NOCTURNOS
Cenotafio del amor
Como no me quieres, escribo. Así, letra tras letra, consonantes y vocales, palabras, oraciones, intento olvidarme de tu hermoso rostro, de la perfección de las columnas que mantienen tu voluptuoso cuerpo, donde tus senos parecen la rúbrica, femenina y sencilla, a tanta belleza.
He de confesarte que, cuanto más escribo, más me acuerdo de ti, de tus genialidades, risa, gestos, y ese levitar tan tuyo cuando caminas por las calles de nuestra ciudad. Y no sé qué hacer para evitar sufrir, porque, a mi edad, enamorarse de una mujer que apenas recuerda ni tu nombre, te carcome por dentro, te absorbe el tuétano de la osamenta del alma, hasta desmoronarte como una casucha vieja, de adobe, después de recibir todas las borrascas que coloca en el Atlántico de tu vida la dama del tiempo.
Mi corazón, ya cansado de tanto latir, se prendó de Carlota. Mi cerebro le aconsejó que no se le ocurriera seguir latiendo tan cerca de sus labios, que aliviase a ventrículos y aurículas de la carga de la pasión que despierta el amor, porque a los viejos las mujeres bellas nos convierten en seres invisibles, inapreciables, asexuales. Si la muerte, que se adivina al doblar la esquina de tu calle, te espera con pellizcos en la carne, recibirla con el esqueleto oxidado por el desamor, es como morirte del revés.
Sea esta mi última referencia sobre el amor. No quiero hablar más de ella. No deseo pudrirme pensando en esa mujer. No va más. Este el cenotafio de mi amor.
Eugenio-Jesús de Ávila
Como no me quieres, escribo. Así, letra tras letra, consonantes y vocales, palabras, oraciones, intento olvidarme de tu hermoso rostro, de la perfección de las columnas que mantienen tu voluptuoso cuerpo, donde tus senos parecen la rúbrica, femenina y sencilla, a tanta belleza.
He de confesarte que, cuanto más escribo, más me acuerdo de ti, de tus genialidades, risa, gestos, y ese levitar tan tuyo cuando caminas por las calles de nuestra ciudad. Y no sé qué hacer para evitar sufrir, porque, a mi edad, enamorarse de una mujer que apenas recuerda ni tu nombre, te carcome por dentro, te absorbe el tuétano de la osamenta del alma, hasta desmoronarte como una casucha vieja, de adobe, después de recibir todas las borrascas que coloca en el Atlántico de tu vida la dama del tiempo.
Mi corazón, ya cansado de tanto latir, se prendó de Carlota. Mi cerebro le aconsejó que no se le ocurriera seguir latiendo tan cerca de sus labios, que aliviase a ventrículos y aurículas de la carga de la pasión que despierta el amor, porque a los viejos las mujeres bellas nos convierten en seres invisibles, inapreciables, asexuales. Si la muerte, que se adivina al doblar la esquina de tu calle, te espera con pellizcos en la carne, recibirla con el esqueleto oxidado por el desamor, es como morirte del revés.
Sea esta mi última referencia sobre el amor. No quiero hablar más de ella. No deseo pudrirme pensando en esa mujer. No va más. Este el cenotafio de mi amor.
Eugenio-Jesús de Ávila



















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