ELECCIONES GENERALES 2019
Las campañas electorales aburren, pero sirven para perpetuar el engaño
Los programas de los partidos nunca se cumplen, pero alimentan a la masa, crédula y estabulada, sin capacidad para discernir la verdad de la mentira.
Hubo un tiempo, cuando era un joven cándido, en el que las campañas electorales me divertían. Cuando alcancé cierta madurez, ese periodo de estruendo político me condujo al aburrimiento y el tedio, y ahora me río en silencio de tanta farsa, desvergüenza, insolencia y caradura de candidatos y “arropadores”.
La derecha, meliflua, cursi, pusilánime, critica a eso que se dice de izquierdas, con temor, como si censurar al PSOE y Unidas Podemos se castigase con la excomunión. El PP pide el voto con miedo, como si no fuera a cumplir lo que forma parte de su programa electoral. Si examinamos su mercancía política jamás la situaríamos en lo que define a una formación conservadora. Ni mucho menos. Los populares proponen, en esencia, medidas socialdemócratas. No queda nada de liberalismo en este PP de Casado. Quizá la bajada de impuestos, pero esa disposición, que tiene mucho de falacia, porque así nos lo demuestran los hechos: Rajoy y su ministro de Hacienda, Montoro, masacraron a las clases medias, pequeños empresarios y autónomos con políticas fiscales confiscatorias. Esos sucesos ocurrieron antes de los semigobiernos de Pedro Sánchez.
Vox, que no es partido fascista, aunque a la izquierda guste definirlo de esa guisa, para que el español poco informado coja miedo, porque las ideas liberales son la antítesis de todo proyecto fascista, más parecido a los totalitarios, por su deificación del Estado, sí es la derecha verdadera. Los líderes de esta formación política van de cara, no se andan con chiquitas: atacan a los secesionistas, a la izquierda marxista, al PSOE por su pasado golpista (agosto de 1917 y octubre de 1934),y a los partidos antiespañoles. No engaña a nadie Abascal. Vox sube en las encuestas porque ha sido para el PP, lo que Podemos fue para el PSOE, una forma de quitar poder, votos, a las formaciones que se consideraron dueñas de la derecha y de la izquierda. Soraya Sáenz de Santamaría potenció a Pablo Iglesias, a través de las cadenas de televisión que dominaba, para reducir el potencial del PSOE, en un momento de debilidad del socialismo, tras la locura del zapaterismo, origen de la quiebra nacional, de la crisis política y social catalana. Ahora, los consejeros áulicos de Sánchez imitan al sorayismo, alimentando a Vox, con el objetivo de que reste potencia electoral al PP. No hay nada firmado entre Sánchez y Abascal. Pero la política también se ejecuta con sutilidad.
Escribí que el programa electoral parece más propio de un partido socialdemócrata que de un liberal. Y me reafirmo. Pues el del PSOE digo que recoge de todo: toques de socialismo real, socialdemocracia, algún guiño liberal y populismo. Los socialistas saben que hay proyectos utópicos, pero queda bien. El pueblo metaboliza mejor la mentira que la verdad.
PP y PSOE no cambian de mensajes. Aburren. Podemos y Ciudadanos, que irrumpieron en la res pública haciendo sonar gaitas y castañuelas de fiesta democrática, se han contagiado del tedio de la política. Los de Iglesias son la izquierda real, a veces bolchevique, otra ácrata, lo cual resultaría un oxímoron: marxista anarquista. Todo en Iglesias en márketing y comunicación. Lo vende todo: desde la ropa que utiliza, hasta su célebre coleta. Gran intérprete, excelente actor. Hay gente que se lo cree. Él también cree lo que dice de tanto repetirlo. Pensé que sería el Prometeo de la democracia. Cuando se hizo propietario, me descolocó.
Ciudadanos nació para ser cuña que impidiese los chantajes de los partidos secesionistas y racistas de Cataluña y País Vasco. Después, desde una socialdemocracia tipo laborismo inglés, nunca marxista, recogieron cosechas del anquilosado y conservador PSOE. Cuando el rajoyismo cayó, víctima de corrupciones y cobardía, Rivera pensó que podría hacerse con una buena parte de los votantes de la derecha clásica, más el centro y parte de la izquierda moderada. Estuvo a punto de lograr su propósito, pero el PP, herido, pero no muerto, le ganó por la mano. Ahora las encuestas colocan a la formación naranja en el vagón de cola de este tren que amenaza descarrilar, el de la democracia española.
Corolario: Las campañas electorales me aburren, desmoralizan, me enojan. No creo nada de lo que dicen los líderes políticos, ni los vicarios y papagayos de provincias, ávidos de hacerse con puestos en el Congreso de los Diputados y Senado. No nos representan. Son los correveidiles de los jerarcas de las grandes formaciones políticas, que cobrarán sueldos muy superiores a los de sus respectivas categorías profesionales y disfrutarán de privilegios y prebendas inaccesibles para el ciudadano común. España está en quiebra política y moral. Zamora se aproxima al desierto demográfico y la miseria económica. No pasa nada. Las campañas electorales se desarrollan para que el personal se crea que esto es una democracia de calidad, superior, justa y libre.
Hubo un tiempo, cuando era un joven cándido, en el que las campañas electorales me divertían. Cuando alcancé cierta madurez, ese periodo de estruendo político me condujo al aburrimiento y el tedio, y ahora me río en silencio de tanta farsa, desvergüenza, insolencia y caradura de candidatos y “arropadores”.
La derecha, meliflua, cursi, pusilánime, critica a eso que se dice de izquierdas, con temor, como si censurar al PSOE y Unidas Podemos se castigase con la excomunión. El PP pide el voto con miedo, como si no fuera a cumplir lo que forma parte de su programa electoral. Si examinamos su mercancía política jamás la situaríamos en lo que define a una formación conservadora. Ni mucho menos. Los populares proponen, en esencia, medidas socialdemócratas. No queda nada de liberalismo en este PP de Casado. Quizá la bajada de impuestos, pero esa disposición, que tiene mucho de falacia, porque así nos lo demuestran los hechos: Rajoy y su ministro de Hacienda, Montoro, masacraron a las clases medias, pequeños empresarios y autónomos con políticas fiscales confiscatorias. Esos sucesos ocurrieron antes de los semigobiernos de Pedro Sánchez.
Vox, que no es partido fascista, aunque a la izquierda guste definirlo de esa guisa, para que el español poco informado coja miedo, porque las ideas liberales son la antítesis de todo proyecto fascista, más parecido a los totalitarios, por su deificación del Estado, sí es la derecha verdadera. Los líderes de esta formación política van de cara, no se andan con chiquitas: atacan a los secesionistas, a la izquierda marxista, al PSOE por su pasado golpista (agosto de 1917 y octubre de 1934),y a los partidos antiespañoles. No engaña a nadie Abascal. Vox sube en las encuestas porque ha sido para el PP, lo que Podemos fue para el PSOE, una forma de quitar poder, votos, a las formaciones que se consideraron dueñas de la derecha y de la izquierda. Soraya Sáenz de Santamaría potenció a Pablo Iglesias, a través de las cadenas de televisión que dominaba, para reducir el potencial del PSOE, en un momento de debilidad del socialismo, tras la locura del zapaterismo, origen de la quiebra nacional, de la crisis política y social catalana. Ahora, los consejeros áulicos de Sánchez imitan al sorayismo, alimentando a Vox, con el objetivo de que reste potencia electoral al PP. No hay nada firmado entre Sánchez y Abascal. Pero la política también se ejecuta con sutilidad.
Escribí que el programa electoral parece más propio de un partido socialdemócrata que de un liberal. Y me reafirmo. Pues el del PSOE digo que recoge de todo: toques de socialismo real, socialdemocracia, algún guiño liberal y populismo. Los socialistas saben que hay proyectos utópicos, pero queda bien. El pueblo metaboliza mejor la mentira que la verdad.
PP y PSOE no cambian de mensajes. Aburren. Podemos y Ciudadanos, que irrumpieron en la res pública haciendo sonar gaitas y castañuelas de fiesta democrática, se han contagiado del tedio de la política. Los de Iglesias son la izquierda real, a veces bolchevique, otra ácrata, lo cual resultaría un oxímoron: marxista anarquista. Todo en Iglesias en márketing y comunicación. Lo vende todo: desde la ropa que utiliza, hasta su célebre coleta. Gran intérprete, excelente actor. Hay gente que se lo cree. Él también cree lo que dice de tanto repetirlo. Pensé que sería el Prometeo de la democracia. Cuando se hizo propietario, me descolocó.
Ciudadanos nació para ser cuña que impidiese los chantajes de los partidos secesionistas y racistas de Cataluña y País Vasco. Después, desde una socialdemocracia tipo laborismo inglés, nunca marxista, recogieron cosechas del anquilosado y conservador PSOE. Cuando el rajoyismo cayó, víctima de corrupciones y cobardía, Rivera pensó que podría hacerse con una buena parte de los votantes de la derecha clásica, más el centro y parte de la izquierda moderada. Estuvo a punto de lograr su propósito, pero el PP, herido, pero no muerto, le ganó por la mano. Ahora las encuestas colocan a la formación naranja en el vagón de cola de este tren que amenaza descarrilar, el de la democracia española.
Corolario: Las campañas electorales me aburren, desmoralizan, me enojan. No creo nada de lo que dicen los líderes políticos, ni los vicarios y papagayos de provincias, ávidos de hacerse con puestos en el Congreso de los Diputados y Senado. No nos representan. Son los correveidiles de los jerarcas de las grandes formaciones políticas, que cobrarán sueldos muy superiores a los de sus respectivas categorías profesionales y disfrutarán de privilegios y prebendas inaccesibles para el ciudadano común. España está en quiebra política y moral. Zamora se aproxima al desierto demográfico y la miseria económica. No pasa nada. Las campañas electorales se desarrollan para que el personal se crea que esto es una democracia de calidad, superior, justa y libre.

















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