Ansiedad. Todo porque el ingeniero zamorano quería que su tierra, rendida, ofendida, humillada, progresase. Nada.
Y tuvo que ser un político, que fue, es y será antes empresario, el que oficiase de Cirineo. Francisco José Requejo, presidente de la Diputación, cargó con el proyecto y se lo llevó a Igea, el jefe de Ciudadanos en Castilla y León y el vicepresidente del ejecutivo autonómico. Hoy, los recibió en su despacho de Pucela. La expedición zamorana salió muy satisfecha. Algo se mueve. Todo es posible. La utopía tiene una isla, una verdad con futuro, en Barcial del Barco. Todavía es pronto para oficiar la victoria. Porque el mal siempre piensa, siempre necesita ejecutarse para vencer.
Los zamoranos, de derechas, de izquierdas o de la nada ideológica, ya podrán apreciar las diferencias que existen entre un Francisco José Requejo, simpático, abierto, liberal, y una María Teresa Martín Pozo, funcionaria, gesto seco, adusto, hosco, cuando se trata de administrar y dirigir una institución pública. Y no se trata de ser del PP o de CS, del PSOE o de IU, porque las personas, las buenas y las malas, nunca se definen por su ideología, sino más bien por su talante, talento, personalidad, elegancia y clase. Como acuñó Manuel Machado: “No se ganan, se heredan, elegancia y blasón”. Punto. He escrito. Ahora algún miembro de la famiglia me calumniará. “¡Me hacéis reír, don Gonzalo...!”. Tenorio.


















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