Nélida L. del Estal Sastre
Viernes, 03 de Enero de 2020
OPINIÓN

Cada Nochevieja es diferente

Cuando eres más joven, deseas que se termine la “obligada” cena en familia para salir con los amigos, porque en Nochevieja, tu novio es sólo para que acabe la noche entre tus brazos, ya magullados de tanto bailar y tus labios, ya tan repintados por besar y besar a todo el mundo. En esa noche, todo es desenfreno, parece que casi todo se permite y es como si el día 1 no fuera a llegar nunca, ni lo quieres, sólo que no acabe esa noche… Pero esa noche termina y aparece el alba entre la niebla como un pobre entre la bruma pidiendo cobijo o unas monedas. Casi asusta.

 

A medida que vas cumpliendo años, incluso teniendo familia “nuclear” propia, la Nochevieja cambia por completo, tanto en concepto, como en preparación, como en disfrute, bueno, lo de disfrute ya es un cantar más parecido al Gregoriano. Que te gusta y te pone en situación, pero más espartano que un puñetero Seat Panda. Las comparaciones son odiosas, el Canto Gregoriano es sublime, pero me refería a la sencillez y, sobre todo, a la falta de ganas y empeño que pones en el asunto. Bien, comparemos pues ambas épocas.

 

Cuando eres joven, pasas todo el día entre ducha, maquillaje, pelos, vestido con algún que otro brillo que provoque un pasajero fulgor a tu paso por la muchedumbre y un perfume del que no se olvide ni dios.

 

Cuando eres, no mayor, digamos, adulto con responsabilidades, entre organizar a la familia, la cena, quién se sentará al lado de quién no sea que la liemos y como se bebe se habla de más, y se puede montar la tercera guerra mundial entre polvorones, mantecados turrón y etil a raudales, que luego nos quejamos de los hijos y lo que beberán por ahí, pero en casa esas noches tenemos un arsenal que ni el Vodka hecho a base de patata en la Rusia de los años en los que acabó la Segunda Guerra Mundial, cuando venían cruzando toda Rusia para salvarnos de los putos nazis , junto al resto de aliados. Y como hacía un frío del copón y muchos perecieron en el camino hacia Alemania, los rusos se las ingeniaban para entrar en calor y el vodka a base de patata era una idea como cualquier otra, bueno que me desvío del tema, como siempre.

 

Luego vienen las 12 uvas, que mi madre ponía con mimo y yo a mala leche, las mías las más pequeñas, para no atragantarme, para los demás las más gruesas y si se ven pepitas gordas dentro, mejor. Así, mientras yo ya estoy con mi mejor sonrisa y un maravilloso y triunfante “Feliz Año Nuevo”, parte de la familia no sabes si tose o es mejor llamar a urgencias por asomo o conato de atragantamiento. Pffff.

 

Luego llega la tele y sus programas enlatados, grabados durante las semanas anteriores para, supuestamente, entretenernos mientras tenemos una sesuda o interesante conversación, pero como la conversación no es sesuda ni interesante, los bostezos, el aburrimiento vital y las ganas de bajar a poner petardos a la calle por hacer algo diferente, van ganando terreno. Pero está el terrible momento en el que la gentecilla tira de pijama. Ahí se acabó todo y puede que no sean ni las dos de la mañana. Es entonces cuando te preguntas ¿Crecer para esto?, ¿En serio? Devuélveme a mis años 20 o 30 y no me saques de ahí por la gloria de tu madre. Y si eso, mejor no me saques del vientre materno, que ahí se estaba calentito y protegido y casi todo lo que ha venido después ha sido con decepción y dolor. Algo podríamos salvar (amigos de verdad, familia nuclear y personas que han enriquecido tu existencia).

 

Pues eso, que ¡Feliz 2020!

 

Ah! Que ya se me olvidaba: Feliz Año 2020, año que parece sacado de “Blade Runner” o película futurista al uso. Pero no, en “Blade Runner” era el 2019 el año de marras., ya superado en estas latitudes.

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