ZAMORANA
Un nuevo día
Me gusta ver amanecer desde la ventana mientras arrebujo mi cuerpo entre las sábanas dejando al descubierto solo la cabeza para disfrutar del espectáculo de cómo se va iluminando la habitación, como entra el sol, al principio tímidamente y luego de manera descarada, estallando la alegría de una luz que lo invade todo; entonces, ya sin pereza, me levanto despacio y me acerco hasta la ventana, entreabro los visillos y gozo viendo la ciudad que despierta y comienza sus obligaciones.
Me visto despacio, desayuno con calma y en silencio y me siento a leer un buen libro mientras las persianas abiertas permiten que la luz entre a raudales. De vez en cuando levanto la vista, cierro los ojos y sonrío sin motivo, agradeciendo a la vida el milagro de un nuevo día.
Intento aprovechar esta época de mi vida en que el cuerpo aún no se resiente de los continuos achaques que pronto llegarán y, pese a que ya son claros los avisos: piernas pesadas, miembros enlentecidos, vista cansada… no van a derrotar mi espíritu que vuela libre como un pájaro, sin las obligaciones que me encadenaban a una rutina laboral que ya ha cesado. Aprovecho cada hora para gozar de la luz de mi casa que durante años no vi por estar encerrada en la oficina; del tiempo libre, de la felicidad que proporciona la soledad buscada y tengo que aprender a no sentirme mal por el hecho de no hacer nada, de practicar el “dolce far niente” ahora que puedo permitírmelo, porque pronto llegará la vejez, la ralentización de los sentidos, la pérdida de facultades, la parsimonia de los miembros agotados que no responden… y en ese momento sé que habrá llegado el fin.
Mientras tanto abro la agenda llena de listas que he ido elaborando a lo largo de años; son propósitos para estudiar, investigar o, simplemente releer textos y libros que me enamoraron un día y que quiero rescatar del olvido. Las tareas son tantas como materias desconozco: geografía (para ubicar países, mares y continentes a golpe de mapa); historia (en especial la de España desde los Reyes Católicos, los reinos de Aragón, Castilla, León y las casas de Trastámara, Habsburgo, Borbón.. hasta enlazar con la dictadura y la democracia con todos los grandes sucesos acontecidos desde entonces).
Otra ocupación es reestudiar la filosofía, desde los clásicos hasta Herman Hesse releyendo especialmente “El lobo estepario” y “Demian y Siddharta” que me marcaron en el bachillerato y, por supuesto, repasar los textos de filología que aún conservo guardando polvo en un rincón de la casa de mi padre. Son, en fin, muchas y variadas las propuestas para ocupar este ocio que, por fin, ha llegado y espero con ansia disfrutarlo a tope desde el primer día; por eso agradezco la luz de esta maravillosa mañana que ilumina mi habitación anunciando un nuevo día.
Mª Soledad Martín Turiño
Me gusta ver amanecer desde la ventana mientras arrebujo mi cuerpo entre las sábanas dejando al descubierto solo la cabeza para disfrutar del espectáculo de cómo se va iluminando la habitación, como entra el sol, al principio tímidamente y luego de manera descarada, estallando la alegría de una luz que lo invade todo; entonces, ya sin pereza, me levanto despacio y me acerco hasta la ventana, entreabro los visillos y gozo viendo la ciudad que despierta y comienza sus obligaciones.
Me visto despacio, desayuno con calma y en silencio y me siento a leer un buen libro mientras las persianas abiertas permiten que la luz entre a raudales. De vez en cuando levanto la vista, cierro los ojos y sonrío sin motivo, agradeciendo a la vida el milagro de un nuevo día.
Intento aprovechar esta época de mi vida en que el cuerpo aún no se resiente de los continuos achaques que pronto llegarán y, pese a que ya son claros los avisos: piernas pesadas, miembros enlentecidos, vista cansada… no van a derrotar mi espíritu que vuela libre como un pájaro, sin las obligaciones que me encadenaban a una rutina laboral que ya ha cesado. Aprovecho cada hora para gozar de la luz de mi casa que durante años no vi por estar encerrada en la oficina; del tiempo libre, de la felicidad que proporciona la soledad buscada y tengo que aprender a no sentirme mal por el hecho de no hacer nada, de practicar el “dolce far niente” ahora que puedo permitírmelo, porque pronto llegará la vejez, la ralentización de los sentidos, la pérdida de facultades, la parsimonia de los miembros agotados que no responden… y en ese momento sé que habrá llegado el fin.
Mientras tanto abro la agenda llena de listas que he ido elaborando a lo largo de años; son propósitos para estudiar, investigar o, simplemente releer textos y libros que me enamoraron un día y que quiero rescatar del olvido. Las tareas son tantas como materias desconozco: geografía (para ubicar países, mares y continentes a golpe de mapa); historia (en especial la de España desde los Reyes Católicos, los reinos de Aragón, Castilla, León y las casas de Trastámara, Habsburgo, Borbón.. hasta enlazar con la dictadura y la democracia con todos los grandes sucesos acontecidos desde entonces).
Otra ocupación es reestudiar la filosofía, desde los clásicos hasta Herman Hesse releyendo especialmente “El lobo estepario” y “Demian y Siddharta” que me marcaron en el bachillerato y, por supuesto, repasar los textos de filología que aún conservo guardando polvo en un rincón de la casa de mi padre. Son, en fin, muchas y variadas las propuestas para ocupar este ocio que, por fin, ha llegado y espero con ansia disfrutarlo a tope desde el primer día; por eso agradezco la luz de esta maravillosa mañana que ilumina mi habitación anunciando un nuevo día.
Mª Soledad Martín Turiño

















Anónima | Jueves, 05 de Diciembre de 2019 a las 10:29:25 horas
¡Qué bien expresas esa luz de la mañana, ése abrirse paso el día con todas sus oportunidades y ése deseo de mantenerse en forma, en el amplio sentido de la palabra, cuando las obligaciones se comienzan a quedar a un lado dejando paso a los deseos y tareas pendientes!
Accede para votar (0) (0) Accede para responder