OPINIÓN
Amigos
Parte de mi vida ha transcurrido cumpliendo una serie de obligaciones ya predeterminadas: estudios, trabajo, responsabilidades… casi siempre en solitario. Me sentí tempranamente defraudada por compañeros de instituto que marcaron a fuego su deslealtad en mi alma y desde entonces, no he considerado a nadie merecedor de mi amistad; ya sé que puede sonar petulante pero nada más lejos de mi idea, porque puedo decir que sufrí con creces y di más que recibí. Así pues, me planteé la austera soledad como un modo de vida haciendo buena la frase de García Márquez: “No pases el tiempo con alguien que no esté dispuesto a pasarlo contigo.”
Creo que he seguido todos y cada uno de los pasos que -se esperaba- cumpliera con rigor y disciplina y he llegado a un momento vital en el que no estoy en deuda con nadie, pero sí que he descubierto la necesidad de tener cerca a ese puñado de personas llamadas amigos con los que se comparten alegrías y penas, fracasos y éxitos y que están ahí a nuestro lado, cuando se las necesita.
Las nuevas tecnologías han hecho posible retomar amistades con las que no tenía relación y, gracias a ellas, nos comunicamos, reanudando una relación que se había perdido en la maraña del tiempo. La distancia física tampoco es un inconveniente porque vivimos en una sociedad conectada que nos permite a través de videos, grabaciones o telefonía vernos y escucharnos a cientos de kilómetros desde la comodidad de nuestro sillón de casa. Lo único necesario es mantener esos afectos porque la amistad, como cualquier sentimiento elevado, hay que protegerla cada día, mimarla y cuidarla como algo importante que es. El alma -o el corazón- necesita compañía, cultivar apegos, proporcionar estima, comprender al otro, ayudarle si es preciso y a cambio se recibe la disponibilidad, el cariño, la compañía, el compartir; son lazos que van tejiendo una fina red que se refuerza hasta resultar irrompible.
He descubierto, además, lo gratificante que resulta ayudar a alguien en sus momentos más duros, cuando se cae en desgracia o la vida se convierte en una ardua tarea salpicada de obstáculos; es entonces, adelantándonos a sus demandas, cuando el amigo está ahí para apoyar, consolar o comprender en un auxilio generoso y desinteresado.
Ahora ya no soy tan estricta; quizá porque no he buscado a nadie, sino que han venido a mí y las relaciones que he establecido no son tan exigentes, tienen mayor libertad, no las idealizo ni me comprometo en exclusiva con nadie; intento que la tolerancia por la forma de ser de cada uno sea la que marque sus tempos y con los años solo busco algo de comprensión, un poco de compañía y la sensación de no estar sola.
María Soledad Martín Turiño
Parte de mi vida ha transcurrido cumpliendo una serie de obligaciones ya predeterminadas: estudios, trabajo, responsabilidades… casi siempre en solitario. Me sentí tempranamente defraudada por compañeros de instituto que marcaron a fuego su deslealtad en mi alma y desde entonces, no he considerado a nadie merecedor de mi amistad; ya sé que puede sonar petulante pero nada más lejos de mi idea, porque puedo decir que sufrí con creces y di más que recibí. Así pues, me planteé la austera soledad como un modo de vida haciendo buena la frase de García Márquez: “No pases el tiempo con alguien que no esté dispuesto a pasarlo contigo.”
Creo que he seguido todos y cada uno de los pasos que -se esperaba- cumpliera con rigor y disciplina y he llegado a un momento vital en el que no estoy en deuda con nadie, pero sí que he descubierto la necesidad de tener cerca a ese puñado de personas llamadas amigos con los que se comparten alegrías y penas, fracasos y éxitos y que están ahí a nuestro lado, cuando se las necesita.
Las nuevas tecnologías han hecho posible retomar amistades con las que no tenía relación y, gracias a ellas, nos comunicamos, reanudando una relación que se había perdido en la maraña del tiempo. La distancia física tampoco es un inconveniente porque vivimos en una sociedad conectada que nos permite a través de videos, grabaciones o telefonía vernos y escucharnos a cientos de kilómetros desde la comodidad de nuestro sillón de casa. Lo único necesario es mantener esos afectos porque la amistad, como cualquier sentimiento elevado, hay que protegerla cada día, mimarla y cuidarla como algo importante que es. El alma -o el corazón- necesita compañía, cultivar apegos, proporcionar estima, comprender al otro, ayudarle si es preciso y a cambio se recibe la disponibilidad, el cariño, la compañía, el compartir; son lazos que van tejiendo una fina red que se refuerza hasta resultar irrompible.
He descubierto, además, lo gratificante que resulta ayudar a alguien en sus momentos más duros, cuando se cae en desgracia o la vida se convierte en una ardua tarea salpicada de obstáculos; es entonces, adelantándonos a sus demandas, cuando el amigo está ahí para apoyar, consolar o comprender en un auxilio generoso y desinteresado.
Ahora ya no soy tan estricta; quizá porque no he buscado a nadie, sino que han venido a mí y las relaciones que he establecido no son tan exigentes, tienen mayor libertad, no las idealizo ni me comprometo en exclusiva con nadie; intento que la tolerancia por la forma de ser de cada uno sea la que marque sus tempos y con los años solo busco algo de comprensión, un poco de compañía y la sensación de no estar sola.
María Soledad Martín Turiño
















