RES PÚBLICA
La clase media protagoniza la crisis política de nuestra democracia
Los partidos de izquierdas en esta centuria están dirigidos por la pequeña burguesía pseudointelectual, a diferencia de los de la II República, casi todos obreros
Acudamos a la historia para interpretar el presente, la actualidad política, e intuir el futuro de España. Hete aquí que en la España anterior a la Guerra Civil había partidos de izquierdas, marxistas todos, como el PSOE, con un sector bolchevique que se fue radicalizando después del triunfo del centro derecha en noviembre del 1936, hasta hablar y señalar la revolución como objetivo final del periodo burgués republicano. Dentro del Partido Socialista, la tendencia más radical la representó Largo Caballero. Prieto siempre anduvo entre dos aguas. Besteiro fue el más sensato, el que advirtió sobre la deriva de su partido hacia el conflicto civil. Los ágrafos de la Historia, muchos socialistas, deberían leer el libro de Gabriel Mario de Coca, “Anticaballero”, militante del PSOE, para conocer qué hizo la formación política creada por Pablo Iglesias durante la II República. El PCE, el 14 de abril de 1931, no era nadie; no obstante, fue esencial durante la Guerra Civil, cuando recibía órdenes de Moscú, además de una enorme ayuda en la gestión política y armamentística. El POUM; circunscrito a Cataluña, fue aniquilado por los comunistas, al considerar que era una formación trotskista. Andreu Nin, su principal líder, fue despellejado en una checa del PCE en la capital de España. Asesinato documentado. Estos cuatro partidos, con el PSOE, el más poderoso, el que arrastraba masas, dividido en tres grupos, representaban a la clase obrera y sus dirigentes fueron también trabajadores, si bien en el bando socialista militaban algunos intelectuales.
Los sindicatos principales, si obviamos el católico, UGT y CNT también representaban a los trabajadores, aunque el anarquista más al sector más débil del proletariado.
Todos estos partidos y sindicatos, si exceptuamos al ala de Besteiro, solo tenían un objetivo: la revolución y la dictadura del proletariado. La II República, dada la debilidad de los partidos de la izquierda burguesa, el de Azaña y Lerroux, más otras formaciones minoritarias, solo sirvió para intentar tres revoluciones: la socialista bolchevique, la del PCE, a las órdenes de Stalin, y la de CNT-FAI, también con disensiones doméstica, que buscaba su propia revolución.
Hasta aquí he explicado que todos los partidos de izquierdas y los sindicatos estaban dirigidos trabajadores y su militancia, salvo excepciones, también era obrera.
Casi 90 años después, los partidos españoles que se consideran de izquierdas los dirigen políticos de clases medias: PSOE, Podemos e Izquierda Unida. No conozco a Bildu para definir si representa a trabajadores o a sectores de la pequeña burguesía vasca racista. Los sindicatos principales, hermanados en todo, UGT y Comisiones, tampoco recogen solo a sectores obreros, a gente con callo en el cuerpo y en el alma, sino a numerosos funcionarios, clase media, pues. Además su militancia se reduce a un 10% de los empleados, bien autónomos, empleados del Estado o de la empresa privada.
Por lo tanto, la guerra política que se desarrolla ahora sobre el campo de batalla de España la disputan las clases medias. Las que se denominan de izquierdas o izquierda extrema, más doctrinarias, más religiosas, más ideologizadas, que no idealistas, y las de centro y la derecha, las del PP, VOX y Ciudadanos. No habrá, como antaño, una revolución cruenta si, en definitiva, gobiernan PSOE y Podemos, aunque sí ensayos pseudorevolucianarios, hasta que la economía diga basta o Europa se acojone, como sucedió en Grecia. Si la ingeniera social del matrimonio Iglesias-Montero se reduce a ciertos ensayos, siempre con el permiso de Pedro Sánchez, quizá esta democracia, de cartón piedra, salga beneficiada, alcance mayor calidad, se profundice en valores como la igualdad. Pero si hay desmadre de ideas puestas en práctica, con proyectos demagógicos y antieconómicos, la disensión en el seno del nuevo gobierno propiciará rupturas políticas y nuevas elecciones.
No me olvido tampoco de que los partidos independentistas vascos y catalanes también son clases medias, representantes de sus respectivas burguesías, la de la butifarra muy dañada por la crisis económica nacional, propiciada por las locuras de Zapatero, y la europea.
Corolario: la clase trabajadora, el proletariado para un marxiano, española no se halla representada entre las huestes de estas formaciones de la clase media. Los trabajadores no se sienten representados ni en el Congreso de los Diputados, ni en el Senado ni en los gobiernos y parlamentos autonómicos. No conozco parlamentarios del PSOE, Podemos e Izquierda Unida hayan sido obreros, que se partieran la espalda trabajando de sol a sol, en la obra o en la cadena industrial de cualquier fábrica multinacional. Políticos, que desconocen cómo vive la clase obrera, como las pasa putas para llegar a final de mes, vestirse o comprar una vivienda, se creen sus representantes legales y fidelísimos. La gran mascarada. Quizá es que el proletariado en esta centuria solo sirve para hacer revoluciones en las redes sociales. A la burguesía intelectual y ciertos aristócratas no les apetece que sus partidos de izquierdas los dirijan currantes.
España se desmorona, pero no por un peligro revolucionario bolchevique, sino más bien por una guerra vomitiva, nauseabunda, ridícula, entre sus clases medias, una nacional y la otra racista y secesionista. Vale.
Acudamos a la historia para interpretar el presente, la actualidad política, e intuir el futuro de España. Hete aquí que en la España anterior a la Guerra Civil había partidos de izquierdas, marxistas todos, como el PSOE, con un sector bolchevique que se fue radicalizando después del triunfo del centro derecha en noviembre del 1936, hasta hablar y señalar la revolución como objetivo final del periodo burgués republicano. Dentro del Partido Socialista, la tendencia más radical la representó Largo Caballero. Prieto siempre anduvo entre dos aguas. Besteiro fue el más sensato, el que advirtió sobre la deriva de su partido hacia el conflicto civil. Los ágrafos de la Historia, muchos socialistas, deberían leer el libro de Gabriel Mario de Coca, “Anticaballero”, militante del PSOE, para conocer qué hizo la formación política creada por Pablo Iglesias durante la II República. El PCE, el 14 de abril de 1931, no era nadie; no obstante, fue esencial durante la Guerra Civil, cuando recibía órdenes de Moscú, además de una enorme ayuda en la gestión política y armamentística. El POUM; circunscrito a Cataluña, fue aniquilado por los comunistas, al considerar que era una formación trotskista. Andreu Nin, su principal líder, fue despellejado en una checa del PCE en la capital de España. Asesinato documentado. Estos cuatro partidos, con el PSOE, el más poderoso, el que arrastraba masas, dividido en tres grupos, representaban a la clase obrera y sus dirigentes fueron también trabajadores, si bien en el bando socialista militaban algunos intelectuales.
Los sindicatos principales, si obviamos el católico, UGT y CNT también representaban a los trabajadores, aunque el anarquista más al sector más débil del proletariado.
Todos estos partidos y sindicatos, si exceptuamos al ala de Besteiro, solo tenían un objetivo: la revolución y la dictadura del proletariado. La II República, dada la debilidad de los partidos de la izquierda burguesa, el de Azaña y Lerroux, más otras formaciones minoritarias, solo sirvió para intentar tres revoluciones: la socialista bolchevique, la del PCE, a las órdenes de Stalin, y la de CNT-FAI, también con disensiones doméstica, que buscaba su propia revolución.
Hasta aquí he explicado que todos los partidos de izquierdas y los sindicatos estaban dirigidos trabajadores y su militancia, salvo excepciones, también era obrera.
Casi 90 años después, los partidos españoles que se consideran de izquierdas los dirigen políticos de clases medias: PSOE, Podemos e Izquierda Unida. No conozco a Bildu para definir si representa a trabajadores o a sectores de la pequeña burguesía vasca racista. Los sindicatos principales, hermanados en todo, UGT y Comisiones, tampoco recogen solo a sectores obreros, a gente con callo en el cuerpo y en el alma, sino a numerosos funcionarios, clase media, pues. Además su militancia se reduce a un 10% de los empleados, bien autónomos, empleados del Estado o de la empresa privada.
Por lo tanto, la guerra política que se desarrolla ahora sobre el campo de batalla de España la disputan las clases medias. Las que se denominan de izquierdas o izquierda extrema, más doctrinarias, más religiosas, más ideologizadas, que no idealistas, y las de centro y la derecha, las del PP, VOX y Ciudadanos. No habrá, como antaño, una revolución cruenta si, en definitiva, gobiernan PSOE y Podemos, aunque sí ensayos pseudorevolucianarios, hasta que la economía diga basta o Europa se acojone, como sucedió en Grecia. Si la ingeniera social del matrimonio Iglesias-Montero se reduce a ciertos ensayos, siempre con el permiso de Pedro Sánchez, quizá esta democracia, de cartón piedra, salga beneficiada, alcance mayor calidad, se profundice en valores como la igualdad. Pero si hay desmadre de ideas puestas en práctica, con proyectos demagógicos y antieconómicos, la disensión en el seno del nuevo gobierno propiciará rupturas políticas y nuevas elecciones.
No me olvido tampoco de que los partidos independentistas vascos y catalanes también son clases medias, representantes de sus respectivas burguesías, la de la butifarra muy dañada por la crisis económica nacional, propiciada por las locuras de Zapatero, y la europea.
Corolario: la clase trabajadora, el proletariado para un marxiano, española no se halla representada entre las huestes de estas formaciones de la clase media. Los trabajadores no se sienten representados ni en el Congreso de los Diputados, ni en el Senado ni en los gobiernos y parlamentos autonómicos. No conozco parlamentarios del PSOE, Podemos e Izquierda Unida hayan sido obreros, que se partieran la espalda trabajando de sol a sol, en la obra o en la cadena industrial de cualquier fábrica multinacional. Políticos, que desconocen cómo vive la clase obrera, como las pasa putas para llegar a final de mes, vestirse o comprar una vivienda, se creen sus representantes legales y fidelísimos. La gran mascarada. Quizá es que el proletariado en esta centuria solo sirve para hacer revoluciones en las redes sociales. A la burguesía intelectual y ciertos aristócratas no les apetece que sus partidos de izquierdas los dirijan currantes.
España se desmorona, pero no por un peligro revolucionario bolchevique, sino más bien por una guerra vomitiva, nauseabunda, ridícula, entre sus clases medias, una nacional y la otra racista y secesionista. Vale.




















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