NOCTURNOS
A los que venden y compran amor
Nunca compré ni vendí amor. Sé que la pasión nunca está en venta. Cierto que bellas mujeres y hombres vulgares se venden. Yo solo he querido, durante toda mi vida, comprar mi tiempo. No pude. Tuve que alquilarme al capital y al Estado, durante un corto periodo de mi vida.
Si una mujer me ama, nunca se deberá a mi descomunal patrimonio. Yo solo porto conmigo lo que soy: un ser mortal, un hombre que ya ha vivido más pasado que futuro, pero ha encontrado el amor de su vida cuando apenas me quedaban días para amar. Solo un grave problema: la mujer que deseo, quiero y despierta mi inteligencia y mi sexo, no se ha dado por enterada. Para mi desgracia, ella sigue sin hallarme.
¿Qué puede desear de mí una dama culta e inteligente? ¿Memoria, pretérito, poesía sin posesión, verbos sin conjugar, caricias sin mejillas, hedonismo sin cópulas, besos sin labios, explicaciones sobre la filosofía de Schopenhauer y Nietzsche y otras cuentas lecciones, baratas, de cultura para andar por casa?
Si una chica me amase, hallaría en mí el sentimiento de la niebla cuando toca la piel del agua, el perfume que desprende el pecado inmortal, la conversación que se columpia entre lengua y lengua, la frase esculpida por la gubia de mi voz para crear la escultura de la belleza. Poco más.
Nunca, mujer, mi voz te dirá: “Yo no amo como nadie ni odio como todos”. Mi amor lo doy, le dejo que se vaya, que me abandone, que me olvide. Cuando se ama como yo, no hay marcha atrás, no existe el regreso. Mi amor no es nube que descarga lluvia sobre tierras yermas. Mi amor aspira a que la mujer que adoro lo respire y llegue a formar parte de su linaje celular.
Quiero ser devorado por las mandíbulas de tu pasión, engullido y metabolizado para contribuir a perpetuar tu vida, profundizar en tus sentimientos, estirar tu epidermis, alojarme en tu corazón, entre ventrículos y aurículas, y morirme contigo, y transformarme con tu energía hasta los confines del Universo.
Nunca compré ni vendí amor. Sé que la pasión nunca está en venta. Cierto que bellas mujeres y hombres vulgares se venden. Yo solo he querido, durante toda mi vida, comprar mi tiempo. No pude. Tuve que alquilarme al capital y al Estado, durante un corto periodo de mi vida.
Si una mujer me ama, nunca se deberá a mi descomunal patrimonio. Yo solo porto conmigo lo que soy: un ser mortal, un hombre que ya ha vivido más pasado que futuro, pero ha encontrado el amor de su vida cuando apenas me quedaban días para amar. Solo un grave problema: la mujer que deseo, quiero y despierta mi inteligencia y mi sexo, no se ha dado por enterada. Para mi desgracia, ella sigue sin hallarme.
¿Qué puede desear de mí una dama culta e inteligente? ¿Memoria, pretérito, poesía sin posesión, verbos sin conjugar, caricias sin mejillas, hedonismo sin cópulas, besos sin labios, explicaciones sobre la filosofía de Schopenhauer y Nietzsche y otras cuentas lecciones, baratas, de cultura para andar por casa?
Si una chica me amase, hallaría en mí el sentimiento de la niebla cuando toca la piel del agua, el perfume que desprende el pecado inmortal, la conversación que se columpia entre lengua y lengua, la frase esculpida por la gubia de mi voz para crear la escultura de la belleza. Poco más.
Nunca, mujer, mi voz te dirá: “Yo no amo como nadie ni odio como todos”. Mi amor lo doy, le dejo que se vaya, que me abandone, que me olvide. Cuando se ama como yo, no hay marcha atrás, no existe el regreso. Mi amor no es nube que descarga lluvia sobre tierras yermas. Mi amor aspira a que la mujer que adoro lo respire y llegue a formar parte de su linaje celular.
Quiero ser devorado por las mandíbulas de tu pasión, engullido y metabolizado para contribuir a perpetuar tu vida, profundizar en tus sentimientos, estirar tu epidermis, alojarme en tu corazón, entre ventrículos y aurículas, y morirme contigo, y transformarme con tu energía hasta los confines del Universo.

















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