Gonzalo Julián
Lunes, 04 de Noviembre de 2019
MEMORIA

Recuerdos

[Img #31142]Gonzalo Julián

Tal vez sea una “ridícula idea” pero, (si nuestro director lo considera oportuno y ustedes, lectores, no se oponen),  empezamos con el presente escrito una serie que: NO tendrá periodicidad, NO acometerá temática alguna en exclusiva, NI deberá entenderse, en su caso, como ataque o menosprecio de nada ni nadie. Me impulsa simplemente,  al comenzar una nueva etapa de las que la vida nos tiene reservadas…la necesidad, tal vez la obligación, de “repasar y ordenar” mis  RECUERDOS, mientras estos puedan “estar y seguir existiendo” en mi mente. Y he pensado que escribirlos y, en su caso, publicarlos y compartirlos, pueda ser una buena idea…tal vez la única forma de  conseguirlo.

1 “Los primeros”

            La memoria me llega bastante lejos…aunque sean (ya) pocas las cosas, los acontecimientos que están en ella de aquellos primeros momentos.

            Tal vez el primero sea la buchina de la casa del pueblo en la que vivíamos, (ya por poco tiempo),  en la que mis abuelos acopiaban el agua sacada desde el pozo contiguo, mediante una noria: artilugio de origen romano por el cual una burra o una mula, giraba sin cesar en torno al mismo, obteniendo el agua desde lo más profundo mediante unas cazoletas,  y depositándola en una pequeña conducción que la llevaba hasta la ya mencionada buchina. Mi primer recuerdo es en aquel lugar, seguramente a la sombra de un nogal, con una pequeña vara golpeando el agua remansada, incentivado, constante e incesantemente, por mi abuelo, quien de seguro comprendía el placer que ello me suponía, y que a mí se me  ocultó hasta bastantes años después, cuando lo entendí y ubiqué en “mi primer recuerdo”.

            De aquellos  momentos solo mantengo un concepto de satisfacción y felicidad, seguramente propia de un niño de pocos años, tan desconocida, entonces,  y nunca recuperada en las épocas venideras…

            Unos años pocos después, pero con los mismos “actores”: mi abuelo, nuestro pueblo y yo…más, en aquella ocasión, “su moto”.  Ir en moto, en su moto, era de las cosas que más me gustaba entonces… (Bueno, y hoy).

            Mis padres ya habían fijado nuestra residencia en la capital, en Zamora,  pero los abuelos, paternos y maternos,  mantenían las suyas en sendos pueblos separados entre sí, apenas cinco kilómetros, y ambos de la capital, menos de diez.

            A uno de mis abuelos, Feliciano, quien nunca pudo tener carnet de conducir, siempre le gustaron las motos. Y con ellas, a diferencia de los coches, con quienes nunca lo intentó,  se consideraba “eximido” del permiso para conducirlas. Llegado este punto, hemos   de decir para quien lo precise, que en al comienzo de la década de los 60 del siglo pasado, una moto era, por ejemplo, una Guzzi de unos 75 cc (supongo), de un color rojo-oscuro precioso, con sus águilas dibujadas en los costados, sus asientos con suspensión de muelles vistos y, sobre todo, su cambio de marchas manual, desde uno de los costados del depósito de combustible. Era preciosa y yo era, aún, el muchacho más feliz del mundo cuando, mi abuelo,  aparecía por mi nueva casa de la capital, a última hora de la mañana,  y me llevaba a Roales a:  comer con ellos… dormir la siesta… recorrer la huerta, como ya he dicho… y, a última hora, antes de que el tardío sol de verano se pusiese, iniciábamos el camino de vuelta, viendo pasar el paisaje y el tiempo, a una velocidad perfectamente adaptada a los tres: la moto, mi abuelo y yo.

            En uno de esos viajes de vuelta, a las afueras del pueblo, alguien paró a mi abuelo para informarle de que “la Guardia” estaba en el Puesto de Peones Camineros, unos metros más adelante, a la vuelta de la curva. Con una naturalidad que yo no llegaba a comprender en aquel momento, me mandó bajar, depositando la moto a la sombra de un árbol. Con esa misma naturalidad, comenzamos a caminar en la misma dirección que llevábamos unos minutos antes, yo cogido de su mano.

            Enseguida se hizo reconocible la figura de “la Guardia”: una pareja de la Guardia Civil, con sus cascos blancos (eran los únicos que utilizaban, por aquel entonces, casco a diario), sus gafas montadas sobre ellos y, a su lado, a la sombra del Puesto, sus motos: las Sanglas de la Guardia Civil eran las únicas motos que eran mejores que cualquier otra. ¡Eran preciosas, también!

            Yo no sabía por qué… pero caminaba “como si tal cosa”,  igual que mi abuelo. Cuando llegamos a su altura, la conversación pudo ser como esta:

A las buenas tardes.

Buenas tardes.

¿Qué les trae por aquí?

Pues ya ven: paseando con el nieto.

Pues está la tarde para ello.

Pues yo también lo creo… y ustedes, ¿tienen para mucho?...

Pues ya ve: el servicio es hasta que se ponga el sol…

Pues queden con Dios…

Nunca supe cómo avisaron a mis padres, pero  esa noche dormí en el pueblo. Lo único que apeaba a mi abuelo de la moto era la noche…y “la Guardia”…

Comentarios Comentar esta noticia
Comentar esta noticia

Normas de participación

Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.

Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.

La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad

Normas de Participación

Política de privacidad

Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.112

Todavía no hay comentarios

Quizás también te interese...

Con tu cuenta registrada

Escribe tu correo y te enviaremos un enlace para que escribas una nueva contraseña.