NOCTURNOS
Escribir para olvidar
Me aburre escribir sobre ese sentimiento que bautizamos como amor. Si bien, como confieso, lo he necesitado para descargarme el alma de penas. En cada palabra, siempre hubo una lágrima, un beso, una caricia, un deseo. Quizá mi sintaxis, como el polvo de Quevedo, denote que la produce un hombre enamorado.
A lo largo de la vida, aunque tardé mucho en llegar a tal conclusión, nos vamos enamorando de personas que no nos corresponden, que son nuestra antítesis, que nos parecen hermosas, pero que no nos tocan el alma. En mi caso, mujeres que se acercaron a mí, o que se cruzaron en mi camino hacia la nada, no les satisfizo mi forma de ser, o bien cómo las traté o cuál fue mi manera demostrarles que las quería.
No me arrepiento de nada, porque ya pasó el momento y el pasado no se borra como el encerado del aula. Pero, de volver a nacer, nunca mantendría relaciones con varias mujeres a la vez. Porque te destruyes como persona. Existe una excepción: que no ames a ninguna de verdad, que solo te atraiga el físico, que después de humedecer el valle de sus ingles, se te seque la boca, se te escarche la lengua y se agrieten tus labios.
He sido fiel mientras amé a una dama. Cuando, aun deseándola, queriéndola, adorándola, descubrí que no fui más que un abanico en una tórrida tarde de estío, permití a mi sexualidad que abandonase su claustro para abrazar el placer que dura solo un instante y deshacerme del dolor que dura toda una vida. He leído a Óscar Wilde. Él era gay; yo, no. Pero conocía el alma femenina como si fuera mujer.
Ella se fue sin decirme adiós. Desde que se marchó, escribo para olvidarla. No tengo ganas ni de escribir, ni que mi memoria la esconda en el baúl del tiempo. Pero sé que no me correspondía amarla. Si fuera una amoral, un jeta, un golfo, quizá habría sido un macarra, un chuloputas. Pero ella era una dama. Y yo, un caballero fuera de su tiempo.
Me aburre escribir sobre ese sentimiento que bautizamos como amor. Si bien, como confieso, lo he necesitado para descargarme el alma de penas. En cada palabra, siempre hubo una lágrima, un beso, una caricia, un deseo. Quizá mi sintaxis, como el polvo de Quevedo, denote que la produce un hombre enamorado.
A lo largo de la vida, aunque tardé mucho en llegar a tal conclusión, nos vamos enamorando de personas que no nos corresponden, que son nuestra antítesis, que nos parecen hermosas, pero que no nos tocan el alma. En mi caso, mujeres que se acercaron a mí, o que se cruzaron en mi camino hacia la nada, no les satisfizo mi forma de ser, o bien cómo las traté o cuál fue mi manera demostrarles que las quería.
No me arrepiento de nada, porque ya pasó el momento y el pasado no se borra como el encerado del aula. Pero, de volver a nacer, nunca mantendría relaciones con varias mujeres a la vez. Porque te destruyes como persona. Existe una excepción: que no ames a ninguna de verdad, que solo te atraiga el físico, que después de humedecer el valle de sus ingles, se te seque la boca, se te escarche la lengua y se agrieten tus labios.
He sido fiel mientras amé a una dama. Cuando, aun deseándola, queriéndola, adorándola, descubrí que no fui más que un abanico en una tórrida tarde de estío, permití a mi sexualidad que abandonase su claustro para abrazar el placer que dura solo un instante y deshacerme del dolor que dura toda una vida. He leído a Óscar Wilde. Él era gay; yo, no. Pero conocía el alma femenina como si fuera mujer.
Ella se fue sin decirme adiós. Desde que se marchó, escribo para olvidarla. No tengo ganas ni de escribir, ni que mi memoria la esconda en el baúl del tiempo. Pero sé que no me correspondía amarla. Si fuera una amoral, un jeta, un golfo, quizá habría sido un macarra, un chuloputas. Pero ella era una dama. Y yo, un caballero fuera de su tiempo.
















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