NOCTURNOS
No te imaginé, amor, existías
Necesitaba amarte a ti para creer en mí. Te encontré sin buscarte. Te esculpí en mi cerebro, cuando la razón se apoderó de sus circunvalaciones. Te imaginé, Ana. Existías. Pensé que solo eras belleza, una epidermis, vacía por dentro, pura intranscendencia. Me equivoqué, como Dios cuando creó al Hombre.
Sin darte cuenta, te convertiste en el último asidero al que agarrarme para soportar los últimos años de mi vida, quizá los más hermosos, porque la experiencia descubre la belleza, y la belleza se sabe verdad, y si existe la verdad, nace el verdadero amor.
Quise cabalgar en la grupa de tu hermosura y talento, en el corcel de tu cuerpo de amazona, de tus senos de perfume y esencia, agarrado a las crines de tu alma, para atravesar este desierto de hipocresía, fútil y vacuo.
Anhelaba llegar al delta de tus ingles morenas, después de abandonar el caudal de miserias materiales, limo de promesas, pestañas de carpas y cadáveres de libélulas en el meandro de mi estúpida vida.
Desde que te fuiste, mi sangre riñe con mis venas; el corazón anda enojado con el cerebro; mi pubis con mis piernas, mis axilas con el vello de mi pecho. Mi cuerpo y mi alma se echan la culpa de haberte perdido. No. Te estorbaba. Ni mi talento ni mi carne te sedujeron para robarte una caricia, una mirada, un triste beso perdido entre la nada y las mejillas. Fui poco para tu grandeza. Ahora recuerdo tus sonrisas de nube blanca, la forma de tu voz y tus manos, labradas por Buonarroti. Así me devora la madrugada y así me recibe el alba.
Eugenio-Jesús de Ávila
Necesitaba amarte a ti para creer en mí. Te encontré sin buscarte. Te esculpí en mi cerebro, cuando la razón se apoderó de sus circunvalaciones. Te imaginé, Ana. Existías. Pensé que solo eras belleza, una epidermis, vacía por dentro, pura intranscendencia. Me equivoqué, como Dios cuando creó al Hombre.
Sin darte cuenta, te convertiste en el último asidero al que agarrarme para soportar los últimos años de mi vida, quizá los más hermosos, porque la experiencia descubre la belleza, y la belleza se sabe verdad, y si existe la verdad, nace el verdadero amor.
Quise cabalgar en la grupa de tu hermosura y talento, en el corcel de tu cuerpo de amazona, de tus senos de perfume y esencia, agarrado a las crines de tu alma, para atravesar este desierto de hipocresía, fútil y vacuo.
Anhelaba llegar al delta de tus ingles morenas, después de abandonar el caudal de miserias materiales, limo de promesas, pestañas de carpas y cadáveres de libélulas en el meandro de mi estúpida vida.
Desde que te fuiste, mi sangre riñe con mis venas; el corazón anda enojado con el cerebro; mi pubis con mis piernas, mis axilas con el vello de mi pecho. Mi cuerpo y mi alma se echan la culpa de haberte perdido. No. Te estorbaba. Ni mi talento ni mi carne te sedujeron para robarte una caricia, una mirada, un triste beso perdido entre la nada y las mejillas. Fui poco para tu grandeza. Ahora recuerdo tus sonrisas de nube blanca, la forma de tu voz y tus manos, labradas por Buonarroti. Así me devora la madrugada y así me recibe el alba.
Eugenio-Jesús de Ávila


















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