ME QUEDA LA PALABRA
Confesiones, a unos días del solsticio de invierno
Mi vanidad, hermosa, pero no excesiva, me prohíbe jactarme de mi bonhomía. Me da vergüenza afirmar que soy una buena persona. Prefiero decir que no soy malo del todo. Ahora bien, desde la infancia di pruebas de mi horror por los negocios. Con tres años, en el Colegio Amor de Dios, le cambié a otro niño mi sello de oro por una pintura roja. Genial. No me extraña que, a lo largo de mi vida se acercasen a mí las buenas personas, todas aquellas que creían que la vida era algo más que el dinero, el parecer, la imagen, la hipocresía.
Ahora, cuando quizá esté escribiendo en penúltimo capítulo de mi paso por aquí, me rodea gente fantástica: empresarios, autónomos, aristócratas, jubilados, funcionarios, fotógrafos. A cada profesión no he añadido el femenino. Me parece ridículo. Todos frisamos una edad parecida, diez años arriba o diez por debajo. Todos sabemos cuáles fueron nuestros pecados -nuestra educación es judeocristiana- y también conocemos las virtudes, nuestras señas de identidad.
La mayor parte de mis amigos y amigas fracasaron en sus matrimonios. Lógico. Pero siempre hay excepciones. Hay algunos con pareja y otros que ni la tienen ni les preocupa la compañía erótica.
Yo no soy feliz. Ni lo procuro. Solo es dichoso el tonto. No necesito tirar de hipocresía, porque ni soy político ni tengo que fingir. No me caso con nadie, porque ya contraje una vez matrimonio y, además, con una gran mujer. Pero no soy hombre de amores eternos.
No obstante, a mi edad, toda historia amorosa resulta corta. A la mujer que me ame no le da tiempo a aburrirse de mí, a cansarse de mi carácter, de mis reflexiones y fundamentos, de mi peculiar sentido de la vida. No soy capricho, ni fue un niño pijo. Tampoco millonario ni seductor. He ido pasando por este valle de lágrimas sin querer llamar la atención. Pero, por extrañas razones, la gente se ha divertido prejuzgándome.
Tengo los amigos justos y necesarios. No quiero más conocimientos. Me interesa el alma femenina más que la masculina. Me apasionan los hombres cultos y con clase y las damas elegantes, inteligentes y hermosas. Pero no desdeño a los humildes ni a los sencillos. Hablo y escribo de lo poco que sé. Guardo silencio cuando mi ignorancia me lo exige.
He amado poco, pero con pasión, con intensidad, a señoritas y señoras muy hermosas. Amoríos, en exceso; amores, singulares. Mi pena, haber tratado peor a las damas que me amaron que a las que se mostraron más esquivas, distantes y egoístas.
Mi orgullo, mis amigos y que me odien los malandrines. Mi frustración, mi escaso talento, mi fracaso profesional y mi impotencia ante la injusticia, la felonía y la miseria moral. Mi pregunta sin respuesta: ¿Por qué ganan siempre los malos?
Mi vanidad, hermosa, pero no excesiva, me prohíbe jactarme de mi bonhomía. Me da vergüenza afirmar que soy una buena persona. Prefiero decir que no soy malo del todo. Ahora bien, desde la infancia di pruebas de mi horror por los negocios. Con tres años, en el Colegio Amor de Dios, le cambié a otro niño mi sello de oro por una pintura roja. Genial. No me extraña que, a lo largo de mi vida se acercasen a mí las buenas personas, todas aquellas que creían que la vida era algo más que el dinero, el parecer, la imagen, la hipocresía.
Ahora, cuando quizá esté escribiendo en penúltimo capítulo de mi paso por aquí, me rodea gente fantástica: empresarios, autónomos, aristócratas, jubilados, funcionarios, fotógrafos. A cada profesión no he añadido el femenino. Me parece ridículo. Todos frisamos una edad parecida, diez años arriba o diez por debajo. Todos sabemos cuáles fueron nuestros pecados -nuestra educación es judeocristiana- y también conocemos las virtudes, nuestras señas de identidad.
La mayor parte de mis amigos y amigas fracasaron en sus matrimonios. Lógico. Pero siempre hay excepciones. Hay algunos con pareja y otros que ni la tienen ni les preocupa la compañía erótica.
Yo no soy feliz. Ni lo procuro. Solo es dichoso el tonto. No necesito tirar de hipocresía, porque ni soy político ni tengo que fingir. No me caso con nadie, porque ya contraje una vez matrimonio y, además, con una gran mujer. Pero no soy hombre de amores eternos.
No obstante, a mi edad, toda historia amorosa resulta corta. A la mujer que me ame no le da tiempo a aburrirse de mí, a cansarse de mi carácter, de mis reflexiones y fundamentos, de mi peculiar sentido de la vida. No soy capricho, ni fue un niño pijo. Tampoco millonario ni seductor. He ido pasando por este valle de lágrimas sin querer llamar la atención. Pero, por extrañas razones, la gente se ha divertido prejuzgándome.
Tengo los amigos justos y necesarios. No quiero más conocimientos. Me interesa el alma femenina más que la masculina. Me apasionan los hombres cultos y con clase y las damas elegantes, inteligentes y hermosas. Pero no desdeño a los humildes ni a los sencillos. Hablo y escribo de lo poco que sé. Guardo silencio cuando mi ignorancia me lo exige.
He amado poco, pero con pasión, con intensidad, a señoritas y señoras muy hermosas. Amoríos, en exceso; amores, singulares. Mi pena, haber tratado peor a las damas que me amaron que a las que se mostraron más esquivas, distantes y egoístas.
Mi orgullo, mis amigos y que me odien los malandrines. Mi frustración, mi escaso talento, mi fracaso profesional y mi impotencia ante la injusticia, la felonía y la miseria moral. Mi pregunta sin respuesta: ¿Por qué ganan siempre los malos?


















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