Eugenio de Ávila
Jueves, 21 de Noviembre de 2019
ME QUEDA LA PALABRA

Política y políticos y nuestro carácter, causas de la decadencia de Zamora

Aquellos zamoranos a los que les duele, como a mí, su ciudad, su tierra, su Zamora, deben dar un paso al frente

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Me duele Zamora, que es algo más que una ciudad, la que me vio nacer, crecer, amar y quizá morir. No lo sé. Los hombres no sabemos nada, ni tan si quiera cuando nos vienen a buscar las parcas. Zamora, digo, somos los zamoranos, los que vivimos aquí, trabajadores, autónomos, empresarios, jubilados, jóvenes, niños.

Me duele mi ciudad, pero ese dolor no se refleja en los sillares de las iglesias románicas, ni en la muralla medieval, ni en las calles que paseo, ni las rúas donde besé a una mujer. La pen, que pesa en mis párpados, en esa sonrisa que apenas esbozo, porque ni me place, ni me sale, libérrima, de los adentros, me aprieta el alma cuando atravieso por San Torcuato, todos los días,  y contemplo más de una veintena de locales cerrados, tiendas que, en su momento, abrieron la puerta de la esperanza a personas que soñaron con ganarse la vida con el comercio textil, calzados, droguerías, perfumerías, relojerías. Se trata de una tristeza que hiere, que lija la parte externa del alma. ¡Qué hacer después de tener que cerrar un negocio! ¡De qué vivir! Esa es la Zamora que me carcome, las de los hombres y mujeres que no tienen un trabajo, que perdieron toda esperanza, que viven por inercia, como sin ganas. La de los jubilados y viudas que perciben salarios de subsistencia. La de los jóvenes que se van un día, al alba, con su hatillo de ilusiones, preguntándose por qué fue imposible trabajar en la ciudad de su nacencia.

El sistema cambia tu vida. Las decisiones políticas la transforman. Los políticos las ejecutan. A Zamora, a miles de hombres y mujeres, gobiernos centrales y senadores y diputados nacionales, que decían representar al pueblo, la castraron, desahuciaron, vaciaron. Sí. Nadie, menos el PSOE, mire de reojo el estado del sector primario en nuestra provincia, porque agricultura y ganadería sufrieron una reconversión silente, pero aún más esencial, que la del sector secundario, el industrial. Hombre a hombre, el campo zamorano se vació, se quedó yermo. Me temo que ya es demasiado tarde para detener el imparable avance del desierto demográfico.

Contribuyó a nuestra decadencia, no solo el caciquismo y la política, siempre hermanados, sino también nuestra apatía antropológica, una forma de ser que lo tolera todo, que le da igual so que arre, que vivió la dictadura tan campante, que recibió la democracia sin alharacas, que ha ido padeciendo  gobiernos socialistas y populares con el mis rictus, si exceptuamos a los hinchas de ambos partidos. Y ahora, que contempla como Zamora se convierte en necrópolis, en una ciudad- pretérito, en una ciudad de muertos vivos, el zamorano corriente sigue impertérrito,   inconmovible, impasible el ademán. Parece como si no circulara sangre por sus venas, como si el corazón colectivo de la ciudad no latiese, se hallase necrosado. Aquí la gente vive sin darse cuenta, y se muere sin haber vivido. Es un fenómeno muy extraño, tanto como que Zamora hizo hijos adoptivos a golfos, persiguió a los honrados, que tomaron el camino hacia otras ciudades y autonomías, y recibió a jetas como si Roma a sus césares.

En mis últimos artículos, después de las elecciones del 10 de noviembre, y también ha tiempo, pedí a los zamoranos a los que le duele su tierra, los guijarros de sus ríos, los campos sin cultivas, las iglesias vacías, los políticos serviles, los siervos de las grandes formaciones política, que Zamora necesita un partido propio, interclasista, que se convierte en el ariete que abra las puertas de esa jerarquía del poder que en Valladolid y Madrid nos ha convertido en una sociedad atrasada, timorata y pusilánime.

Aquellos zamoranos a los que les duele, como a mí, su ciudad, su tierra, su Zamora, deben dar un paso al frente. Necesitamos a un Leónidas en las Termópilas de Zamora.

Eugenio-Jesús de Ávila

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