LITERATURA
Ritmo, armonía e improvisación
Emilia Casas
Escribir es destilar el lenguaje hasta obtener un licor lo suficientemente fuerte como para que embriague. Es decir, para que despierte la conciencia o la adormezca, a gusto del consumidor. Una manera de observarse por dentro, de luchar contra la velocidad del mundo. Al igual que la música, para mí es uno de los grandes señuelos ante los que la atención acostumbra a sucumbir; es tremendamente fácil que el foco atencional se enganche mientras describo una escena concreta, mientras me recreo en la apreciación de la melodía y los versos que contiene, quizá en un tiroteo dentro de una tienda de licores, quizá en la persecución a un delincuente que luego resulta ser el brazo ejecutor de una ley construida, a capricho, por vete tú a saber quien o, simplemente, a ese reencuentro entre dos almas que se buscan durante toda la narración, pero nunca llegan a encontrarse. La música tiene el poder de unir, se dirige desde los sentidos hasta la razón y ambos son fuente de placer y disfrute. La interacción entre la mente creativa, el sonido sincopado y los dedos que teclean conforma, en sí misma, una envolvente experiencia.
Hoy escribo estas líneas al compás de Proyect Claudia... muevo el cuello, los pies, los dedos, los hombros ¡hasta tarareo sin darme cuenta!, al mismo son de sus notas. Después de todo, las mejores historias también nacen del ritmo, la armonía y la improvisación
Escribir es destilar el lenguaje hasta obtener un licor lo suficientemente fuerte como para que embriague. Es decir, para que despierte la conciencia o la adormezca, a gusto del consumidor. Una manera de observarse por dentro, de luchar contra la velocidad del mundo. Al igual que la música, para mí es uno de los grandes señuelos ante los que la atención acostumbra a sucumbir; es tremendamente fácil que el foco atencional se enganche mientras describo una escena concreta, mientras me recreo en la apreciación de la melodía y los versos que contiene, quizá en un tiroteo dentro de una tienda de licores, quizá en la persecución a un delincuente que luego resulta ser el brazo ejecutor de una ley construida, a capricho, por vete tú a saber quien o, simplemente, a ese reencuentro entre dos almas que se buscan durante toda la narración, pero nunca llegan a encontrarse. La música tiene el poder de unir, se dirige desde los sentidos hasta la razón y ambos son fuente de placer y disfrute. La interacción entre la mente creativa, el sonido sincopado y los dedos que teclean conforma, en sí misma, una envolvente experiencia.
Hoy escribo estas líneas al compás de Proyect Claudia... muevo el cuello, los pies, los dedos, los hombros ¡hasta tarareo sin darme cuenta!, al mismo son de sus notas. Después de todo, las mejores historias también nacen del ritmo, la armonía y la improvisación


















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