NOCTURNOS
Ella me huele a raíz de lirio
Eugenio-Jesús de Ávila
![[Img #30562]](http://eldiadezamora.es/upload/images/10_2019/772_cho.jpg)
María me mira con sus ojos azules, mismo tono que un mediodía de estío; con los verdes, como las hojas unas lluvias antes de llegar el otoño; con su mirada negra, como una piedra preciosa ágata azabache; o castaña, como la primera miel de la abeja virgen. Todas sus miradas me esculpen. Siento que me dan forma, que extraen el mármol frío de mi alma para construir un hombre libre de machismo, un hombre que convierta cada palabra en un jazmín, cada oración en un parterre, hasta que la prosa sea un jardín.
¿Tú no sabes acaso quién es María, la dama que me inspira? Ella, tampoco. Yo lo sé ahora. Quizá mañana me olvide de su mirada, de sus senos bizantinos, de sus piernas como columnas jónicas, de su ombligo, un cráter stromboliano, de sus ingles simétricas, de su pubis prohibido, como el árbol del bien y del mal de Eva, mi sequoia del hedonismo. En verdad, la adoro cuando la noche me viene a buscar para que yazca en el lecho y eyacule lunas de nata y azúcar.
Después, al alba, mientras un pardal trina en el balaustre de mi balcón, pudiera ser el olvido me borre a María de mi memoria. Y, cuando vuelva a verla, ya no sea ella, y se haya transformado en otra.
Pero yo amaré siempre a esa misma mujer. La amo desde antes de nacer. La adoré cuando no la conocía. La pensé en un sueño y la encontré a la vuelta de una esquina, allá donde la ciudad del alma desprende aroma a perfume de ámbar, raíz de lirio, vainilla y cedro.
![[Img #30562]](http://eldiadezamora.es/upload/images/10_2019/772_cho.jpg)
María me mira con sus ojos azules, mismo tono que un mediodía de estío; con los verdes, como las hojas unas lluvias antes de llegar el otoño; con su mirada negra, como una piedra preciosa ágata azabache; o castaña, como la primera miel de la abeja virgen. Todas sus miradas me esculpen. Siento que me dan forma, que extraen el mármol frío de mi alma para construir un hombre libre de machismo, un hombre que convierta cada palabra en un jazmín, cada oración en un parterre, hasta que la prosa sea un jardín.
¿Tú no sabes acaso quién es María, la dama que me inspira? Ella, tampoco. Yo lo sé ahora. Quizá mañana me olvide de su mirada, de sus senos bizantinos, de sus piernas como columnas jónicas, de su ombligo, un cráter stromboliano, de sus ingles simétricas, de su pubis prohibido, como el árbol del bien y del mal de Eva, mi sequoia del hedonismo. En verdad, la adoro cuando la noche me viene a buscar para que yazca en el lecho y eyacule lunas de nata y azúcar.
Después, al alba, mientras un pardal trina en el balaustre de mi balcón, pudiera ser el olvido me borre a María de mi memoria. Y, cuando vuelva a verla, ya no sea ella, y se haya transformado en otra.
Pero yo amaré siempre a esa misma mujer. La amo desde antes de nacer. La adoré cuando no la conocía. La pensé en un sueño y la encontré a la vuelta de una esquina, allá donde la ciudad del alma desprende aroma a perfume de ámbar, raíz de lirio, vainilla y cedro.



















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