Eugenio de Ávila
Jueves, 16 de Enero de 2020
RES PÚBLICA

Guerra (1985): “Montesquieu ha muerto”, y Pablo Iglesias(2020) incinera el cadáver

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España es el país de la ignorancia política, en el que el vulgo califica de comunismo, fascismo, liberalismo a hunos y otros, a aquellos y a estos. El desconocimiento resulta patético. No se conoce nuestra historia, ni tan si quiera la más cercana. La gente olvidó ya las primeras corrupciones del sistema –Ayuntamiento de Madrid, alcalde Tierno Galván-, de esta democracia, que llegó merced a una alianza entre el franquismo más inteligente y el PCE, el partido mejor estructurado y que más trabajó durante la dictadura. Del PSOE nada se supo. Cuatro intelectuales y Nicolás Redondo, un sindicalista vasco de la UGT, y poco más. Después dólares y marcos prepararon a gente como Felipe González, imagen y buen pico, para tomar el poder y realizar las reformas que el gran capital universal quería para España y desplazar a los comunistas. Punto.

Ahora, se asustan los profesionales de la Justicia y la prensa  conservadora de que Pablo Iglesias, un comunista clásico, pero con pinta de hippy de los 60, cargué contra el Supremo. Lógico. Los comunistas, cuando alcanzan el poder, a través de golpes de Estado, como en octubre-noviembre de 1917, después de su contundente derrota en las urnas, en las elecciones a la Duma, destruyen el poder judicial, al que consideran burgués, porque la democracia es burguesa, con todos sus defectos, desde la Revolución Francesa.

Los marxistas crean su propia Justicia, un poder necesario para aplastar cualquier intento de democracia. En los estados comunistas no existe división de poderes. Un líder, carismático o no, más una guardia pretoriana, que suele perder parte de sus miembros en purgas, porque el enemigo para un comunista hallase dentro de la propia nación, y, en concreto, en el partido, siempre único, necesita controlar el sistema judicial.

Las purgas de Moscú lograron un éxito absoluto cuando Stalin dirigía, a través de su lacayo Vyshinski, fiscal general del Estado, el sistema judicial soviético que condenó al paredón o al gulag a todos los bolcheviques que participaron y protagonizaron la Revolución junto a Lenin. Trotski, huido para entonces, cuando los procesos moscovitas, fue ejecutado en México por un miembro del PCE, Ramón Mercader. En la U.R.S.S. no existía la división de poderes, porque solo había uno: el de Stalin. Además eso de la independencia del poder judicial respecto al ejecutivo y legislativo era cosa de democracias burguesas, formas de gobierno obsoletas.

Cuando comunistas alcanzan el poder en elecciones libres o mediante pactos con otros partidos de izquierdas, su asalto al poder judicial es incruento. Se inicia con ataques verbales, que obtienen un gran eco a través de los medios de comunicación, ante todo la televisión, porque el vulgo se informa en colorines, pues la lectura constituye un esfuerzo intelectual para el que el pueblo llano, embrutecido, estabulado, manso, digiera los sucesivos mensajes.

Así, los magistrados, los eruditos del Derecho, los jueces van perdiendo su poder, su fuerza. De tal manera, se generan fisuras entre la elite judicial hasta debilitarlo. Los cobistas, los que están dispuestos a servir al nuevo régimen, se cuadrarán ante los nuevos gerifaltes políticos, que ya podrán realizar su objetivo, una vez eliminado el poder judicial, como independiente del ejecutivo y legislativo.  

Esta tarde, ha poco tiempo, miembros CGPJ (Gobierno de los Jueces) ya se vendieron al nuevo poder: Doce votaron, entre ellos algunos conservadores, a favor de que la ex ministra de Justicia, Dolores Delgado, se convierta en Fiscal General del Estado. Solo siete votaron en contra. La democracia burguesa, en solfa, se desmorona, sin que la ciudadanía lo perciba hasta que el totalitarismo alcance hasta el último capilar de la sociedad. No pasa nada.

La división de poderes - ejecutivo, legislativo y judicial- define a la democracia burguesa. Un comunista, por tanto, nunca respetará  -solo convivirá con él- un sistema que se debe destruir para alcanzar la última fase de la revolución marxista. Tranquilidad. Mientras haya fútbol y programas de heteras y chuloputas en las televisiones y cuatro euros para tomarse unos vinos, todo perfecto.

Para los bolcheviques de antaño y los neocomunistas de ahora, sus nietos políticos, el poder judicial, propio del Estado Burgués, representa  “el más sólido órgano del sistema capitalista y de los intereses de la clases poseedoras.’

Acudamos a la historia. Lenin,  en su “Esbozo de las Próximas Tareas del Poder Soviético”, destacaba: “En la sociedad capitalista, el tribunal era preponderantemente un aparato de represión, un aparato de explotación capitalista. Por eso, el deber incondicional de la revolución proletaria no fue el de reformar las instituciones judiciales (a esa tarea se limitaron los cadetes y sus lacayos, los mencheviques y los social-revolucionarios de derecha), sino si el de aniquilar completamente, desbaratar integralmente, todo el viejo sistema judicial y su aparato”.

Corolario: Pablo Iglesias, como buen comunista, practica la ortodoxia de su doctrina política. Utilizar la democracia burguesa solo es el primer paso hacia una sociedad, a su juicio, perfecta: la comunista, en la que desaparecerán las clases sociales y todos seremos iguales. Sucede que ahora comparte el poder con un hombre sin creencias. El esposo de Irene Montero no engaña. Se le ve venir. Quizá se mienta a sí mismo de cuando en vez, pero sabe lo que quiere desde que pastoreo todo el movimiento del 15-M.

Alfonso Guerra anunció la muerte de Montesquieu, cuando Felipe González politizó la Justicia. Ahora, el líder de Unidas Podemos ha incinerado su cadáver. Nuestra democracia no es tal desde 1985, cuando el poder judicial dejo de serlo  para depender del poder ejecutivo y su hijo, el legislativo.

“Una Sociedad en la que no esté establecida la garantía de los Derechos, ni determinada la separación de los Poderes, carece de Constitución”. Artículo 16 de Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789.

Eugenio-Jesús de Ávila

 

 

 

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