Eugenio de Ávila
Viernes, 27 de Diciembre de 2019
NOCTURNOS

La mística del amor

Después de vivir escasos amores, intensos y profundos, y un exceso de amoríos, livianos y “copulares”, ya no esperaba escribir mi obra maestra de la pasión. En absoluto. Pensé que ya lo había dado todo y que recibí todo el amor que una dama puede ofrecer a un caballero. Consideraba que, tras cumplir los 60 años, un varón debe olvidarse de sufrir por amor y aplicarse al hedonismo. Sexo sin seso, como en los adolescentes años y entrada en la primera madurez. Sin daños causados ni heridas recibidas, contemplaba este tiempo, que ya es pasado, pero también presente.

 

Como, según extendida definición entre féminas cercanas, soy un tipo raro, nunca quise entregarme tanto a una mujer como para perderme en su esencia, dejar de ser yo para ser otra. Siempre elegí quererme más a mí que a cualquier dama, por bella e inteligente que fuere. Pero hete aquí que se me apareció un ángel con sexo femenino cuando me jactaba de ser un ateo. Y me convertí de repente. Creo en una mujer que es ángel y diosa, espíritu y carne. Y he querido aniquilar mi yo para cohabitar en su esencia. ¡Cómo me he enamorado hasta ese extremo, transformarme en un loco apasionado, en un ser que piensa más en ese prójimo con nombre de mujer que en mí mismo! ¡Quién alteró mi alma para amar sin medida, sin freno, sin pausa! ¡De qué está construida, esculpida, pintada y escrita esa dama para que redujese mi egoísmo al de un eremita!

 

Temo por mi vida, porque, si me amase, sufriría una profunda metamorfosis, tras la cual, me transfiguraría en místico, porque buscaría la unión con la divinidad, con ella, mi diosa.

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