NOCTURNOS
¿Por qué me amaron?
Eugenio-Jesús de Ávila
Cuando la luna se va de picos pardos con el búho y el silencio solo se rompe con las palabras que pronuncio para hablar con mi can Zorba, me formulo unas preguntas que me inquietan, porque no siempre hallo respuestas. Verbigracia: si yo hubiera sido mujer ¿me habría enamorado de un hombre como yo? Y no sé qué contestarme. Quizá si inquiriese esa misma cuestión a féminas que me amaron, o yo así lo asumí, me contestarían, aprendería cuáles son mis virtudes, físicas o intelectuales, para que la belleza se prendase de mí.
A esta edad que soporto, cuando ya lo has hecho todo, pero todavía necesitas amar y ser amado como es mi caso, busco saber la opinión que merezco a gente con la que me relacioné. Hoy, he elegido al mundo femenino. Otro día, escribiré sobre los de mi género.
Confieso que mi atracción por las damas no obedece solo la belleza externa, a su cuerpo, cara, senos, glúteos, piernas, que son los primeros síntomas que aparecen en el varón cuando se queda con una mujer. Detrás de unos ojos, del color que la genética decidió; a primera vista de unos pómulos y labios seductores, de unos senos desafiantes, de un cuerpo deseado y deseante, encuentro clase y elegancia, emanaciones del alma; talento e ingenio, fruto de la inteligencia, virtud que el hombre machista considera peligrosa en toda mujer, más si se presenta vinculada a la hermosura.
Quiero saber, pues, si lo escrito sobre las damas que me enamoran, también lo harían propio las féminas que de mí se prendaron. Y pregunto, de forma directa, a una de esas amantes, que fue y ya no es, a esas ucronía femenina, a ti María, a ti Rebeca, a Mercedes, a Rosa, María Isabel, Ana: ¿Qué había en mí para que me amases, me acompañases en un tramo del camino hacia la nada?
Después, si alcanzase una sentencia, formularía otra cuestión: ¿Qué defectos encontraste en mí, que errores cometí, que debería corregir como persona, si bien ya no me resta mucho tiempo para eliminar mis pecados y hacer propósito de la enmienda?
Yo, no se lo digas a nadie, sé por qué amo y amé, poco, y también conozco por qué me alejé de damas, casi diosas, que me deslumbraron en un principio, que enfriaron mi atracción después con su conducta y me defraudaron hasta expulsarlas de mi memoria.
Cuando la luna se va de picos pardos con el búho y el silencio solo se rompe con las palabras que pronuncio para hablar con mi can Zorba, me formulo unas preguntas que me inquietan, porque no siempre hallo respuestas. Verbigracia: si yo hubiera sido mujer ¿me habría enamorado de un hombre como yo? Y no sé qué contestarme. Quizá si inquiriese esa misma cuestión a féminas que me amaron, o yo así lo asumí, me contestarían, aprendería cuáles son mis virtudes, físicas o intelectuales, para que la belleza se prendase de mí.
A esta edad que soporto, cuando ya lo has hecho todo, pero todavía necesitas amar y ser amado como es mi caso, busco saber la opinión que merezco a gente con la que me relacioné. Hoy, he elegido al mundo femenino. Otro día, escribiré sobre los de mi género.
Confieso que mi atracción por las damas no obedece solo la belleza externa, a su cuerpo, cara, senos, glúteos, piernas, que son los primeros síntomas que aparecen en el varón cuando se queda con una mujer. Detrás de unos ojos, del color que la genética decidió; a primera vista de unos pómulos y labios seductores, de unos senos desafiantes, de un cuerpo deseado y deseante, encuentro clase y elegancia, emanaciones del alma; talento e ingenio, fruto de la inteligencia, virtud que el hombre machista considera peligrosa en toda mujer, más si se presenta vinculada a la hermosura.
Quiero saber, pues, si lo escrito sobre las damas que me enamoran, también lo harían propio las féminas que de mí se prendaron. Y pregunto, de forma directa, a una de esas amantes, que fue y ya no es, a esas ucronía femenina, a ti María, a ti Rebeca, a Mercedes, a Rosa, María Isabel, Ana: ¿Qué había en mí para que me amases, me acompañases en un tramo del camino hacia la nada?
Después, si alcanzase una sentencia, formularía otra cuestión: ¿Qué defectos encontraste en mí, que errores cometí, que debería corregir como persona, si bien ya no me resta mucho tiempo para eliminar mis pecados y hacer propósito de la enmienda?
Yo, no se lo digas a nadie, sé por qué amo y amé, poco, y también conozco por qué me alejé de damas, casi diosas, que me deslumbraron en un principio, que enfriaron mi atracción después con su conducta y me defraudaron hasta expulsarlas de mi memoria.



















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