ME QUEDA LA PALABRA
Agua política sobre una España que arde
Eugenio-Jesús de Ávila
Mi intención, en este crespúsculo otoñal, se centraba en escribir sobre la revuelta burguesita catalana, la ensoñación judicial, el cachondeo de las elecciones legislativas del 10 de noviembre, describir las raíces del fascismo y el más perdurable de los totalitarismos humanos, el comunismo, el que más muertos causó en la historia de la Humanidad; de fútbol, de toros, de la democracia, del liberalismo, de Schopenhauer y Nietzsche, quizá de Pessoa, o del periodismo zamorano. Sobre la marcha, ante el lienzo, como Picasso, el genio que se definió con el célebre aserto: “Yo soy comunista”, al que respondió Dalí, otro genio, el único que su rio de Franco en su cara, “yo, tampoco”. Como el pintor malagueño, que me pille la inspiración escribiendo, algo tan difícil que todo el mundo le da por insertar palabras como magro de vaca en pinchos morunos.
Escribo, pues, que mientras la ciudad quemada vive un episodio más de incendios y fuegos en sus rúas, propio del Mediterráneo, donde San Juan se convirtió en pirómano, y Zamora amanecía manchada de ignorancia, comunismo rancio, anarquismo sin clase, por émulos de los burguesitos catalanes, para vengar de la ofensa del fascismo –no tienen ni puta idea del ideario de Mussolini-, un político zamorano, todavía joven, empresario, que no necesita el cargo para vivir, Francisco José Requejo, al que gente de su partido quiso cortar la cabeza en su momento, decidió irse hasta Portugal, acompañado del político más preparado que tuvo el PP en estas décadas de miseria intelectual, José Luis González Prada, como secretario general de la FRAH. El presidente de la Diputación no fue la ciudad hermana de Braganza –con zeta, porque escribo en español- a degustar alguno de esos platos riquísimos de bacalao, sino a trabajar, a que políticos lusos conozcan que los queremos y deseamos cooperar entre Zamora y Tras os Montes para que el dinero de Europa llegue a nuestra provincia y a su región, y no se quede en el eje Valladolid-Burgos y alrededores, donde siempre van a parar los beneficios industriales de esta no-región que es Castilla y León.
Eso, lector, es hacer política, una forma de arte: buscar y encontrar, andar detrás del futuro y hallarlo; detener la despoblación e inyectar vida; animar la economía y frenar el subdesarrollo, para que los pueblos vivan felices, los inteligentes progresen y los trabajadores se sientan satisfechos con su labor. Porque el mal que padecemos en esta nuestra Zamora se fundamenta en que los mediocres se apoderaron, ha tiempo, de los poderes político, empresarial, cultural y periodístico. Existe una monarquía de la vulgaridad, que se degrada, se deprava, tal como los Austrias españoles, de generación en generación. Los padres eran muy malos, pero los herederos conquistaron el averno.
Ese poder, mezquino, venal y vil, amordazó a la gente, le quitaron la palabra, le robaron la esperanza, le convencieron que el voto liberaba, que el político pensaba y la masa obedecía y se dejaba moldear tal y como querían partidos e instituciones, siempre al servicio de unos pocos, jamás respondiendo a los intereses de la mayoría.
España se agrieta porque nos gobiernan y administraron personajes amorales, que hicieron de la res pública su cortijo, su lupanar de promesas, de que todo era para el pueblo, de que nada se ganaba en la política. Zamora, una España en pequeñito, padeció y sufre ese mal político. Si el clima se degrada, huracanes y riadas arrancaron la ética de nuestra conciencia, para quedarnos vacíos, huecos, sin peso específico, preparados para ser absorbidos por el tsunami de la historia. No nos confundamos. No el de los pijos progres catalanoides, sino el que devorará estas generaciones de malandrines, recién salidos de las aventuras de Don Quijote.
Francisco José Requejo acabará por convertirse en un caballero andante por la Mancha zamorana. Tiempo al tiempo. Todavía hay muchos gigantes que derribar, ejércitos que derrotar y dulcineas que seducir en las comarcas de nuestra ocre tierra. Los mediocres intentarán derrotarle en cualquier playa del interior.
Mi intención, en este crespúsculo otoñal, se centraba en escribir sobre la revuelta burguesita catalana, la ensoñación judicial, el cachondeo de las elecciones legislativas del 10 de noviembre, describir las raíces del fascismo y el más perdurable de los totalitarismos humanos, el comunismo, el que más muertos causó en la historia de la Humanidad; de fútbol, de toros, de la democracia, del liberalismo, de Schopenhauer y Nietzsche, quizá de Pessoa, o del periodismo zamorano. Sobre la marcha, ante el lienzo, como Picasso, el genio que se definió con el célebre aserto: “Yo soy comunista”, al que respondió Dalí, otro genio, el único que su rio de Franco en su cara, “yo, tampoco”. Como el pintor malagueño, que me pille la inspiración escribiendo, algo tan difícil que todo el mundo le da por insertar palabras como magro de vaca en pinchos morunos.
Escribo, pues, que mientras la ciudad quemada vive un episodio más de incendios y fuegos en sus rúas, propio del Mediterráneo, donde San Juan se convirtió en pirómano, y Zamora amanecía manchada de ignorancia, comunismo rancio, anarquismo sin clase, por émulos de los burguesitos catalanes, para vengar de la ofensa del fascismo –no tienen ni puta idea del ideario de Mussolini-, un político zamorano, todavía joven, empresario, que no necesita el cargo para vivir, Francisco José Requejo, al que gente de su partido quiso cortar la cabeza en su momento, decidió irse hasta Portugal, acompañado del político más preparado que tuvo el PP en estas décadas de miseria intelectual, José Luis González Prada, como secretario general de la FRAH. El presidente de la Diputación no fue la ciudad hermana de Braganza –con zeta, porque escribo en español- a degustar alguno de esos platos riquísimos de bacalao, sino a trabajar, a que políticos lusos conozcan que los queremos y deseamos cooperar entre Zamora y Tras os Montes para que el dinero de Europa llegue a nuestra provincia y a su región, y no se quede en el eje Valladolid-Burgos y alrededores, donde siempre van a parar los beneficios industriales de esta no-región que es Castilla y León.
Eso, lector, es hacer política, una forma de arte: buscar y encontrar, andar detrás del futuro y hallarlo; detener la despoblación e inyectar vida; animar la economía y frenar el subdesarrollo, para que los pueblos vivan felices, los inteligentes progresen y los trabajadores se sientan satisfechos con su labor. Porque el mal que padecemos en esta nuestra Zamora se fundamenta en que los mediocres se apoderaron, ha tiempo, de los poderes político, empresarial, cultural y periodístico. Existe una monarquía de la vulgaridad, que se degrada, se deprava, tal como los Austrias españoles, de generación en generación. Los padres eran muy malos, pero los herederos conquistaron el averno.
Ese poder, mezquino, venal y vil, amordazó a la gente, le quitaron la palabra, le robaron la esperanza, le convencieron que el voto liberaba, que el político pensaba y la masa obedecía y se dejaba moldear tal y como querían partidos e instituciones, siempre al servicio de unos pocos, jamás respondiendo a los intereses de la mayoría.
España se agrieta porque nos gobiernan y administraron personajes amorales, que hicieron de la res pública su cortijo, su lupanar de promesas, de que todo era para el pueblo, de que nada se ganaba en la política. Zamora, una España en pequeñito, padeció y sufre ese mal político. Si el clima se degrada, huracanes y riadas arrancaron la ética de nuestra conciencia, para quedarnos vacíos, huecos, sin peso específico, preparados para ser absorbidos por el tsunami de la historia. No nos confundamos. No el de los pijos progres catalanoides, sino el que devorará estas generaciones de malandrines, recién salidos de las aventuras de Don Quijote.
Francisco José Requejo acabará por convertirse en un caballero andante por la Mancha zamorana. Tiempo al tiempo. Todavía hay muchos gigantes que derribar, ejércitos que derrotar y dulcineas que seducir en las comarcas de nuestra ocre tierra. Los mediocres intentarán derrotarle en cualquier playa del interior.



















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