Eugenio de Ávila
Martes, 05 de Noviembre de 2019
ELECCIONES

El debate, una farsa política

[Img #31178]Me gusta la comedia. Anoche asistí a una representación de una farsa política. Cinco actores. Uno de ellos, todavía tierno. Se le notó carencia de tablas. Otro, genial, tanto que se cree lo que dice.  Se llama Pablo Iglesias. Vive como un burgués. Aspirar a representar al proletariado, al obrero que trabaja y al que se halla en el paro; a los militares de baja graduación, a las viudas, a las mujeres indefensas, a los ilegales. A todos. Santo laico. Teresa de Calcuta, pero con testículos.

Después, hay dos que se parecen mucho físicamente. Representan al prototipo de joven maduro, con buena imagen, que vive bien, sin problemas económicos. No lo hacen mal, pero eal catalán, Albert Rivera, híper actúa, se excede, exagera. El castellano me parece más comedido, porque sustituye a un cómico veterano, aburrido y que se equivocó de rol. Los actores gallegos nunca se sabe si te harán reír o llorar.

Pero, en esa comedia bufa de la política española, que ha llegado a una de sus peores épocas, destaca un genio de la escena, un hombre que no mira a sus compañeros, que los desprecia, un ególatra. Capaz de interpretar cualquier papel: de galán, el que mejor le va; de hombre bueno, de simpático, de patriarca, de víctima. Un actor clásico. Mi madre, siendo niño, me dijo que nunca me fiase de las personas que no te miran a los ojos. Y las mamás, como la de Forrest Gump -la vida es una caja de bombones- rara vez se equivocan.

A decir verdad, me aburrieron estos actores políticos. Bostecé unas cuentas veces.  El nuevo estuvo parco, en su sitio. Pero a los otros cuatro ya los conozco. Y no me los creo. Temo que tampoco ellos se creen el papel que interpretan. Sucede que, en el patio de butacas, el público aplaude, diga lo que diga, aunque se olvide la frase, se quede en blanco, a su actor favorito, y patea y vocifera al cómico que le cae mal. Y, además, asiste siempre a la función de las urnas, una tras otra, aunque se la sepa de memoria.

Sostengo que políticos como Azaña, Besteiro, Gil Robles, por citar a tres grandes de la II República, serían ahora abucheados si tuvieran que representar la tragedia de España sobre el escenario de la patria. Más preparados, mejor dotados intelectualmente, más directos, más pueblo, la gente no se los creería. Porque el ciudadano español de este 2019, digiere mejor la mentira que la verdad. ¡Cuánto mejor se miente, más se lo cree el personal!

Aquí, en Zamora, ni la tele local, que recibe cuantiosas sumas de la Junta de Castilla y León, hasta el punto de convertirse en una televisión privada, que se mantiene con dinero público, no ha propuesto, que yo sepa, un debate entre los candidatos por nuestra provincia de los partidos nacionales. Me encantaría un enfrentamiento dialéctico entre Mayte Martín Pozo, número 3 del PP al Senado, con José Bartolome, número 1 al Congreso de los Diputados. O de Martínez-Maíllo con Antidio, o de todos contra todos. Sería divertido, si Zamora no viviese con respiración asistida y un corazón artificial.

Un español inteligente –si lo fuera quizá no se hubiera pasado tantas horas ante el televisor-, después del debate de anoche, se habría cargado de razones para abstenerse. Pero esta nación tiene dos problemas: los medios de comunicación desinforman, porque viven de las instituciones públicas, y aquí hay muchos españoles, más que franceses y rusos, por poner dos ejemplos. Tenemos, quizá, los políticos que nos merecemos. Una España en quiebra moral que ofrece síntomas de una grave enfermedad económica. Los doctores de la política dejarán morir a la nación más vieja de Europa. Estos políticos son pueblo. 

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