Eugenio de Ávila
Domingo, 20 de Octubre de 2019
ME QUEDA LA PALABRA

Esto es historia, no periodismo

Eugenio-Jesús de Ávila

[Img #30655]Ni el proletariado ni sus hijos han tomado el centro de Barcelona para destruir el bien público. Se trata de larvas de la pequeña burguesía catalana, supongo que habrá también hijos de charnego, que quieren hacerse perdonar porque sus padres nacieron en Murcia o alguna provincia andaluza, que exigen la independencia de una de las regiones más ricas de España y la más favorecida desde la Restauración canovista hasta este 2019, con énfasis cariñoso en el franquismo.

Cretinos izquierdistas, fascistas de la siniestra –no debe olvidarse que Mussolini perteneció al PSI y que dejó este partido porque se había aburguesado- también la han querido liar hasta en nuestra silente ciudad, con pintadas que definen su capacidad intelectual, su cultura histórica, su conocimiento de la ciencia Política y de la filosofía. Estos malandrines comunistas o anarquistas -¡qué saben ellos ni lo que son!- nacieron, crecieron y se han educado en la España democrática, en quiebra moral, que siempre precede a la política y económica. No se les puede pedir nada más que actitudes violentas, destructivas y nihilistas.

Hay otro sector, el de los progres, los que escriben, verbigracia, Girona o A Coruña, cuando lo hacen en español, que avalan la equidistancia entre los que son violentos y los que exigimos que se cumpla la ley; nos atacan porque somos nacionalistas españoles, pero comprenden a los que son nacionalistas, y separatistas, catalanes, vascos o gallegos. Se equivocan. Mucha gente, como un servidor, nos definimos como patriotas, personas, hombres o mujeres, que aman la tierra en la que nacieron, pero nunca se creen superiores física e intelectualmente a otra gente que vio la luz primera en otras naciones, ya europeas, bien africanas, americanas, australianas o asiáticas.

El nacionalista se cree superior a otros seres humanos nacidos en otro país. Por haber nacido en Cataluña o País Vasco pertenecen a una raza mejor dotada física y mentalmente. Por lo tanto, los que no son sus paisanos, se contemplan como hombres y mujeres inferiores: andaluces, castellanos, leoneses, murcianos, extremeños, mano de obra explotada por los padres de los que ahora quieren la secesión. Un nacionalista es, en esencia, un racista, que desprecia, y de ahí al odio existe un corto camino, a los ciudadanos de otras naciones, de otras tierras.

Pero hete aquí que las izquierdas radicales españolas –perdóneseme por definirlas con esta denominación de origen- apoyan y se manifiestan a favor de los nacionalistas catalanes ahora cuando esa región rica busca la secesión por vías violentas, como también mantuvieron, en su día y durante décadas, una enorme admiración y simpatía por los asesinos de ETA. No olvidemos que Otegui, asesino y secuestrador etarra, fue recibido como un héroe, en loor de multitud por los militantes de ERC y otros grupos independentistas catalanes.

Los españoles que no  nacieron en Cataluña, y que ahora se hermanan con los hijos de la pequeña burguesía de aquella región en su lucha por la independencia, forman parte de las excrecencias del sistema, de la democracia de 1977. Se trataría de niñatos que fueron incapaces de concluir estudios universitarios, e intuyo que ni de Bachiller, desechos de familias acomodadas, aislados en una sociedad que impone y exige una preparación superior para percibir sueldos dignos. Perdidos en la insignificancia social, proyectan toda su impotencia, su rabia por no ser nada, hacia ese enemigo monstruoso al que definen como capitalismo, una forma de producción que trajo la democracia, el estado de bienestar, el mayor avance de la Humanidad. El comunismo, al que se acogen, al que adoran, solo produjo dictaduras tan brutales como la soviética y la china, causantes de las mayores hambrunas, genocidios, persecuciones conocidas en el fenecido siglo XX. Estos malandrines quieren una sociedad hormiguero, enjambre, monocolor, silente. No quieren votar. Romperían las urnas. Acabarían con la libertad de prensa, la libertad de opinión, la libertad de manifestación, de viajar, de elegir, con la propiedad privada. Como buenos totalitarios, apuestan por un Estado enorme, como Mussolini: “Todo en el Estado, nada contra el Estado, nada fuera del Estado”. La diferencia, sutil, con el comunismo, con lo que se identifican los que ahora apoyan a los secesionistas catalanes, se establecería en que el fascismo halla el enemigo fuera de su nación, mientras para los leninistas y estalinistas el enemigo es interior. De ahí, las purgas intermitentes, pero constantes, en la URSS (Procesos de Moscú 1936-1939) o la de la Revolución Cultura china en 1966. En ambos casos, las víctimas formaban parte de los respectivos partidos comunistas.

Insisto en que el proceso catalán no tiene nada de obrero, ni que ver, en absoluto, con la libertad y el progreso de las clases populares. Pero los bolcheviques del siglo XXI, hijos de la burguesía económica e intelectual, como sus abuelos soviéticos, necesitan guerras civiles para imponerse, para alcanzar el poder. Es historia. No periodismo.   

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