NOCTURNOS
Poeta del sexo
Soy un poeta del sexo. Encuentro versos en el ombligo, génesis de toda libertad individual, de la mujer que amo, y la rima la hallo entres sus ingles. Los senos de una dama madura, madre, amante, deseada, son sonetos perfectos, dignos de ser escritos por Quevedo.
Una nuca femenina, que se extiende hacia la columna vertebral hasta desembocar en el coxis, compone una oda a la vida, al placer que dura un instante.
Los glúteos y el pubis riman en asonante; los ovarios y el útero, en consonante. Unos labios carnosos componen un madrigal. La lengua y la saliva, un romance. Y el himen y el clítoris son parte de un poema acróstico.
Cuando amo, escribo poesías en cada nación de tu cuerpo; en todas las tierras de tu carne que acaricio, en cada poro de piel que recorro con mi boca.
Mi alma es quién te quiere, mi cuerpo quién traduce lo que siento en forma de ternura, caricias y mimos. Nadie te quiso así, mujer, ni te querrá, en la próxima reencarnación, te llames Marisa, Mercedes, Blanca, Ana, Isabel, Rosa, Aidén o Carmen.
Todos aquellos con los que compartiste lechos, cópulas y nirvanas nunca supieron que amarte no es otra cosa que componer poemas con palabras de carne y verbos de hueso. Ahora bien, entre mi carne y tu cuerpo, entre mi alma y tu espíritu solo podría escribirse ya una elegía.
Soy un poeta del sexo. Encuentro versos en el ombligo, génesis de toda libertad individual, de la mujer que amo, y la rima la hallo entres sus ingles. Los senos de una dama madura, madre, amante, deseada, son sonetos perfectos, dignos de ser escritos por Quevedo.
Una nuca femenina, que se extiende hacia la columna vertebral hasta desembocar en el coxis, compone una oda a la vida, al placer que dura un instante.
Los glúteos y el pubis riman en asonante; los ovarios y el útero, en consonante. Unos labios carnosos componen un madrigal. La lengua y la saliva, un romance. Y el himen y el clítoris son parte de un poema acróstico.
Cuando amo, escribo poesías en cada nación de tu cuerpo; en todas las tierras de tu carne que acaricio, en cada poro de piel que recorro con mi boca.
Mi alma es quién te quiere, mi cuerpo quién traduce lo que siento en forma de ternura, caricias y mimos. Nadie te quiso así, mujer, ni te querrá, en la próxima reencarnación, te llames Marisa, Mercedes, Blanca, Ana, Isabel, Rosa, Aidén o Carmen.
Todos aquellos con los que compartiste lechos, cópulas y nirvanas nunca supieron que amarte no es otra cosa que componer poemas con palabras de carne y verbos de hueso. Ahora bien, entre mi carne y tu cuerpo, entre mi alma y tu espíritu solo podría escribirse ya una elegía.
















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